Temas atrapados por el rabo

19° entrega: EL MAESTRO DE SETTICLAVIO de Camillo Boito – 3° Parte


V

Hacía un calor infernal: el verano se desahogaba. Faltaban dos días para la fiesta del Redentor y los obreros del arsenal ya conectaban el largo puente de barcas en el canal de la Giudecca, que durante las celebraciones unía las Zattere (1) con el templo. Los más expeditivos vendedores y barqueros, comenzaban a instalar sus puestos y a adornar sus embarcaciones. 

En la noche del Redentor, entre las compañías de cantantes seleccionadas se contaba desde cuatro años con la escuela de Zen, que hacía escuchar, además de algunas barcarolas y serenatas de las obras teatrales, también ciertos madrigales antiguos y una canción nueva, escrita para la ocasión por algún joven compositor veneciano. Zen entrenaba a los alumnos desde hacía más de un mes, pero la canción nueva, una marinaresca a tres voces que debía pasar a la posteridad, le fue entregada apenas con cuarenta y ocho horas de anticipación. El tenor, se entiende, era Mirate, que también ansiaba hacerse escuchar por un empresario español, de gira por Italia en busca de cantantes. La parte del bajo, sobre notas de acordes y pedales, resultaba apropiadísima para el mismo Zen, con sus tubos de órgano ambulante. En cuanto a la parte de soprano se necesitaba un ruiseñor, pues tantos eran los trinos, grupetos, veloces escalas y gorjeos, que, aún si no estuviera enferma, Carlottina Bianchi habría resultado insuficiente. Solo una virtuosa podía triunfar sobre tantas dificultades: la Nene. Nada más que con imaginar al terceto salir de las tres gargantas, a Zen se le hacía agua a la boca.

Pero existía un obstáculo serio, quizás insuperable: persuadir al sombrío Chisiola para que permitiese a su nieta ir en barca por la noche, junto a varios jóvenes y sin su vigilancia, pues no podría soportar tal incomodidad, a lo sumo con la compañía de la vieja y miope mujer de servicio. Consultado Mirate, en cuya fantasía la muchacha, de la noche del concierto en adelante, había quedado impresa como un bocadillo de príncipe, Zen decidió no embestir él mismo contra la fortaleza, sino enviar a ocuparla a su aliada, porque no dudaba que Nene entraría rápido en la liga. En efecto, bastaron unas pocas palabras de Zen, pronunciadas con vehemencia en la entrada de la casa. 

Déjeme hacer a mí, maestro. –Exclamó la muchacha y subió a la habitación del viejo, que no quería, resistía a los mohines y a los ruegos. Hablaba de la propia responsabilidad, no se fiaba de la cabeza de Zen ni de la vieja. Confiaba plenamente en el buen sentido de la nieta, pero temía el escándalo.

Se trata de una hora o dos, abuelo.

Ni diez minutos. 

De golpe, Nene se puso tan pálida que hasta los labios se le pusieron lívidos, y repitió:

Déjame ir, abuelo, déjame ir.

 

El viejo, turbado por el nuevo tono amenazante de esa voz, en la que antes no percibía otra cosa que mansedumbre, y por el nuevo destello iracundo de esos ojos, en los que estaba acostumbrado a leer solo la dulzura y el afecto, bajó la cabeza murmurando:

Ve, pero recuerda a tu santa madre.

La mañana del Redentor, el viejo quiso ver juntos a Zen y a Maria, la mujer de servicio. Los tuvo en su habitación casi media hora y ambos salieron turbados.

Mirate quiso hacerse cargo él mismo del ornamento de la barca, que parecía una pérgola flotante de cuyo verdor descendían farolitos de varios colores y largas cintas de papel rojo y turquesa. Los asientos estaban cubiertos por viejos almohadones mullidos de tela floreada, estrechos y largos, con largas roturas que dejaban salir el relleno de estopa. Ya estaban sentados los cantantes, dos guitarristas y el compositor de la marinaresca, un jovencito rubio y sentimental. Zen no podía quedarse quieto: a cada rato se levantaba y hacía oscilar la barca, se golpeaba la cabeza contra un farolito, desacomodaba la frondosa pérgola, pisoteaba esto o aquello. A los tres remeros les fue difícil conducir por el río estrecho y curvo el gran bote, el cual, mientras resonaban las campanadas de media noche, se detuvo en el amarradero ante el jardín de Chisiola. El viejo no quiso ir a la cama: parecía resignado, prefirió acompañar con el piano una vez más la música que Nene debía cantar, y que ella, para no cansar la voz, apenas marcaba. 

