Temas atrapados por el rabo

18° entrega: EL MAESTRO DE SETTICLAVIO de Camillo Boito – 2° Parte


III

Cuando Nene supo del pedido y el rechazo, se puso a reír como si se tratara de una rareza ajena a ella. Le gustaba la voz del jovencito que hacía días admiraba en la iglesia y que antes había escuchado algunas veces en casa, pero desde la habitación de al lado porque el abuelo la aislaba de la presencia de los alumnos. Recordaba que al escuchar hablar muy mal sobre él, pensó que no se puede pretender de un día para el otro que un gondolero se convierta en un señor educado; también recordaba sus ojos negros e insolentes que, al encontrarlo, le hacían bajar la mirada con un sentimiento de extraño temor. 

Por lo demás, la muchacha nunca pensó en el matrimonio. Siempre vivió con el abuelo y la sirvienta, una buena mujer que la quería profundamente y que estuvo al servicio de su madre. Eran cuatro años que dedicaba su jornada al estudio del canto, en el que su voz nada robusta, pero extensa y delicada, se había hecho admirable por su agilidad y gracia, y a las flores del pequeño jardín, cerrado por los altos muros de una cerca, de la que se abría hacia el canal la arcada del amarradero. Algo del tiempo lo ocupaba en la cocina para hacer con sus manos pequeñas y carnosas, algún plato que le gustase al abuelo. No salía con nadie más que con él, leía poco, cocía poco, hacía bordados y encajes: estaba conforme consigo misma y con la vida. 

Durante los descansos en la cantoría, el tenor arrojaba a los pies del altar de San Clemente su mirada incendiaria, que se encontraba con la de Nene, la que a su vez experimentaba una leve herida en el corazón y un ardor en el rostro, que se tornaba como el carmín. Los cabellos, más rojos que rubios y naturalmente rizados, le circundaban la frente y las mejillas rellenas, para dejar al descubierto las delicadas orejas de las que pendían dos perlas pequeñas. Cuando el tenor cantaba con los ojos alzados hacia la cúpula de oro poblada por santos bizantinos, se mostraban entre los húmedos labios color cereza de la muchacha sus dientes cándidos y parejos. Luego un ligero temblor corría por sus miembros redondos, y los ojos celestes, aunque no grandes, asumían una nueva expresión de vivacidad y sentimiento. La joven se transformaba, se ponía inquieta y a menudo impaciente: parecía haber aumentado de estatura. 

Había llegado a los dieciocho años sin haber observado jamás su propio ánimo, sin haberse dado cuenta de su propia conciencia, pues a las prácticas religiosas, a las plegarias y a la confesión se entregaba con humilde gravedad, pero por costumbre, como una operación ritual, como si tuvieran su raíz y su atención más allá de ella. La fe era tan indiscutible, la moral tan reducida a preceptos y fórmulas, que pensar era inútil: no es que sobre los escalones del altar, ante la reja del confesionario o postrada frente al crucifijo en su estancia no sintiera viva emoción, pero era algo sentimental, o irreal, no un fruto de la meditación. Ni siquiera el abuelo, que en su larga vida no contaba con una mala acción o una mala intención que expiar, habló a su nieta alguna vez de los deberes y dignidad de una mujer. Le habría parecido una falta de respeto a la virginidad, si hubiese creído necesario amaestrarla mediante consejos o libros sobre las tentaciones del placer, sobre la maldad e hipocresía de muchos hombres, o con respecto a las seducciones internas de la pasión y el deseo, como acerca de fatales engaños y los aún más fatales sopores de la conciencia. Él mismo había vivido sin desviarse, pero como un orejero de la virtud. 

La única vez que Nene escrutó en su pecho encontró una imagen de hombre profundamente grabada, que no le hablaba con respeto de matrimonio y maternidad, no le susurraba con sumisión las suaves canciones del afecto ideal, pero le hablaba descaradamente de ardores aún vagos y a la vez irresistibles. La muchacha, sentada bajo la sombra oscura de la pequeña pérgola del jardín, toda cubierta y rodeada por una fresca hiedra trepadora, se dejaba vencer por los fantasmas de los deseos inconscientes y repetía cada tanto, como sorprendida de sí misma: “Sin embargo, si el abuelo hubiese dicho que sí, ¡no lo querría desposar!”

