Temas atrapados por el rabo

20° entrega: EL MAESTRO DE SETTICLAVIO de Camillo Boito – Conclusión


VII

Si el soprano hubiese tenido que cantar en la misa de Furlanetto, solamente escrita para tenores y bajos, no podría haber dejado salir una sola nota de la garganta: tal era el súbito terror de perder su dinero, que le obturaba la tráquea. Casi no podía respirar, encima, se había puesto verde. Al menos, se precipitó en casa de la mujer en Frezzeria, que le alquilaba la habitación a Mirate, que ahora era interrogada por aquel coreuta, el cual había llevado a la iglesia la gran noticia. 

¿Se escapó? –Preguntó con agitación.

“Se escapó” un corno. Partió con su pasaporte en regla, pagándome hasta el último centavo, hasta me dio un mes de más.

¿Y cuándo se fue?

Anteayer hacia las cuatro.

¡Inmediatamente después del último ensayo, sinvergüenza! ¿Y cómo ayer, cuando vine, me respondiste que no estaba en casa?

Que no estaba en casa, era verdad. Me había pedido no decir nada de su partida hasta esta mañana a las 11, temiendo ser perseguido por algunas polleras. 

¡Polleras! ¡Sí, claro! Dime si se fue solo o en compañía de uno que hablaba en otro idioma.

Yo no hago de espía. Vaya a informarse a otra parte, que me parece haber hablado demasiado. –Y le cerró la puerta en la cara.

El soprano corrió a la hostería del Selvático, al bacaro de la Biondina, al Café de los Secretarios, al de San Luca, frecuentado por cantantes y actores y conocido con el nombre de Café Clavos, luego a lo del infame peluquero que prestaba monedas a los clientes, a lo del sastre, a lo del tabaquero, a lo de una tal señora Giulia: en síntesis, en cada lugar que Mirate acostumbraba frecuentar. Juntó tanta información, que le bastó para convencerse de que el tenor se habría ido a España o Portugal con el empresario español, quien entre dos breves paradas en Venecia había recorrido media Europa para formar tres o cuatro compañías de canto y baile para llevar a la Península Ibérica. Desahogándose al repetir “embaucador, chupasangre, ladrón, asesino”, el defraudado soprano pasó por su negocio de anticuario para tomar del cofre los documentos que probaban la deuda de Mirate, y, colocándolos celosamente en el amplio bolsillo de su viejo abrigo, se dirigió a la Dirección General de Policía. El Director, un austríaco flaco, chupado y pequeño, con las patillas teñidas de rubio y los anteojos con grueso marco de oro, recibió al soprano muy mal, sin siquiera invitarlo a tomar asiento. Luego de escuchar de qué se trataba, dijo, muy seco y con su acento alemán, estas pocas palabras:

Desde hace mucho sé que usted es un usurero. La policía no hará nada por usted. Váyase.

 

El Gobernador no quiso recibirlo. Entonces pensó en los aliados y resolvió hablar ante todo con Nene, razonando así: “O Mirate partió de acuerdo con ella, y descubriré algo; o la abandonó y ella será mi mejor amiga para obligarlo a venir y honrar sus compromisos.” No perdió tiempo. A los pocos minutos golpeaba la puerta de la casa del maestro Chisiola. El viejo, que había regresado en ese momento, fue a abrir y se fastidió un poco al ver al soprano, por el que siempre había guardado un insuperable rechazo. Luego de los saludos, demasiado fríos de una parte, demasiado titubeantes de la otra, el soprano, que no sabía cómo empezar, dijo:

Se escapó.

¿Quién?

Mirate.

Ah, no pensé más en eso. Habría sido una escena cómica, de no haber sucedido en la iglesia y si no hubiese sido en perjuicio de la música, si bien, a decir verdad, tiene poco de religioso. 

El soprano quedó tan desconcertado ante tanta indiferencia, que le dijo:

Hubiese creído, maestro, que la desaparición del tenor le había causado una  mayor impresión. 