Encorvándose y recogiendo el vestido, Nene puso el pie en un travesaño y, riendo, saltó a la barca seguida por la voluminosa Maria, que casi debió ser alzada. En pocos minutos estuvieron en el canal de la Giudecca, que al salir del río oscuro y silencioso se mostró como un incendio espectacular. Las rojas luces de bengala arrojaban llamas sobre los palacios y sobre las casas de las Zattere, sobre los frentes y cúpulas de los templos, sobre el pueblo infinito, que se amontonaba en los amarraderos, sobre los mástiles de las naves ancladas cerca de la orilla; e innumerables sombras de hombres y remos, gigantescas, interminables, pasaban rápidas sobre las fachadas incandescentes, mientras que el humo denso ascendía hacia un cielo profundamente oscuro. Luego, apagados los fuegos, se volvían a encender las estrellas en lo alto; y sobre la laguna aparecían cantidades de lucecitas que se perseguían, se corrían, se buscaban, oscilantes, en los breves espacios de agua dejados libres por aquí y por allá. Luego estallaban y crepitaban los fuegos, volvía a empezar la lluvia de centellas, reaparecían los fuegos de bengala blancos y verdes, que hacían resplandecer todo de luz argéntea, hasta que regresaba el infierno de fuegos rojos con demonios negros, de los que se percibían proyectados sobre las paredes un brazo extendido, una mano abierta, una cabeza de perfil, que ocupaba el espacio de una casa, dos piernas al revés que sobresalían por el techo, o bien entrelazamientos de masas sin forma y confusas como batallas fantásticas; y cuanto más el vívido resplandor se acercaba a la figura que proyectaba la sombra, tanto más esta se agrandaba hasta la desmesura, y entonces, en un instante, desaparecía para dar lugar al vivaz baile de las otras. Era una transformación fulgurante de formas, de tintas, de luces, en la cual cada tanto se abría un fragmento de tinieblas tan densas, que se creía tener la repentina visión del infinito; y en medio de esa fiesta enceguecedora, se sentía la atracción de buscar con los ojos en alto o en bajo, el misterio de esas manchas negrísimas. 

Mientras, en los muelles de las Zattere y de la Giudecca, el paso de la enorme multitud era impedido por las barracas y las tiendas, donde, vociferando a más no poder, se vendía toda clase de cosas, en especial vino, licores, helados, naranjas, fritangas, galani inzuccherati (2) y grandes ramos de hinojo en semillas. El puente de barcas crujía bajo los pies de los pasantes, que debían ir lentamente y detenerse cada tanto: tal era la multitud; crujían sobre el agua las lanchas, las góndolas, las canoas, las barcas de toda clase, que, a pesar de la habilidad y las blasfemias de los remeros, se chocaban como para destruirse. Los hierros relucientes de las proas golpeaban con violencia los soportes de los remos, que en aquella lid no podían cumplir con su finalidad; y los remos, o no se usaban, o formaban cuña contra los flancos de las barcas cercanas. De a ratos se podría haber pasado a pie de las Zattere a la Giudecca, sobre aquel amontonamiento de pequeñas embarcaciones que se movían todas juntas, lentamente, majestuosamente, según el reflujo del agua; por momentos se podía creer estar en el frenesí de los abordajes, de las embestidas de un combate naval. Los barqueros se mostraban los puños, se agitaban con furia, amenazaban con saltar a las góndolas para matarse: y todo terminaba en algarabía, cuando la expresión burlona de un amigo, gritada con acento cómico, hacía estallar de risa a los pueblerinos, los gondoleros y los mismos contendientes. En conjunto era una bacanal endiablada, un pandemónium alegre e indescriptible. Pero ahora, en una barca comienzan los cantos: los acordes se escuchan más cercanos, se pide silencio, nadie habla, se escucha, y los sonidos se difunden en un espacio cada vez más grande, disturbados solo por alguno que chista y por rumores lejanos, entre los que se distinguen las voces de los vendedores ambulantes. 

El gran triunfo fue para Zen y en especial para la marinaresca a tres partes: los aplausos no terminaban más, se pedía bis, se aclamaba a los cantantes, se llamaba al compositor, que pálido y radiante debió alzarse en puntas de pie sobre el dorso de la popa. Nene y Mirate, en la conmovedora melodía compuesta en sucesión de sextas, se tomaban fuertemente de la mano y se miraban fijamente a los ojos; Zen había comido su buen arenque salado. Agotado el programa, Nene, hacia las dos, quiso regresar a casa, más que a María la amenazaba un dolor de estomago por el movimiento de la barca; pero una mirada de Mirate y una invitación de Zen, que fue aceptada con entusiasmo por toda la comitiva, vencieron fácilmente su resistencia. 

