Temas atrapados por el rabo

17° entrega: EL MAESTRO DE SETTICLAVIO de Camillo Boito – 1° Parte


I

Uno insistía tímidamente: - Discúlpeme, maestro. En el fondo es un buen joven. En esa voz de Mirate (1) tiene un gran capital. El otro repetía con resolución: - No y no. No entiendes nada. Le alcanzaría con tragarse esa poca dote, es un tiro al aire. ¡Pobre Nene! Uno estaba junto a la cola del piano, de pie, con la cabeza baja; el otro sentado frente al teclado. Más allá de la puerta cerrada se escuchaba canturrear una vocecita suave.

El menos viejo, el que estaba de pie, era alto, flaco, desbarbado; tenía alrededor de sesenta años pero parecía mayor, si bien su cabellera aún se mostraba tupida y casi negra, y al abrir su amplia boca los grandes dientes aparecían ordenados y blancos. Al pasar en camisola entre los otros cantores en la larguísima fila de la procesión de Corpus Domini, que por esos años aún se efectuaba alrededor de la plaza San Marcos, era idéntico a uno de aquellos cantores pintados en 1496 por Gentile Bellino (2), en el gran cuadro de la famosa Procesión de las Reliquias. Un típico y puro veneciano. Larga nariz aguileña, mentón grande un tanto saliente, labios sutiles. Cantaba como bajo profundo, desde el Do grave y apenas tocando el Re agudo; no obstante gorjeaba con facilidad, interrumpiéndose a menudo para aclararse la garganta con tanto fragor, que parecía un cañonazo. Acostumbraba llevar a sus alumnos a cantar a coro a la capilla de San Marcos. Pero antes quería que fuesen a un bacaro (3) para beber un trago (hacía algún ritornello) y comer un arenque apenas calentado a la parrilla, porque juraba que los arenques salados limpian y agrandan la voz. Cuando de golpe lanzaba una nota, temblaban los pequeños vitrales de la fonda. 

El otro, que decía resueltamente que no, era un viejito pequeño, delgado, vivaz, limpio, con más de ochenta años, con una aureola de plata en torno a la frente sin arrugas, con las mejillas despejadas y rosáceas y dos ojos en los que se leía su serena bondad. Discípulo de Furlanetto (4), cantaba como tenor; y aún, con los labios apenas cerrados, dejaba salir una vocecita muy dulce y triste, afinadísima y limpia, que parecía descender de las alturas. Desde hacía cincuenta años era maestro de los coros de la capilla. 

El bajo, Luigi Zen, no sabía hacer con el piano otra cosa que algún acorde. Tanteaba las notas una por una y luego, contento al fin de haberlas encontrado, se desahogaba al pegar sobre las teclas; mientras, los alumnos esperaban que el segundo acorde naciese debajo de los largos dedos. Terminaban por cantar sin ningún acompañamiento, salvo los compases de espera marcados por el maestro con los pies y con las manos estrepitosamente, y contados a toda voz. 

Cada tanto se ocupaba del acompañamiento el maestro de los coros, Annibale Chisiola, en su casa, con un instrumento que estaba entre el gravicembalo y la spinetta (5); las blancas manos del viejo iban ágilmente sobre el teclado, mientras los dedos, curvados debajo de las palmas, de ninguna manera parecían moverse. Las escalas, los trinos, los grupetos y los arpegios se sucedían con una precisión, una rapidez y una fluidez admirables. Las más intrincadas fugas de las partituras manuscritas, eran descifradas de improviso. Los cánones, las imitaciones, los movimientos contrarios, asumían una claridad refulgente bajo esos dorsos convexos de las pequeñas manos. 

Si el canto de los alumnos se desplegaba límpido sobre el acompañamiento, que escuchaban por primera vez; si los duetos y tercetos iban adelante sin obstáculos, la cara de Zen brillaba de contento. Chisiola, indulgente, murmuraba: -No está mal. Muy bien. Bravo, hijos. Pero a veces interrumpía para aconsejar, para corregir un error, para hacer repetir un fragmento, y entonces Zen, ofuscado, asumía la defensa del alumno y cantaba la parte en cuestión con su vozarrón portentoso, con lo que el viejo se tapaba las orejas y decía: - Por lo que se escucha, hoy comiste tu arenque salado