¿A mí? Con los locos no hay tratos, enseña el proverbio (1). La cappella no podía contar con esa cabeza destartalada. Y luego se puede decir que, desde hoy, no pertenezco más a la cappella, ni a la escuela del Orfanato. Era hora, con mis más de ochenta años, de dejar lugar a los jóvenes. 

 

El maestro sonreía bondadosamente; pero, fastidiado por la presencia del soprano, continuó:

Hace mucho que no tengo el gusto de verlo en mi casa. ¿A qué debo atribuir su visita?

 

El otro, confundido y con la idea fija en la mente, dijo:

Vine, al pasar, a informarme de la salud de la señorita Nene.

Ya no está enferma, gracias a Dios.

Sin embargo, esta mañana me parecía…

¿Le parecía?

Me parecía tan pálida, ella que por lo general tiene tan buen color; y tenía los ojos trastornados.

¿Cuándo?

En la iglesia.

Habrá tenido miedo, al no saber el motivo de la confusión.

Yo más bien creí que se sentía mal porque conocía la causa del desorden, o la habrá imaginado. 

 

Luego de estas palabras el viejo se acordó de algo a lo que había dado poca importancia: el pedido de la mano de Nene por parte de Mirate, bajo instigación del usurero. Miró cara a cara al soprano y le preguntó:

¿Qué trata de decir?

Yo, nada de malo. Eso que dicen todos.

Chisiola, sin decir palabra, abrió con mano temblorosa la puerta de salida, haciendo señas al otro para que saliese, y le cerró fuertemente la puerta a sus espaldas. 

 

¿Dónde está Nene? – Le preguntó a la sirvienta.

Creo que está al fondo del jardín. –Respondió Maria desde la cocina, mientras picaba la cebolla para la fritanga. 

El viejo fue hasta el pequeño espacio destinado al jardín. Buscó entre los frutales, entró al quiosco: no había nadie. Vio entreabierto el portón del amarradero. Nene estaba afuera, en los escalones, mirando el agua verde que corría a sus pies. Sollozaba sin llorar; tenía en su rostro los signos de la desesperación: un deseo terrible la invadía por completo. Apenas vio al viejo rompió en llanto desesperado y se arrojó a sus pies, repitiendo con la voz destrozada: 

Te deshonré, abuelo. Deshonré la memoria de mi pobre madre. Soy una mujer infame. Déjame morir.

 

 

VIII

Por cinco días consecutivos, Zen se presentó en la casa de su maestro, suplicando ser recibido; pero el viejo había dado orden a Maria de responderle que no quería ver absolutamente a nadie. Zen se informaba de la enfermedad de Nene, regresaba más tarde, y se iba nuevamente con el ánimo pleno de aflicción. Ya no tenía ni piano, ni escuela, ni casa, ni un centavo en el bolsillo; los alumnos lo esquivaban, los amigos le huían; vivía refugiado en el Café de la Gloria, escribiendo su tratado de setticlavio y comiendo lo que le ofrecían espontáneamente los parroquianos. Cada tanto improvisaba para alguno u otro un soneto o un epigrama, adornaba una carta, revisaba un contrato: se había transformado en el escribano de los Pórticos de Rialto. Lo ayudaba un poco a poner negro sobre blanco su amigo Toni, ujier del vecino tribunal. Finalmente, al sexto día Maria bajó a abrirle y le dijo:

El patrón le pide que suba. Hágalo despacio. Nene se durmió hace unos minutos, pero no hay que ilusionarse. El doctor dice que puede suceder de un momento a otro, la pobrecita tiene una fiebre que le quema las vísceras, y delira, delira casi siempre. El patrón se engaña, mejor para él. 

Las lágrimas regaban el rostro de Maria, mientras hablaba en voz baja y hacía señas a Zen casi en cada escalón, de no hacer crujir la madera con sus pisadas. Regresó al lecho de la enferma.