De la venta del piano que no le pertenecía, Zen había recaudado, por intermedio del amigo anticuario, alrededor de trescientas svanziche, de las cuales poco más que una centena quedó en su poder. Le pesaban. En verdad, durante el día le vino a la mente el delirio de pagar algo de sus muchas deudas; pero aquellos buenos jóvenes cantaron tan bien, que tendrían la garganta seca, y no ofrecerles una cena habría sido una crueldad. Entonces, todos fueron al jardín Cecchia en la Giudecca, menos María, que al no sentirse bien rogó que la dejaran en la barca, luego de haberle pedido con lágrimas en los ojos a su patroncita que se apure, por temor a que el pobre abuelo estuviese despierto y angustiado.

El gran jardín tenía pérgolas bajas que formaban una serie de pequeños caminos cubiertos, donde, alrededor de las numerosas mesas largas y angostas, cenaba un mundo de gente. La iluminación consistía en los típicos fanales y farolitos colgantes, y en candelas rodeadas de tulipas de cartón de diversos colores, que las protegían de un viento que refrescaba y alegraba tras la sofocante jornada. El canto y los aplausos abrieron el apetito hasta de la muchacha, con cuyos cabellos rojos jugaba el viento; ella dejaba que Mirate, sentado a su lado, le hiciera al oído las más audaces declaraciones de amor; sonreía, suspiraba y tomaba el vino que el tenor le hacía beber repetidamente del abultado jarrón decorado con algunas rosas pintadas, no menos moradas que los lamparones del mantel. Después del salame y los pollos asados aparecieron las fritangas: los jóvenes cantantes comían y al mismo tiempo miraban a los dos enamorados, sonriendo con sarcasmo bajo sus bigotes y hablando en voz alta entre sí, en su jerga maliciosa; los guitarristas callaban, devoraban y se guardaban comida; Zen aferró al maestrito autor de la marinaresca, que había llegado a Venecia hacía pocos días recomendado al maestro por sus amigos escritores del anuario, y le desmenuzaba las virtudes del setticlavio.

¿Cuál es la tónica en la clave de Do?

El Do.

Cántame una tercera mayor.

Do-Mi.

Una menor.

Re-Fa.

¿Y la tónica en la clave de Re?

Re.

De ninguna manera.

¿Cómo?

Siempre es el Do.

No entiendo.

Entenderá rápido. Haga el salto de tercera.

Re-Fa.

¿Es una tercera mayor o menor?

Mayor.

No señor.

Usted mismo me decía que es  menor.

Menor en la clave de Do y mayor en la de Re.

¿Y Do-Mi?

En la clave de Re es menor.

¡Oh confusión, oh Babilonia! Los mismos nombres siempre tienen que ser siempre los mismos intervalos. Escuche. – y el maestro continuaba impertérrito el razonamiento, y vociferaba: Do-Re, Do-Mi, Do-Fa, Do-Sol, Do-La, Do-Si, Do-do. 

 

Mientras tanto, Nene, con el rostro ardiente, se había incorporado húmeda de sudor y, del brazo de Mirate, se alejaba dando vueltas entre las pérgolas más tranquilas. Salieron por la puerta posterior, que no conducía a la calle sino hacia un terreno deshabitado. Avanzaron entre la sombra y el silencio sobre la alta hierba: Nene trastabillaba. El cielo se había nublado; de no haber sido por los resplandores, que de tanto en tanto guiñaban en el horizonte, el cielo y la laguna se habrían confundido en una oscuridad sepulcral. Los rumores distantes, los pálidos reverberos de las luces más allá del muro, tornaban más densos la negrura y el silencio del lugar, que ya no parecía estar junto a Venecia, en la realidad de este mundo. Un gato que escapaba se arrojó entre los pies de la muchacha; ella cayó sobre la hierba. 

¿Tienes miedo? –Le preguntó el tenor.

No. –Respondió Nene y le extendió los brazos para que la alzase.

El viento, que silbaba, apagaba las candelas sobre las mesas, a pesar del reparo de las tulipas de cartón, y hacía escapar a la gente, cuando Nene, en cuyo rostro una triste palidez había sustituido el rojo vivaz de antes, regresó a la mesa con Mirate. Zen, sorbiendo el último medio jarro, continuaba con su disputa sobre el setticlavio; pero el maestrito, apenas vio llegar a los dos jóvenes, aprovechó para saludar rápido y marcharse. Los demás habían desaparecido antes, no sin cierta curiosidad por saber a dónde se habrían metido Julieta y Romeo. Más bien trataron, en vano, de descubrir dónde estaban. 