Paralelamente al amor, se despertaba en ella la vanidad. Admiraba su propia voz, notaba las cualidades de su propio modo de cantar, se miraba al espejo, a veces tratando de alisarse los cabellos rojos rizados, otras desordenándolos, lamentándose por las manchitas de las pecas que le salpicaban el rostro y los hombros, y por la piel lechosa del cuello y los senos. Se confesaba a sí misma ser más bien corta de estatura, pero se juzgaba bien hecha de la cabeza a los pies, y pensaba que es mejor ser rellena que flaca. A veces, es cierto, envidiaba los ojos negro carbón de su charlatana vecina, la Gigia, porque suponía que las rubias con ojos negros debían ejercer una terrible fascinación. Luego se confortaba de golpe, al notar cómo las pupilas celestes combinaban admirablemente con el oro rojizo de la cabellera, y, si bien más mansas, no eran menos potentes. Se ponía a menudo sus mejores vestidos, que hasta ese momento se amontonaban en el armario, su gracioso sombrerito, antes destinado a las misas de los días solemnes. Llamó a una modista que le sugirió la Gigia para modernizar los vestidos anticuados, y rogó al tío que le comprase el raso cambiante para un nuevo vestido a la moda. Se equivocaba en los puntos de los bordados y encajes, que cada tanto arrojaba al canasto y retomaba desganada. Paseaba por el jardín, también durante las horas más sofocantes de aquel verano candente, bostezaba, aspirando con la nariz ligeramente aplanada los efluvios acres y salobres del vecino canal, y los perfumes de las flores, casi marchitas en sus macetas, porque ella no se ocupaba más ni de cortarlas ni de regarlas. No le gustaba el aroma delicado de la vainilla, ni de los geranios, ni de los jazmines. De a poco prefería los olores embriagantes de la gardenia, del clavel, de la tuberosa.

Una mañana, al hacer silbar en el aire una delgada rama de sauce, como si quisiera azotar a alguno, arrancó de su tallo la gran flor de un lirio que le parecía demasiado alto: en ese momento se oyeron en la puerta de casa furiosas campanadas. Fue a abrir. Era el maestro Zen, que sin siquiera saludarla, corrió derecho y jadeante hacia la habitación de estudio de Chisiola. Secándose el sudor del rostro con un pañuelo floreado y sucio de tabaco, exclamó:

—Maestro, estoy desesperado.

Como si estuviera ante la cómica desesperación de un niño, el viejo lo miró con una sonrisa afectuosa y le preguntó:

—¿Se trata del setticlavio?

El otro prosiguió:

—¡Estoy arruinado, arruinado, maestro, si usted no me socorre!

Entonces el viejo, serio, dijo:

—Vamos, ¿en qué te puedo ayudar? Sabes que siempre te quise, como a uno de mis más antiguos discípulos. 

Abatido, Zen se dispuso a tomar asiento junto a una mesita sobre la que había una jarra de agua. Bebió dos grandes vasos:

—Bien, pero primero usted debe prometerme no decir que no.

—No puedo prometerte así, a ciegas. Confío mucho en tu corazón, pero poco en tu cerebro. ¡Dios sabe en qué embrollos te metiste!

—La culpa no es mía, se lo juro. No es de nadie. ¡Se metió el diablo! 

—¿Entonces?

—Entonces usted sabe, o no sabe, porque hace mucho que no lo visito y usted no lee los diarios: prometí públicamente, solemnemente, dar esta noche con mis alumnos un concierto para los accionistas de mi escuela de setticlavio y canto, con invitaciones para los periodistas de la ciudad.

—¡Un concierto! ¿Entonces eres infiel a tu amigo pianista, o aprendiste a arreglártelas con el teclado?