El bajo Zen era un conservador rabioso. Por ejemplo, no soportaba las óperas de Verdi: hablaba pestes, en especial de Rigoletto, que por entonces era novedad; hasta que podía, resistía el deseo de los jóvenes de estudiarla. Por esto discutía también con Chisiola, que le había enseñado a cantar hacía casi medio siglo. Una vez, a propósito de un alumno que era un puro barítono verdiano, la cosa había levantado temperatura más que lo habitual. El viejito rosáceo, mirando fijo a su fiero discípulo con una mirada de afectuoso reproche, le dijo: -Debes saber que Verdi es tan valioso como Rossini, Cimarosa o Furlanetto. Y el otro, escandalizado, alzaba los hombros y reía con maldad. –Tú desearías –continuaba el maestro- que el mundo se hubiera detenido en los años de tu juventud, aquellos de los amores y las presunciones; pero debes ver que entre nosotros y la música hay una diferencia: para nosotros hay una sola manera de ser honestos, mientras que la música tiene muchas maneras de ser bella. Envejecemos y somos mortales (yo ya tengo un pie en la tumba), mientras que la música es eterna

Zen bajó la cabeza como un perro apaleado. Luego se fue hasta una ventana, donde un jovencito repasaba con la partitura ante los ojos un allegro que decía: - Amor perchè mi pizzichi, mi pizzichi, mi pizzichi perchè? Y continuaba: -  Amor perchè mi stuzzichi, mi stuzzichi, mi stuzzichi perchè? (6) El bajo comentó al oído del jovencito, creyendo hablar en un susurro: - Es un santo. Daría los últimos años de mi vida para alargar la suya. Pero en música, ¡por favor, es un carbonario! (7).¡Y tú -replicó sonriendo el viejito, que había escuchado todo- eres un sanfedista! (8)

Solamente por una cosa, Zen se hubiese dejado descuartizar antes de ceder: por el método para leer música. Tenía que ser el setticlavio y no otra cosa que el setticlavio. Y si alguno le hacía notar que ahora todos leían con el método común, él, temblando bilioso, tronaba:

–¡No es posible! ¡Serán asnos sin el setticlavio! ¡El setticlavio es el evangelio de la música: la única creencia verdadera!

Cuando alguno le preguntaba qué era el famoso método, él, asumiendo un aire satisfecho y tomando asiento, comenzaba:

–Te lo explico en cuatro palabras, porque la cosa es clara como el sol. Dime, ¿cuál es la tónica en la clave de Do?

–El Do.

–Bien. Y el Mi ¿qué es?

–La tercera.

–¿Y el Si?

–La séptima.

–Ahora escucha, del Do al Mi, ¿qué salto hay?

–Una tercera mayor.

–Entonces, cuando dices Do Mi, dices y cantas una tercera mayor.

–Seguro.

–Cuando cantas Si Do ¿qué intervalo haces?

–De medio tono.

–Entonces cuando dices Si Do como Mi Fa, dices y cantas medio tono.

–Cierto.

–Entonces responde. Si en tu maldito sistema de lectura, que llaman “común”, cantas, por ejemplo, en clave de Re, el Do Mi ¿en qué se convierte?

–En tercera menor.

–¿Y el Mi Fa o el Si Do?

–En un intervalo de tono entero.

–¡Oh! ¿Ves qué miserable, qué infame confusión? Se lee una cosa y se canta otra. No hay más reglas, no se entiende más nada.

–¿Y cómo se arregla?

–En el modo más simple de este mundo. Siempre llama Do a la tónica, siempre Mi a la tercera, siempre Si a la séptima y así con todas las otras notas de la escala en la tonalidad que debas cantar, y el embrollo desaparece, los intervalos corresponden siempre a los mismos nombres de las mismas notas. 

–¿Y las alteraciones?

–Las alteraciones son alteraciones y se ven escritas claramente como excepciones a la regla. Dice el proverbio que las excepciones confirman la regla.

–¿Entonces es necesario aprender a leer en todas la claves?

–Claro, ¿acaso no sabes leer dos? ¿No hay instrumentos que obligan a leer tres? La voz humana ¿es o no el más noble de los instrumentos?

–Es el más noble, sin duda.

–Luego, debe ser el más difícil. Que los vagos se vayan al diablo.

–Disculpe, maestro, pero ¿las modulaciones y los cambios de tono que no están escritos al comienzo de la partitura? 

–¡En el nombre del cielo! Te los encuentras con un poco de paciencia, con un poco de práctica de la armonía. ¡Luego te sentirás sólido, irrompible como el campanario de San Marcos! 

Y el alto viejo, entusiasmado, lanzaba centellas por los ojos y solfeaba con voz atronadora: –¡Do Re, Do Mi, Do Fa, Do Sol, Do La, Do Si, Do Do!