 

La barca con todas sus luces apagadas, el gran cobertizo de ramas,  Maria más calmada y los barqueros muertos de sueño, tenía un aspecto siniestro. Atravesó el canal de la Giudecca entre las pocas embarcaciones llenas de mujeres y hombres borrachos, mientras estallaba el último fuego y se encendía el último cabo de una bengala. Al pasar bajo un puente, en el canal estrecho y oscuro, se escuchó caer un cuerpo por las gradas y a dos personas, que se detuvieron para mirar y decirse entre sí: “Se rompió la cabeza: mira cuánta sangre” “No, es vino. Se levantará mañana por la mañana.” Comenzaba la lluvia a goterones. Nene tenía frío y temblaba. 

Mientras, el abuelo no hallaba paz. Desde que Nene se había subido a la barca, él se repitió a sí mismo cien veces: “Hice cuanto pude. ¿Qué culpa tengo si la muchacha no se parece a su madre y a su abuela? ¿De quién heredó tanta desobediencia, tanta obstinación, tanta vanidad, tanto frenesí por las distracciones mundanas? ¿Puedo confinarla en un convento o encerrarla en una prisión? Tengo la conciencia tranquila, muy tranquila.” Y por dentro sentía una inquietud, una impaciencia, que no recordaba haber experimentado jamás. Se fue a la cama, apagó la luz, se dio vuelta de todas las maneras: el colchón punzaba. Entonces, tomó la resolución de volver a vestirse; bajó al jardín. Aguzó los oídos: las hojas susurraban. Después, luego de atravesar el jardín hasta la orilla y levantar el gran picaporte cubierto de óxido, que produjo un agudo chirrido, abrió. Se apoyó en el borde de la puerta y observó el agua negra a sus pies. Se escuchaban a distancia los rumores de la fiesta, gritos alegres; se veían los reflejos de los fuegos. Poco a poco, sobre las gradas mojadas y resbaladizas, los grandes ratones comenzaron sus correteadas sin importarles el viejo, que permanecía inmóvil y absorto. Uno trató de morderle las pantuflas bordadas por Nene. Entonces volvió en sí y entró, paso a paso, a la casa. Se sentó ante el piano y tocó, sin pensar, algunas partes de la marinaresca, que aún permanecían en sus oídos. Pero se interrumpió rápido, harto de esa música insulsa y trivial. Mientras, desfilaban por su mente ciertos recuerdos de su juventud: un amor profundo y calmo por la hija de su maestro, muerta de tisis a los veinte años, en memoria de la cual había compuesto, la misma noche del deceso, una marcha fúnebre. Trató de recordarla; probaba, volvía a probar; los primeros acordes no aparecían, pero ciertos fragmentos del canto sí; luego se nublaba la segunda parte, desaparecía la cadencia. Pero a fuerza de insistir, la marcha regresó completa, tal cual, a la memoria y bajo los dedos del maestro, que experimentó una viva complacencia, casi una sensación de alegría. 

Una barca, que pasaba con pesados chapuzones de remo y estrépitos de gente embriagada, despertó al viejo de sus queridos sueños lejanos; fue a la ventana; la espina volvió a su corazón. Miraba y, tras un instante, volvía a mirar el reloj. No se confiaba de la aguja; contaba con los dedos las horas y los cuartos, cuando sonaban y batían en el campanario cercano. 

“¡No regresa!” repetía “¡No regresa! ¡No se acuerda más de su pobre abuelo!” Luego se esforzaba en razonar: “Los míos son caprichos de viejo chocho. ¿Qué tiene de malo, en el fondo, cantar y hacerse escuchar, desear un pasatiempo honesto, querer algo de libertad después de tanta sujeción? ¿Puede una muchacha estar oculta en casa toda la vida, porque no tiene ni madre ni padre, y porque su único familiar es un viejo fastidioso y decrépito? La culpa es mía, que he pretendido mucho. Yo fui el egoísta: no quise incomodarme, no supe hacer ningún sacrificio. La juventud tiene sus derechos, que la vejez no debe pisotear. Otro es el verano, otro el invierno. ¡Bueno sería que yo me la agarre con el verano porque hace calor!”

Se arrojó a la cama, vestido. “Aún así” susurraba “sería hora de que regresase. Aquellos jóvenes, aquel tiro al aire de Mirate, ese cabeza extravagante de Zen no me dejan en paz.”