El maestro Chisiola, luego de tomar por la mano a su viejo discípulo, lo condujo lentamente a la habitación más alejada de la de Nene, y lo hizo tomar asiento. Él mismo se veía abatido y cayó sobre una poltrona. 

Cuando se está tan cerca de la fosa, como yo, no hay derecho a guardar rencores. – Pronunciaba las palabras con dificultad, interrumpiéndose a menudo. Murmuró: - Te perdono.- Pero, al ver que Zen no entendía, agregó: - Lo sé, la culpa fue mía, me confié de ti y de una sirvienta, y sobre todo de una inocente inexperta en las pasiones y los engaños humanos.

Le pareció escuchar un rumor; se dirigió a la habitación de Nene y poco después regresó, diciendo:

Delira. Hace cinco días que delira casi sin parar. Cada tanto habla de la noche del Redentor. Cree ser devorada por unas manchas negras y horribles de la laguna y del cielo; siente que le pasa un gato blanco entre las piernas, que cae en un abismo sin fondo, y que es arrastrada en esa caída que no termina más; le corren por el cuerpo ratones enormes, que le roen los miembros y las vísceras, le destrozan el corazón. ¡Y otras cosas más! – Y el viejo se tapaba la cara con las dos manos. -Dios quiera que se cure pronto; ¡o no encontrará a su abuelo en esta tierra!- Hizo un esfuerzo por sobre sí mismo para cambiar de discurso: -Hablemos de ti, amigo mío. ¿Cómo van tus cosas?

Bien, maestro. –Respondió Zen, mintiendo para no fastidiar al pobre viejo con sus problemas; como para distraerlo, continuó: -Tan bien, que recibí de Milán la oferta de un puesto de dos mil svanziche al año y lo rechacé. 

No querría que hayas cometido una tontería. 

No, maestro, usted mismo lo aprobará, no lo dudo, cuando haya escuchado de qué se trata. Tengo aquí la carta del director del conservatorio. 

Sacó de un gran portafolio estropeado una carta y se la alcanzó a Chisiola. El director le había escrito que, habiéndolo conocido años atrás en Venecia, guardaba por él una viva estima y le pedía que aceptase la cátedra de lectura musical, con la condición de emplear el método común, no el setticlavio.

¡Cielos! –exclamó Chisiola- Una gran suerte que mereces. ¿Qué respondiste?

¡¿Me lo pregunta, maestro?! ¡Yo, renegar a una verdad matemática para abrazar el error; yo, abandonar un método que enseña a leer en pocos meses, por un engaño que convierte al alumno en un orejero de por vida! Mejor morir de hambre cien veces que cometer semejante vileza, tamaña bajeza. Le respondí a ese descarado director con sus propias palabras.

Chisiola miró con admiración y piedad a aquel mártir de su propia convicción, que por su cara y su vestimenta delataba su triste pobreza. Le puso la mano sobre un hombro en gesto afectuoso, mientras salía para ver a Nene. Nene tenía un momento de quietud. El viejo regresó, se sentó sobre la poltrona y, algo sereno, dijo:

¿Por qué no viniste a hablar conmigo de todo eso antes de responderle al director? Habría podido convencerte. ¿Quién sabe? Puede que se esté a tiempo.

¿A tiempo para qué? ¿Para convertirme en un renegado?

Despacio, despacio. No exageremos. Yo te enseñé el setticlavio hace más de cuarenta años, y continué enseñándoselo a mis huérfanos hasta hace pocos días; pero no olvides que dividí a mis niños en dos grupos para enseñar a uno con el setticlavio, y al otro, más numeroso, con el método común. No es necesario que queramos ser ciegos. Hoy somos los últimos representantes de una escuela de lectura que jamás salió de Venecia, ni en los tiempos de Furlanetto, y que también aquí fue abandonada hace veinte años, como mínimo. ¿Por qué se debe creer que en música el mundo se haya imbecilizado, que nadie entienda más nada?