 

 

II

La muchacha que canturreaba en la otra habitación, mientras los dos viejos discutían sobre la música verdiana, Nene, era hija de la hija de una hermana del maestro Chisiola, el cual, sin otro pariente sobre la tierra, concentraba en la dulce criatura, huérfana desde niña, todo el afecto de un padre y de una madre, además del de un abuelo y de una abuela. Y la muchacha siempre lo había llamado abuelo.

Ella jamás faltaba a las funciones cantadas en San Marcos, fueran grandes o pequeñas, ni en los días festivos ni en los días laborales. Acompañaba al abuelo hasta el pie de la escalera que sube a la cantoría, del lado de la sacristía. Después, muy erguida a paso corto y rápido, iba hacia la capilla a la izquierda del altar mayor. Allí se sentaba en un rincón oscuro y recogía el vestido para ocupar el menor lugar posible, con el libro de plegarias abierto sobre las rodillas y con la mirada baja, hasta que el abuelo, después de la misa cantada, la bendición o las vísperas, iba a buscarla con un andar igual al suyo, a paso corto y rápido.

En realidad, desde hacía poco tiempo la muchacha dejó de fijar su mirada exclusivamente en el libro, o en los motivos del piso de mármol y pórfido. La elevaba cada tanto hacia la cantoría, la cual, desde el rincón de la capilla, se podía ver de arriba hacia abajo. Apenas si aparecían cada tanto las cabezas de los cantores de la primera fila, a menudo escondidas detrás de las partituras desplegadas sobre el atril o sostenidas ante los ojos con las dos manos. Del maestro Chisiola, bajo de estatura, no se notaba más que la frente blanca rodeada de cabellos de plata, si bien, cuando no había orquesta, él se colocaba ante el organista sobre el podio del maestro di cappella, y daba las indicaciones con un gran portafolios, con el que marcaba el tiempo fuertemente sobre la baranda de la cantoría. Más aún si cambiaba el tiempo musical, si los cantores se apuraban o si algunos debían entrar. Junto a él y a su izquierda estaba Zen, el primer bajo, que hacía retumbar también en los plenos sus largas notas profundas y vibrantes como pedales de órgano, mientras que la boca se le abría como una caverna debajo de su nariz imponente. 

Entre todas aquellas caras desbarbadas de hombres maduros o de viejos, se destacaba el rostro del joven tenor, al que llamaban Mirate por un gran artista de potentísima voz, que hacía furor en el Teatro della Fenice. Llevaba con arrogancia un par de bigotes negros y tupidos y una larga barba que solo le cubría el mentón, señales de su independencia de la administración eclesiástica y de los canónigos. No llevaba camisola, no iba a las procesiones y no cantaba en las funciones ordinarias. Ya lo buscaban los párrocos de las otras iglesias, hasta se lo disputaban en los templos de tierra firme para las misas solemnes en los días de fiestas patronales. Él mismo había entrado en tratativas secretas con algún agente, para arrojarse al maremágnum del escenario teatral. La razón de tanto misterio, era su compromiso con un usurero al que debía darle la mitad de sus ganancias, hasta saldar con nueve mil svanziche (9) una deuda de tres mil, contraída durante los dos años que había estudiado canto con el maestro Zen, el cual era ayudado por el maestro Chisiola. Los maestros no le habían costado un centavo, pero era necesario vivir sin demasiadas angustias. Ahora, el usurero no se confiaba en dejarlo ir lejos de Venecia, por temor a que se le escapase. 

Hijo de un gondolero y de una lavandera, él también había sido barquero, de los que hacen el trayecto de una orilla a la otra. Cantaba de oído ante los forasteros maravillados que llevaba en su góndola, en especial los ingleses. Y, célebre entre sus colegas, triunfaba en una sociedad de cantores, casi todos orejeros como él. Iban por las noches en un bote adornado con farolitos multicolores, a cantar a coro en el Gran Canal, bajo las ventanas de los principales albergues. Una de las canzonette más recientes decía: Vieni la barca è pronta, vieni l’auretta spira… 

El joven gondolero recibió muchas veces la admiración del soprano de la cappella de San Marcos. Este no se parecía en nada a los redondos sopranos de la Capilla Sixtina o de algunos dramas de Metastasio (10): era miserable, verdoso, raquítico, y logró producir seis hijos feos y débiles que eran su retrato, y por los cuales habría acuñado moneda falsa. ¡Poco faltaba para que lo hiciese: hacía de todo! Había entrado a la cappella como bajo profundo, pero después, cuando se le arruinó la voz, pasó a cantar en falsete cada vez que la partitura pedía un contralto o un soprano: al escucharlo, parecía una mujer. Pero la paga era mala y los hijos, pese a ser medio contrahechos, tenían un hambre de lobos. Se le dio por las antiguallas: compraba cerámicas resquebrajadas, muebles desgastados, tejidos deshilachados, marfiles rotos en los bordes, toda clase de herramientas oxidadas y, si se daba por un mendrugo de pan, cualquier objeto de museo. El local de cambalachero se elevaba poco a poco a la dignidad del fierrero, del puesto de compra-venta, del anticuario. Ahorradas algunas monedas, comenzó a prestarlas sin riesgo a ciertos empleados regio-imperiales, o previo depósito de objetos viejos que a menudo le quedaban por un décimo de su valor. Finalmente se arriesgó con Mirate, porque el usurero era él. 