Se levantó nuevamente; fue de nuevo al balcón, donde soplaba el viento fresco y húmedo, que agitaba sus blancos cabellos como había revuelto los de Nene; miró las nubes densas, iluminadas por resplandores. Comenzaba la lluvia, amenazaba el temporal; “¡Dios, Dios, ¿qué pasa con ella?!” y aún estaba por bajar al jardín como prisionero de una angustia en aumento e insoportable, cuando escuchó la gran llave del portón de la orilla levantar el picaporte. Respiró. Escuchó la voz de la nieta y agradeció al cielo; pero cerró rápidamente la ventana y apagó la luz. No quería que se notasen sus sufrimientos. 

 

VI

A la mañana siguiente Nene se levantó cambiada. Los ojos parecían haberse tornado más grandes y más hundidos en el rostro pálido; pero la sonrisa había retomado toda su dulzura, y en los modales reaparecían la modestia y la calma de algunas semanas atrás. No había demostrado nunca tanta devoción por el abuelo, tanta preocupación. Regresó a las flores, al trabajo, a veces a la cocina. De su ánimo se había disipado esa inquietud del amor desconocido, que la hacía volverse impetuosa y desagradable; todo se le presentaba bajo un aspecto diferente al de antes: la vida adquiría una finalidad, y el verse colocada delante de un único camino le hacía sentir en el pecho una seguridad, una tranquilidad, que ella casi confundía con la felicidad.

Para la joven, el amante se había convertido en otro hombre; no es que hayan desaparecido todos sus defectos, si bien estos se le representaban como consecuencias o efectos de cualidades buenas y fuertes. La pasión que la arrastraba hacia él no era menos intensa, menos irrefrenable; solo asumía una justificación nueva, una especie de nueva dignidad, y, casi puede decirse, una virtud. Ahora no pensaba en otra cosa que en el matrimonio, pero sin impaciencia o sospechas; por el contrario, no sentía ni la necesidad de hablar de eso con Mirate, cuando él llegaba en una ligera barca hacia el toque de la medianoche a la orilla del jardín, mientras el viejo abuelo y la sirvienta dormían. En ir al encuentro de su amor, Nene no sentía ningún remordimiento; bajaba las escaleras en puntas de pie, lentamente, con atención, abría la pesada puerta que giraba sin rechinar, pues la prudencia le había aconsejado untar los goznes y el picaporte, conducía a Mirate de la mano por la pérgola circundada y cubierta de enredaderas, y se sentaba a su lado. Después de una hora, o un poco más, el jovencito decía adiós y, atento a su ocupación principal, saltaba hacia la popa del bote y se alejaba cantando.

A veces, Nene lo esperaba en vano, con el portón de la orilla a medio cerrar, con el oído atento a cada leve rumor, sin importarle los enormes ratones, que comúnmente la hacían gritar de repugnancia. Escuchaba tocar las dos, las tres, las cuatro; esperaba el clarear casi sin pensar, dominada por el único sentimiento de una esperanza, que a cada minuto disminuía. 

Una noche, apenas Mirate puso el pie sobre el escalón, le dijo:

Debes hacerme un favor: llévame a tu casa.

¿Estás loca?

Por media hora, pocos minutos, para conocer el lugar donde duermes y pensar mejor en ti cuando no vienes.

Locuras, ¡si alguien te viese!

¿Quién quieres que me vea a esta hora, envuelta en el chal?

La casa en la que estoy no tiene orilla: es necesario atravesar un buen tramo de Frezzeria. Es un capricho.

Que lo sea, pero es un capricho inocente. Compláceme.

¿Y si el maestro se sintiera mal, si te llamase?

En fin, no me quieres llevar. ¿Tienes miedo de comprometerte?

El tenor se rio y exclamó:

No hay peligro.

Nene tuvo una sospecha celosa, pero no dijo nada. Solo insistió en ir, hasta que el otro consintió. Subió con cuidado al bote y se sentó sobre el asiento de proa; si bien la pequeña embarcación oscilaba a cada movimiento, casi a cada golpe de remo, la mujer enamorada no sentía miedo y repetía complacientemente al joven:

¡Qué bien!

En cambio, al recorrer a su lado un tramo de Frezzeria, escondió detrás del chal su rostro, que había enrojecido de vergüenza.