—Maestro, ¿se burla de mí? ¿Yo, con estas manos de cangrejo? Es que sabía muy bien que no habría aprobado mi iniciativa, más bien hubiese tratado de disuadirme. No quise faltarle el respeto con mi resistencia a sus consejos. Le rogué a nuestro organista de San Marcos, que con la condición de embolsar veinte svanziche anticipadas, aceptó con todo gusto. Se hicieron los ensayos, todo viento en popa…

—Y a último momento el organista se enferma y vienes a pedirme que lo sustituya.

—No, maestro. ¡Usted no sale de casa por la noche, más con este calor en una sala repleta! No le propondría algo que le hiciera mal, así debiera arrojarme al agua con una piedra al cuello. Por lo demás, el organista está fenómeno…

—¿Entonces?

—Peor que un accidente del organista, mil veces peor: se resfrió la Carlottina Bianchi, que usted conoce, mi más admirable alumna, esa que lee música con el setticlavio, expeditiva y franca como un cura el breviario, ¡mi esperanza, mi estrella! Ayer en el último ensayo no estaba bien. Esta mañana, antes de venir aquí, voy a su casa. La encuentro en cama con fiebre, una tos de reventar las costillas, un cataplasma sobre el pecho y tal disminución de la voz, que no podía pronunciar una sílaba. El médico declaró que si no empeora, en dos o tres semanas podrá cantar. Mientras, estoy de últimas. Sin la Carlottina se pierden cuatro piezas sobre ocho, las mejores. Y Mirate, que me ha acompañado hasta ahora, jura no abrir la boca si no canta el terceto de Lucrezia o el duetto del Elisir d’amore. Así pierdo también Ah! sì, per voi già sento (1), que él canta como Dios. Posponer el concierto es imposible. Los diarios, instigados por otros maestros de canto que ven con malos ojos mi escuela gratuita, están en mi contra: La Lira me destrata, La Gaceta me destruye, el Señor Antonio Rioba (2) me pone en ridículo. Mañana sería demasiado tarde. Los accionistas…

—¡Los llamas accionistas! ¡Querrás decir los que contribuyen con los gastos de la escuela! ¿Cuántos son ahora?

—Son ochenta y seis, comprometidos con su firma a dar seis svanziche al año. Pero de los ochenta y seis, maestro, adivine cuántos han pagado… Dieciséis, nada más que dieciséis, y luego ¡cuántas presiones! Pensar que si tuvieran paciencia de esperar a que todos los alumnos se conviertan en cantantes, las acciones darían el cien por ciento de ganancia como mínimo. En vez de esto, me las devuelven acompañadas de sarcasmos o insultos. En fin, un concierto con mis siete alumnos alcanza para poner a la luz la verdad, desmentir a los periodistas, destruir a los otros maestros de canto, multiplicar los accionistas…

—Que al menos alcance para pagar todas las deudas. –Agregó el maestro Chisiola, con una sonrisa triste.

—Deudas tengo muchas, maestro, pero, a decir verdad, pienso poco en eso. Me alcanzaría para pagar las dos habitaciones donde tengo la escuela y el alquiler del piano y de la música. Continuaría con todo gusto, como hago desde hace dos meses, comiendo pescado o polenta una vez al día con un cuartito de vino. 

—¡Pobre amigo mío, víctima del setticlavio! Dime de una vez cómo puedo ayudarte. 

Zen, consciente de que su pedido causaría sorpresa y dolor en el maestro, dudó un momento. Luego le dijo rápidamente:

—Permitiendo que la señorita Nene cante esta noche en lugar de la Carlotta. 

El viejo abuelo se turbó. Miraba a Zen en silencio, como si nuevas ideas, nuevos temores le confundiesen la mente. Trató de responder, pero la respuesta pareció interrumpida por otro pensamiento triste. Durante las últimas dos semanas la nieta lo inquietó en sus aspiraciones y sus costumbres, pues poco a poco se había convencido de que nada hubiese alterado jamás la serena paz de la casita y del jardín. Y como él, cerca del fin de sus días, sentía a su alma reacia a toda agitación mundana, esperaba que así fuese también en el corazón de una joven, que ni siquiera conocía la vida. El instinto del afecto le señalaba el primer paso en el camino de la vanidad como una vorágine, en la cual pronto desaparecería la existencia solitaria y feliz de la muchacha y también la suya. Hizo un gran esfuerzo, abrió la puerta y llamó:

—Nene.