¡No es verdad, maestro, que hoy el setticlavio sea desconocido! – Y porque Zen levantaba la voz, el viejo le hizo señas para que se tranquilice, dando una mirada a la puerta que conducía hacia la habitación de Nene. – Más bien, al setticlavio se lo honra. Usted sabe, por ejemplo, que la ciudad de Arezzo deliberó para levantar, mediante una colecta europea, un monumento a Guido el Monje (2). ¿Cuál fue la gloriosa invención del aretino? El solfeo, o, para decirlo con otra palabra, el setticlavio. ¿Es verdad o no?

Se puede solfear sin setticlavio, mi querido.

Sin setticlavio se tocará el piano, porque las notas están preparadas, basta con presionar las teclas. Los pianistas son exactamente quienes han arruinado bárbaramente las razones del canto; pero la garganta es el único instrumento creado por Dios, el único realmente divino, aquel que debe imponer las reglas a los demás, creados por los hombres. Lea, maestro, este aviso publicitario publicado en Nápoles la otra semana. – Y de nuevo sacaba del hinchado portafolio una amplia hoja impresa. –Es una invitación al Congreso Italiano (3). Vea, a propósito de las cuestiones sobre música, se propone la reforma de la escuela del canto, porque más que cualquier otra disciplina del arte, el canto yace en pobres y abyectas condiciones. Así está escrito. Ahora, ¿cómo elevar la suerte del canto si no se empieza por la lectura?

No niego que la lectura tenga su importancia; pero aquí se entiende otra cosa: se entiende la pureza de la entonación, el modo de emitir la voz, la delicadeza del fraseo, la agilidad, la gracia.

Maria, entreabriendo la puerta, mostró su rostro alterado. Quería llamar al patrón, que no la vio; y no tuvo ánimos de molestarlo en ese instante de distracción y calma. “¡Quizás sea el último!” pensó la sirvienta y volvió a cerrar la puerta.

El aviso de Nápoles está equivocado. –Continuaba el viejo.- El canto es como la música lo quiere y lo hace. Pasa el tiempo de los gorjeos; entramos en la era de la pasión y el drama. Ese joven, que detestas, autor de Ernani y Rigoletto

Ha corrompido al canto.

¿Cómo quieres que haya corrompido al canto si le ha dado nuevo impulso a la música? Todo cambia aquí abajo. Tú eres viejo y obstinado; pero cuando te pongas aún más viejo, cuando llegues a mi edad, en la cual se pone distancia del mundo, entonces el ánimo imparcial te dejará ver tanto las virtudes del presente como los errores del pasado. Temo, para decírtelo con claridad, - proseguía el maestro con acento dulce e insinuante– temo que uno de mis pecados haya sido el setticlavio. A veces la lógica es un engaño; y por amor a la simplicidad teórica se cae en la práctica en tales complicaciones, que tornan vano cada razonamiento y cada esfuerzo. No te obstines; acepta el puesto de Milán; continúa siéndole útil a la juventud, sacrificándole una antigüedad, quizás hasta un prejuicio. 

Mientras Chisiola hablaba el otro cambiaba de aspecto. Una gran decepción se adueñaba de él;  era como si la estructura que lo mantenía en pie, se hubiese despedazado de golpe. Le cayeron los brazos y el rostro perdía su vivaz expresión.

También usted, maestro, está en mi contra. –Murmuraba- También usted me abandona. ¡No me queda más nada, nada, ni siquiera mi querida idea, por la que hubiese sabido morir!

Se escuchó un grito agudo, doloroso. El viejo abrió la puerta y se lanzó a la habitación contigua, atravesó la otra corriendo y entró a la de Nene, que estaba muerta. Miró el rostro blanco y cayó a tierra privado de sus sentidos. 