La habitación le agradó poco: cortinas ennegrecidas, paredes sucias, ropa interior y vestimentas apiladas, hedor penetrante, retratos por todas partes, hasta sobre la cómoda, de bailarinas y de otras mujeres a medio vestir. Nene deseó marcharse rápido, pero no se atrevió; y al mirar le desfilaban por la mente ciertos pensamientos, que se resumían en esta queja: “¡Sabe Dios a cuántas amó antes que a mí!”; después se consolaba, al pensar cómo por medio del afecto y de las atenciones pacientes lo convertiría en alguien mejor, cómo le crearía a su alrededor un nuevo mundo de alegrías hogareñas y puras, capaces de hacerle olvidar el pasado.

Comenzaba el alba cuando Nene reentró al jardín y subió a su habitación; un alba neblinosa, húmeda, llena de tristeza. Al pasar cerca de las plantas de su jardincito, les dirigió una mirada: también ellas parecían melancólicas en esa pálida luz crepuscular, y, en vez de erguirse en espera del primer rayo de sol, inclinaban hacia la tierra las hojas y las flores. 

En la cama, Nene no pudo cerrar un ojo, tan afligida estaba por la certeza de no ver al amante por cuatro días enteros, por cuatro interminables días. Se lo había dicho él al darle el último abrazo. Sin embargo, ella no podía negar que tuviera razón: esas noches debía ir a casa temprano, cuidarse del aire nocturno, cuidar la garganta, quería presentarse con toda la frescura de la voz en la solemne misa de las exequias de Soldini (3), para la cual un celebrado maestro boloñés había escrito la música. Este dirigía los ensayos desde hacía más de dos semanas y supo despertar la curiosidad de todos: así, los diarios, los cantores y los profesores de orquesta le prodigaban desbordantes loas. Uno de los pocos que modestamente lo objetaba, era el maestro Chisiola, al que no le gustaba, en la casa de Dios y para honrar a un muerto, aquella ostentación de cantos teatrales, de coros estrepitosos y de instrumentos ensordecedores. 

“¡Despedazamos las tradiciones de nuestra gloriosa cappella!” decía suspirando. Pero, exactamente por eso, corría la expectativa por la ciudad, como si se hubiera tratado de una nueva ópera de Verdi en el Teatro La Fenice: en los cafés, en los encuentros, paseando por aquí y por allá en la Plaza de San Marcos o en el Muelle, no se hablaba de otra cosa. Era como la antesala de una revolución musical. Ya el público se dividía en progresistas y conservadores, en liberales y retrógrados. 

Cada pretexto parecía bueno con tal de asistir a los ensayos; el que no podía meterse en la gran sala del Ridotto, donde tenían lugar, se contentaba con estar en el atrio o allí abajo en la calle, y, luego de concluidas las piezas, aplaudía frenéticamente. Poco faltaba para que gritasen, como en la noche del Redentor, “que salga el maestro”. Se escuchaba canturrear, acaso bajo las Procuratie (4) y en los salones aristocráticos, los motivos más destacados de la misa; se sabía cuántas arias, cuántos duetos y tercetos, cuántos coros formaban la partitura; se sabía cómo Mirate, única voz bella de la cappella y verdadera columna de la misa, cantaba casi del principio al final; se sabía cómo el maestro boloñés, luego de haber escuchado al primer bajo, aquel insufrible maníaco del setticlavio, no lo quería de ninguna manera e hizo venir de la basílica de San Petronio un cantor estupendo, tal que el desgraciado bajo veneciano debía desahogarse en los pieni; se sabía de un delicioso corito de voces blancas, a cargo de los niños del orfanato a quienes enseñaba Chisiola, aquel viejo que tiene esa nieta tan fea, amante de esa joyita del tenor, los que van juntos de noche con tanto escándalo por las calles de la ciudad, y el viejo, que parece un santurrón, mira y cierra los ojos. Además, no se ignoraba que el gran maestro había dejado afuera la acostumbrada fuga, para gran satisfacción de la mayoría, que la consideraba una antigualla de pelucones, y para sumo desdén de la minoría, que refunfuñaba: “Entonces adiós, música religiosa, tanto importa hacer bailar a la gente también en la iglesia; pero la fuga, si no la hizo, quiere decir que no supo: es una bestia.” 

En conclusión, hubo alguno que la noche precedente al gran evento no fue a dormir, para estar bien seguro de encontrarse ante las puertas de la basílica en la hora en la cual abren, y asegurarse un buen lugar. Antes de las ocho la iglesia estaba llena; a las nueve no se podía entrar, ni en las galerías superiores; la misa debía comenzar a las diez y media. Sacristanes y ayudantes, atravesando la multitud con dificultad y a los codazos, iban por todas partes a cumplir con sus servicios: se escuchaba un continuo estrépito de sillones y bancos, un continuo murmullo que cada tanto se convertía en un estrépito, que repercutía por las majestuosas bóvedas del templo. En la nave del medio se alzaba el catafalco, una especie de templo romano, todo adornado de terciopelo negro con flecos de plata y figuras alegóricas, circundado por innumerables cirios encendidos. A los lados estaban, de una parte, los viejos del Hospicio de Caridad, los más rollizos, de la otra las viejas, las más emperifolladas, en señal de reconocimiento al difunto por el abundante legado: curiosa serie de perfiles alineados, en los que dominaban los salientes mentones.