Apenas la muchacha entró, el viejo continuó con voz temblorosa, interrumpiéndose a menudo para respirar:

—Escucha, querida, el amigo Zen te pide un favor, una cosa que nunca hiciste hasta ahora y que repugna a tu naturaleza delicada. Quiere que esta noche cantes en un concierto en compañía de algunos de sus discípulos, entre ellos el que llaman Mirate, para sustituir a Carlottina Bianchi que de repente se enfermó.

Zen interrumpió:

—Señorita Nene, diga que sí, mi vida está en sus manos.

—Sí, cantaré. – Respondió la muchacha con calma y seguridad, sin siquiera atender a Zen, que festejaba y le besaba las manos. De golpe el bajo profundo, golpeándose la frente, se volvió hacia el viejo:

—Maestro, me olvidaba de un encargo que acaba de hacerme el tenor, aquí en la puerta. Desea hacerle saber que el pedido de matrimonio fue un feo embrollo del soprano, nuestro colega en la Cappella, ese usurero inmundo, indigno de pertenecer al honorable cuerpo de cantores de San Marcos. Esperaba armar el negocio según algunos intereses suyos, mientras Mirate se enamoró locamente de otra: no me dijo de quién.

La noticia trajo algo de alivio al viejo, pero la muchacha la recibió con altanera incredulidad. Aproximándose al abuelo por detrás, le dio un beso en los cabellos blancos y le susurró:

—Veo que mi resolución te aflige. Perdóname. Sería inútil todo el esmero que pusiste en enseñarme a cantar, si continuara toda la vida cantando para los pájaros del jardín. Verás, querido abuelo, que te rendiré mucho honor.

Nene conocía las piezas que debía interpretar. Alcanzó un rápido ensayo en lo del maestro Chisiola, que al olvidarse un poco de los temores dio algún sabio consejo, sin lograr vencer cierta complacencia al escuchar a la nieta. Luego de terminar un rondó de Cimarosa lleno de agilidades y trinos, el viejo no pudo evitar exclamar: 

—¡Brava!

Zen deliraba de júbilo. También el organista, redondo, desbarbado y feliz, tocaba con ardor, a pesar de sus manos habituadas al pequeño teclado del órgano, y de buscar los pedales ausentes al pisotear el suelo.

El concierto tuvo lugar en una sala ofrecida a Zen por medio del famoso soprano, al que todos maldecían, pero que, despierto como era, mediante préstamos y otros servicios siempre resultaba indispensable. Angosta y larga, era como un amplio corredor mal iluminado por lámparas de aceite, que colgaban de un techo bajo en el que dejaron grandes círculos de hollín. Antes de las ocho ya estaba colmada por un variado público: empleados y comerciantes con sus mujeres e hijitas; emperifollados amigos de Mirate con algunas muchachas un poco desfachatadas; algún cura con sus hermanas viejas vestidas de oscuro; tampoco faltaban varios señores de la nobleza, sin las esposas, o sea alguno de esos últimos dieciséis accionistas que aún pagaban su cuota. Los periodistas y los maestros de canto estaban de pie al fondo, hablándose al oído, señalando a las más bellas jóvenes y riéndose de las burlas y sentencias de este o aquel. 

Nene estaba muy bella. Los abundantes cabellos rojos, sujetos en alto y adornados con flores cándidas. El fino rosado del rostro, en el que se destacaban los labios coralinos y los ojos celestes. El cuello de nieve, las bellas formas a pesar de no ser alta y, por sobre todo, aquella nueva expresión suya de firmeza y contento, le daban un aspecto singular y atractivo.