Era el toque de medianoche cuando Zen, que había vagado por las calles sin saber a dónde ir, llegó, guiado por la costumbre, al Café de la Gloria. En una mesita cuatro intermediarios jugaban a las cartas. Uno de ellos, apenas vio a Zen, le gritó:

¡Hey, maestro, la hicimos grande esta vez! ¡Estuvo aquí, en lo del patrón –y el patrón roncaba detrás del mostrador- el ujier del tribunal, el amigo Toni, para intimarlo a comparecer mañana temprano ante el juez! ¡Dos macanas juntas, nada menos, maestro! 

Zen agrandó los ojos, habría querido entender. El intermediario continuó:

No se me haga el tonto ahora. Por una parte un piano que no era suyo, vendido a un fulano. Por la otra, ¿qué era? No me acuerdo.

El cafetero, despertándose de a poco, intervino bostezando:

Se trata de un libro, creo que un anuario, que este buen hombre debía hacer imprimir y se tragó el dinero. ¿Pero dónde diablos tira las monedas, que nunca tiene un centavo para quitarse el hambre? 

Las mujeres… Las mujeres… -Vociferaban los intermediarios desarmándose de la risa. – ¡Y nosotros, que le dábamos de comer a este vivo! 

Zen ya se había escapado lejos. Tenía un incendio en la cabeza: sentía dentro del cerebro las llamas que se agitaban, las casas que se derrumbaban, los bomberos que destruían cada cosa con sus picos enormes. Agua, necesitaba agua. Se tiró de cabeza a un canal. No se pudo ahogar; dio una vuelta y se encontró parado sobre el fondo, con la cabeza afuera. No gritaba, no se acercaba a la orilla, más bien el fresco del agua le debía resultar agradable. Al alba, dos albañiles que pasaban en un bote lo levantaron y lo llevaron al hospital, donde fue puesto bajo observación.

Dos días más tarde, atrapado en el chaleco de fuerza, fue llevado al manicomio de la isla de San Servilio. Allí, poco a poco, recuperó las maneras simples de antes, su buen humor y la vieja pasión por el setticlavio. Estaba encanecido, pero engordaba. Los médicos y los enfermeros lo querían; en los días de abstinencia, las hermanas le preparaban un arenque salado a la plancha y le daban un vaso de buen vino. Había elegido entre sus compañeros, todos tranquilos, los menos melancólicos, y se empeñaba en enseñarles a solfear y cantar. A menudo en las salas, los corredores y el jardín resonaban voces, que repetían por horas: Do Re, Do Mi, Do Fa, Do Sol, Do La, Do Si. El maestro, con el cuaderno de su tratado sobre el setticlavio marcaba el tiempo; y en los aullidos de los nuevos alumnos escuchaba las más suaves armonías, los más estupendos coros, las más perfectas fugas, una música del paraíso. No había hombre más feliz que él. 

 

 

NOTAS

1. Juego de palabras en el original: Con i matti non ci sono patti. 

2. Guido el Monje, o Guido Monaco, no es otro que Guido D’Arezzo (ca. 991/2- después de 1033), teórico de la música y padre de la moderna notación musical. Su monumento fue inaugurado en la ciudad de Arezzo en 1882 al cabo de 18 años de deliberaciones, con lo cual el autor empleó un intencional anacronismo.

3. Aquí el autor emplea otro anacronismo, ya que el Congreso Musical Italiano se celebró en Nápoles en 1864, mucho después de la época en la que se ubica el texto.

 

 

UNA ACLARACIÓN

“¿Cuál es la tónica en la clave de Do y en la de Re?”, preguntó en más de una oportunidad el maestro Zen a su eventual interlocutor. En esos casos, “clave” no se refiere ni más ni menos que a “tonalidad”. Existen en italiano palabras bien diferenciadas para cada cosa (chiave, tonalità), por lo que es válido deducir que en aquellos tiempos también se acostumbraba llamar “clave” a lo segundo (acaso porque cada tonalidad cuenta con su propia armadura de clave).