Nene había llegado a tiempo de tomar su acostumbrado lugar en la capilla de San Clemente, al lado del presbiterio vacío, donde se alzaba, sobre la cátedra patriarcal, el amplio baldaquín de seda blanca con motivo de flores de oro. El corazón le latía fuerte al pensar en el tenor, que debía comparecer a la brevedad ante el juicio de tanto público; y miraba con febril impaciencia hacia la cantoría aún desierta. Luego, fantaseando, volvía los ojos ya sobre la fila de morenos apóstoles, ya sobre el ángel dorado, que amenazaba con precipitarse de su ménsula, ya sobre las alegres señoras cortejadas en las tribunas. Los centelleos de los mosaicos de oro terminaron por producirle un grave sopor, durante el cual descendía, como en un sueño, al fondo de su propio ser. Entonces la invadían un turbamiento misterioso, una vergüenza enorme. Buscaba distraerse, contemplando en alto las historias del arca, de la virgen con el ángel de la anunciación, el niño adorado por los magos, y murmuraba: “¡Quiera Dios!”

Levantaba la mirada aún más, hasta los símbolos bizantinos de los evangelistas en los sostenes de la cúpula. El león tenía la garra parecida a una mano, a una mano que quisiera buscar en la conciencia; tenía el hocico con forma de jeta de vieja bruja barbuda. Y la horrible bruja continuaba fijando, torva, amenazante, los ojos vacíos y negros en el rostro asustado de Nene. 

Cerca de las diez entraron pomposamente en el presbiterio los canónicos, y se dispusieron a sentarse en sus asientos. Una carota redonda y sonriente apareció en el parapeto de la cantoría: era la del organista. Siguió un coreuta rengo, que custodiaba la música y colocaba las partes sobre los atriles. Seguidamente llegaron uno por uno los otros cuarenta cantores, todos en camisola blanca, entre ellos el soprano, más demacrado que de costumbre, Chisiola, acompañado por los niños del orfanato, Zen, que no se había afeitado y tenía el rostro fuera de sí, como si estuviera en un velorio. El nuevo bajo boloñés, con los codos en el parapeto, adelantaba el pecho todo lo que podía, para examinar el auditorio y hacerse ver: muchos lo señalaban. Se situó junto al maestro de cappella, apenas este entró. Todos tomaron su lugar, agrupados entre tenores, sopranos, barítonos y bajos. Aún no se veía la cabeza osada de Mirate, a propósito del cual algunos se formulaban este arduo interrogante: “¿Hoy se pondrá la camisola, o no se la pondrá?”

Mientras, en la otra cantoría, la de la orquesta, que estaba sobre la capilla de San Clemente y por lo tanto no podía ser vista por Nene, continuaba el pisoteo sobre las gradas de madera, con algún estrépito y las vivas charlas de los profesores, que se dirigían a sus puestos con sus instrumentos. Luego, allí, comenzaron a afinar, primero discretamente con los arcos, después fastidiosamente hasta con los cornos y los trombones, de modo que un silencio no hacía callar aquella Babel, que poco después volvía a empezar. Debió haberse mostrado el célebre maestro, impaciente por dirigir su propia creación, porque todos miraban hacia aquella parte, muchos levantándose sobre las puntas de los pies y apuntando el binocular de teatro. La agitación crecía; eran pocos los que a cada rato no se sacaban el reloj del bolsillo:

Diez y media en punto.

No, faltan seis minutos.

Cuatro.

Diez. 

Dos.

Ya pasaron.

 

Cuando el maestro compositor dio la primera señal al golpear fuerte sobre el atril, se hizo tal silencio, que se habría escuchado zumbar un mosquito; pero el maestro de cappella, de la cantoría de enfrente, agitaba los brazos en señal de espera. 

Apareció en la puerta de la sacristía, precedido y seguido por una cantidad de clérigos y acólitos, el venerado patriarca, llevado en el medio por dos canónigos mitrados. Las altas mitras de plata, los espléndidos mantos, atrajeron por un instante la curiosidad de la multitud. 