El viejo abuelo, que forzosamente quiso arrastrarse hasta allí, sentado en la habitación destinada a los cantantes y junto a la puerta que llevaba al escenario realzado por dos escalones, no se cansaba de mirar a la nieta. Durante las piezas en las que ella cantaba y cuando luego de la cadencia estallaban los largos aplausos, repetidos y fragorosos, y con entusiasmo se solicitaba el bis, de los ojos del anciano descendían lágrimas por las mejillas. Luego la abrazaba y le decía entre sollozos:

—¡Nene, mi querida Nene, cómo estoy de contento por ti! 

Terminado el concierto y una vez que el público abandonó la sala, al descender por un rincón oscuro de las escaleras, Mirate rodeó con su brazo izquierdo la cintura de la muchacha. Sosteniéndole el mentón con la diestra, le dio un vigoroso beso sobre los gruesos labios, que quedaron abiertos y confiados.

 

 

IV

Los diarios venecianos se ocuparon del concierto. Todos loaron a la nieta y alumna del maestro Chisiola, insistiendo con que en este caso la escuela de Zen no contaba para nada. Mirate fue juzgado con poca benevolencia: voz potente, de buen timbre, bastante entonada, pero fea y grosera; cantante inmaduro, más de iglesia que de teatro; en suma, buenas cualidades pero pésima escuela. Los otros alumnos, metidos en la misma bolsa, fueron destrozados sin piedad. Conclusión: los accionistas tiraban su dinero para que las buenas voces fueran arruinadas y cantasen los perros. El periódico teatral La Lira se las agarraba con el setticlavio, acusándolo de muchos pecados: incertidumbre en la entonación, perplejidad en los ataques, pesadez al modular; y negaba categóricamente que los alumnos de Zen leyeran a primera vista. Proponía un juicio pronunciado por cinco maestros, dos elegidos por Zen, dos por la dirección del periódico y el quinto por los cuatro maestros ya elegidos. 

Zen, fuera de sí por el despecho causado por tantos ataques y por miedo a que le arrancasen su amada escuela, pero ante todo por las imputaciones contra el setticlavio, pisó rápido el palito. Escribió una carta al periódico en la cual aceptaba la propuesta, se reservaba indicar dos nombres y se declaraba dispuesto a soportar la sentencia si, cosa imposible, debiera ser contraria. Corrió hacia el maestro director de la Cappella de San Marcos para rogarle que fuese uno de los árbitros. Este, hombre prudente, le respondió:

—¿Le parece? ¡En mi posición, hacerme de enemigos entre maestros y periodistas! Gracias por la confianza, pero no quiero arruinarme. 

Corrió donde el joven y célebre director de orquesta del Teatro La Fenice (3), que le tendió cordialmente la mano, lo hizo sentar sobre una poltrona y le ofreció un café, pero le contestó:

—Con todo gusto, querido maestro, si no existiera un obstáculo. Ignoro por completo qué es el setticlavio

—Oh, no importa, en quince minutos lo convierto en profesor. El método brilla por sí mismo, como el sol. ¿Cuál es la tónica en la clave de Do?

—Le estoy reconocido, maestro, en verdad muy reconocido por querer instruirme, pero le ruego hacerlo en otra oportunidad. ¿Le parece que uno puede ser árbitro en una materia que acaba de conocer solo teóricamente? ¡Habría que ser muy descarado!

Las respuestas de los otros maestros a los que se dirigió Zen, fueron más o menos las mismas. El pobre ya había pasado tres veces por la casa del maestro Chisiola; este, algo indispuesto tras la noche del concierto, no quería ver a nadie. Sin saber qué hacer, se dirigió a grandes pasos al negocio del anticuario usurero y soprano.

Los asuntos de Zen se complicaban. A sus monedas, cuando las tenía en el bolsillo, y a las de otros que se hacía prestar, no daba ninguna importancia; y se asombraba al ver a la gente desvivirse por ganar y acumular. Su sueldo como primer bajo de la Cappella de San Marcos estaba embargado desde hacía varios meses: los accionistas de su escuela gratuita, apenas desembolsaban en un año un centenar de svanziche.  De los alumnos, aún si le hubieran ofrecido dinero, no habría aceptado un centavo, pero en realidad, en vez de ofrecer pedían, y él, si tenía daba, o, si estaba en la miseria, los llevaba al bacaro a comer y a beber, siempre y cuando el dueño le fiase. Algo sacaba al cantar en las fiestas sacras, porque su voz rimbombante gustaba a los curas; algo con la corrección de pruebas de imprenta para una tipografía, o al componer sonetos para los casamientos, para los nacimientos, para la salud recuperada, para la primera misa, para el regreso del párroco, tanto para el aplaudido cuaresmalista como para la impetuosa Terpsícore, para el comerciante que abría su negocio de vestidos hechos, hasta para el boticario que recibió una carga de bacalao. Una vez se le ocurrió publicar un diario en dialecto para dar mayor difusión al setticlavio y decirle al prójimo la verdad: en menos de un mes la publicación estaba enterrada. Otro día anunció por todos los rincones de la ciudad la Historia del canto desde la antigüedad hasta hoy, recogió firmas y cuotas de asociados: la obra no pasó de la primera hoja del prefacio. 

Escribía mejor en verso que en prosa y lo más bueno era su poesía vernácula, en la que se destacaban por todas partes la ironía hiriente, la burla risueña de los mejores poetas venecianos. Siempre escribía en el café, como el del bajo pórtico de los Dai, casi sepultado por el puente cercano. O en el que está bajo los pórticos de Rialto, junto al mercado, que apenas se veía mientras el sol brillaba afuera, allí donde los intermediarios, los vendedores, los compradores en chaqueta o mangas de camisa, discutían a viva voz o celebraban los contratos entre tragos, en medio de un gran estrépito. En la pocilga que llevaba el sonoro nombre de Café de la Gloria, ubicada entre un negocio de compraventa y un local de lotería, servía como tintero una taza cachada en los bordes y sin manija, en la que Zen encontraba inspiración.

El soprano anticuario negociaba con una mujer pálida, mientras Zen entraba al negocio con ansiedad. El asunto giraba en torno a una virgen con un putto (4) en el brazo, dos palmos de altura, toda de marfil, en la que se descubrían las huellas de dorados y colores, y en cuya base se leía un epígrafe del mil trescientos.

—Años atrás -decía la mujer en voz baja y con los ojos en lágrimas- años atrás podría haber sacado cinco marengos (5), y no quise porque esta madonna era tan querida por mi pobre madre, cuando le rezaba también me sonreía a mí, como sonríe ahora. 

—De una vez por todas, ¿quieres las quince liras?

—Al menos deme veinte.

—No. 

El anticuario se volvió a Zen, que se impacientaba. La pobre mujer salió, pero reapareció después de alguno que otro minuto. Al posar la estatuilla lentamente sobre una mesa repleta de cachivaches de todo tipo, murmuró:

—Tome, los niños me esperan con un pedazo de pan.

Embolsó el dinero y se dispuso a salir, pero regresó retenida por un remordimiento, tomó la figurilla con temerosa delicadeza y colocó los labios trémulos sobre el rostro suave en actitud de besarlo. Al salir del local se secaba las lágrimas, mientras corría a lo del panadero. 

—¡Justo! Si no venías hubiese ido a despertarte. –Refunfuñó el anticuario mientras miraba a Zen. Le preguntó bruscamente:

—¿No piensas pagar?

—Tengo otra cosa en la cabeza. Quiero pedirte un favor, porque eres un hombre prudente y sé que, en el fondo, me quieres. ¿Lees La Lira?

—Entiendo. Te has dado cuenta de haber hecho una de tus típicas animaladas al aceptar el juicio musical, y quieres arreglarla.

—No, en serio. Vengo a escuchar de ti un parecer acerca de dos nombres de maestros autorizados, que puedas recomendarme. 

—Hasta ahora ¿cuántos te dijeron que no?

—Hagamos la cuenta. –Pronunciaba los nombres y enumeraba con los dedos.- Siete.