Sin embargo, entre las dos cantorías no cesaban las señales. El maestro de cappella, con aire muy agitado, había dejado su puesto y daba órdenes, consultaba con Zen, con Chisiola, con otros; corrían hacia abajo desde las escaleras empinadas muchos coreutas, que se quitaban la camisola y salían precipitadamente de la basílica. Nene, inmóvil y con los ojos fijos en la cantoría, parecía una muerta de pie. En el presbiterio no entendían nada; daban rápidas miradas hacia arriba; se cambiaban algunas palabras en voz baja, sin dar indicios de perder la calma sacerdotal. Pero el pueblo se impacientaba y no le importaba disimularlo: era un parloteo general, un preguntarse recíprocamente:

Oh, ¿qué pasa?

Alguno se habrá puesto mal.

Quizás el patriarca. 

Parece que no. La confusión es en la cantoría. Mira allí, a la izquierda, no saben a qué santo encomendarse. 

Cierto, habrá sido un ataque.

¿De quién?

El maestro, quizás.

El maestro, un ataque.

El maestro con un ataque de apoplejía.

¿Muerto?

¡Pobrecito, todavía era joven!

¿Cuántos años podía tener?

Alrededor de sesenta.

Los llevaba bien. Pero vea, está en el parapeto, se mueve. 

Sí, es él. ¿Quién será el muerto?

Dicen que fue un incendio.

¿Dónde?

En el órgano.

Imposible: no hay indicios de humo.

Será en los techos.

Será en la cúpula.

Escuche, escuche: el sacristán anuncia que no se encuentra el tenor, y que sin él no se puede llevar a cabo la misa.

Mirate se escapó.

Mirate huyó.

¿Se escapó solo?

Probablemente con una mujer.

Se las tomó con la amante.

Entonces, la nieta del maestro Chisiola.

¿Usted la conoce?

La escuché cantar.

¿Es bella?

Más o menos.

¡Otra que por amor! ¡Se escapó por deudas!

Se puede decir que dejó clavos por todas partes. 

¡Qué joyita!

¡Sinvergüenza! ¡Hacernos pudrir cuatro horas en la iglesia para esto!

¡Hey, señor sacristán! ¿Es cierto que Mirate se escapó?

Es cierto que no se encuentra al tenor. Nos mandaron a calmar a la gente y a decir que se cantará una misa de Furlanetto. 

Cosa vieja.

Cosa aburrida.

Tengan paciencia, señores, tengan paciencia.

 

Y los sacristanes y ayudantes iban fatigosamente por todas partes, repitiendo las mismas palabras. El público había tomado la cosa en broma. Reían, bromeaban y, poco a poco, salían separadamente de la iglesia y formaban corrillos en Plaza San Marcos y bajo las Procuratie. Cuando pudo comenzar la misa para voces solas, la cantoría de la orquesta estaba vacía, en las tribunas y en las galerías no había un alma, y las naves y las capillas estaban casi desiertas. Solo en los flancos del enorme catafalco, mascullaban y bostezaban por apetito o por aburrimiento, los viejos y las viejas del Hospicio de Caridad. 

 

CONTINUARÁ…

Imagen: Luigi Pastega (1858-1927): En la Fiesta del Redentor

 

 

NOTAS

1. La Fondamenta delle Zattere es un largo paseo situado en Dorsoduro, al sur de Venecia. Bordea el canal y mira hacia la Giudecca. Puede traducirse como “paseo”, “amarradero” o “muelle de las balsas”. 

2. Especialidad repostera veneciana. 

3. Giovanni Battista Soldini fue un rico veronés, fallecido en Venecia el 19 de julio de 1838; el apellido reflejaba su condición económica. Designó como heredero de su fortuna al antiguo Ospedale dei Derelitti (Hospital de los Desamparados -Boito lo llama Ospizio di Carità-, donde en el siglo XVIII se desplegó una importante actividad musical). A cambio, impuso en su testamento la obligación perpetua de celebrar sus exequias tres días al año en la basílica de San Marcos, con gran número de cantantes, instrumentistas y fastuosa pompa. Debía anunciarse como “Ricordo Grande Funerale Soldini” y el heredero tenía la obligación de correr con los gastos. El designio se mantuvo hasta 1994 (Ver Camillo Boito: Il maestro di setticlavio. Edición a cargo de Emanuele D’Angelo con postfacio de Anselm Gerhard, p. 114. Progedit, Bari 2015).

4. Procuratie: Son tres grandes edificios que rodean por tres flancos a la Plaza San Marcos. Su nombre proviene de la función que cumplieron en el pasado, de alojar a los procuradores de San Marcos.