—Puedes tener la seguridad de que por una razón u otra, con educación o groseramente, todos, en conclusión, te responderán lo mismo. Termínala, termínala con tu setticlavio.

—Mientras, ¿no podrías aceptar tú?

—¿Yo? ¡Estás loco! Y ahora basta con estas pavadas. ¿Pagarás o no? He sido yo el animal, al meterme con el propietario de la sala donde tuviste tu famoso concierto, con el proveedor de las sillas, con el de las lámparas, y más y más: ochenta svanziche

—¿Acaso no me avergonzaste ante todos nuestros compañeros de la Cappella, al hacerme embargar el sueldo? Paga con eso.

—¿Me tomas el pelo? La mitad de tu sueldo ya estaba embargada, así que, para recuperar el dinero que te presté como un amigo demasiado desinteresado, deberé esperar la friolera de casi dos años. Estamos viejos, querido colega, y si no se perdiera rápido la vida, se perderá la voz. ¡Buenos negocios hice contigo y con Mirate!

—Pensemos entonces en una solución.

—¿No tienes nada?

—Nada. Es más: en una semana me arriesgo a que me echen de casa, que me secuestren los pocos muebles y me lleven el piano y la música. ¿Qué será de mi pobre escuela?

—Hace un tiempo me hablaste de una suma que ciertos conocidos tuyos te enviaron, no sé de dónde, para la impresión de un anuario escrito por ellos que deberá aparecer los últimos días del año. Todavía faltan cinco meses. 

—Me atormentan con sus cartas, esperan las pruebas día a día, amenazan con venir a Venecia. Urge que le entregue el manuscrito al tipógrafo y recupere el dinero, que se ha esfumado…

—¿Y el piano?

—Sabes que no es mío. Lo tengo por un alquiler mensual.

—Sí, pero si lo vendieses, ¿no podrías seguir pagando el alquiler, hasta saldar con el propietario el precio del instrumento? Perderías algo, pero no se puede tener nada por nada. 

—¿Y cómo haría para enseñar el setticlavio sin piano?

—Toma otro en alquiler en lo de otro negociante, ¡se entiende!

—De estos negocios no entiendo nada. Sálvame la escuela, es lo único que te pido. Confío en ti.

—Encontraré el comprador, pero con la condición de que mi nombre no aparezca en ninguna parte, ¿me lo prometes?

—Lo juro.

Y Zen, tras alguna que otra palabra, salió con la cabeza en alto y el paso ágil, mientras silbaba una arietta alegre como si hubiese asegurado su escuela para toda la eternidad. De La Lira ya se había olvidado.  

 

CONTINUARÁ

 

NOTAS:

1. Aria del primer acto de Otello de Rossini. 

2. Publicaciones de la época, en el caso de La Lira de índole musical. El nombre de Señor (Sior) Antonio Rioba alude a una conocida y antigua estatua, que aún hoy se encuentra en el sestiere Canareggio. Destruida su nariz original, fue remplazada en el s. XIX por una grotesca imitación metálica. Es fácil asociar esto con el fallido intento de restauración del Ecce Homo de Borja, efectuado en 2012 por una feligresa de esa localidad española. 

3. Emanuele D’Angelo y Anselm Gerhard hacen notar que se trata del maestro Carlo Ercole Bosoni (1826-1887), quien se desempeñó como director en La Fenice entre las décadas de 1850 y 1870. Este maestro recibió su formación en Parma, con lo cual es lógico que ignorase en qué consistía algo tan exclusivamente veneciano como el setticlavio (Camillo Boito: Il maestro di setticlavio. Edición a cargo de Emanuele D’Angelo con postfacio de Anselm Gerhard, pp. 65 y 111. Progedit, Bari 2015).

4. Putto: niño o muchacho en dialecto veneciano. En arte, niño desnudo, a veces con alas, que se ha empleado con fines alegóricos o decorativos. 

5. Marengo: unidad monetaria mandada a acuñar por Napoleón tras su victoria en la batalla del mismo nombre. Consistía en una moneda de oro equivalente a 20 francos.