Aquí, al soprano le falló su acostumbrada prudencia. El jovencito debió haber continuado con su oficio de barquero, de no ser que impedido de llevar el remo toda la jornada, el soprano se empeñó en anticiparle una svanzica al día por un año y medio, mientras no hubiese aprendido a cantar lo suficiente. Después, sobre las primeras ganancias el tenor debía devolverle el triple: entre 1.600 o 2.200 svanziche más. Dados los tiempos inclinados a costosas ceremonias eclesiásticas y teniendo en cuenta la voz maravillosa, dos años, dejando de lado el teatro, debían alcanzar para pagar la deuda, por lo demás respaldada por documentos regulares que ocultaban la usura. 

Durante los primeros meses las cosas marcharon bastante bien. Era la buena temporada: Mirate remaba de noche, estudiaba de día. El soprano se ocupaba de copiar con sus manos la música que aquel necesitaba. Pero pronto el remo comenzó a pesarle al tenor: decía que ese ejercicio le cansaba el pecho, que la respiración se agitaba, que la espiración se hacía corta. El maestro Zen le daba la razón: no más góndola, pero la svanzica no alcanzaba. El padre y la madre del futuro gran hombre, para ayudarlo con alguna que otra moneda, redoblaron su trabajo: aquel en la barca, asumiendo a menudo el servicio de los compañeros, aquella ante el fuentón en el que lavaba también gran parte de la noche. El lavado de la blanquería nueva del hijito, de bella tela fina cocida por la madre incansable, se hacía aparte, siendo objeto de tratamientos especiales con la lavandina, con el jabón y con un modo delicado, se podría decir respetuoso, de torcerla, de enjuagarla y de tenderla. El blanco reluciente de aquellas camisas de largo cuello, con el pecho plisado y con los puños que cubrían la mitad de la mano, nunca parecía lo suficientemente delicado como para rozar la piel del noble retoño, del que la familia esperaba gloria y riqueza. Él se agrandaba día a día y se ponía nervioso. Bastaba una pequeña mancha amarilla de la plancha, o un cuello poco almidonado, para que, blasfemando, arrojase al piso ante su madre dos o tres camisas, que la pobre, con los ojos húmedos y los labios sonrientes, recogía para lavar y planchar nuevamente. 

La piecita que ocupaba junto a las de sus padres, ya no era suficiente para su voz y para su persona. No dejaba de lamentarse por tener que viajar para ir a San Marcos o a lo de su maestro. Entonces encontró una buena habitación en el centro, en Frezzeria, donde con sus gorjeos alteraba a todos los vecinos. De ahí en más fue tres veces por semana al barbero, almorzó en la hostería, cambió de amigos, frecuentó mujeres galantes, se avergonzó de la madre y del padre, que hizo pasar por su planchadora y su lustrabotas, y que a veces visitaba con la esperanza de sacarles algo.

¿Faltaba más? El refuerzo venía del soprano, que, después de haber soltado unos cuantos cientos de svanziche, se sentía más atado a su deudor de lo que el deudor creía estar atado a él. Mirate ya no se dignaba más a ir y pedirle con cualquier excusa: mandaba a decirle que viniese rápido. Las llamadas casi siempre eran a las 10 de la mañana, mientras el tenor todavía estaba en la cama.

- Necesito unas monedas.

- No tengo.

- Isaac, hijo de Abraham, me hacen falta doscientas liras, de lo contrario no puedo levantar un pequeño documento en lo del barbero, que tiene menos alma que tú y me arrojará derecho a la prisión.

- No lo hará, debería pagarte la comida.

- La pagará, es así de puntilloso. Y quiere dar un ejemplo a sus otros deudores morosos, a los que les prestó al cien por ciento.

- Te repito que no lo hará. Y si lo hiciese, ¿a mí qué me importa?

- ¿¡No te importaría, corazón de auténtico soprano!? ¿Desapareció de tu alma todo resto de piedad? ¿Quieres que te cante una melodía en Mi menor para que te apiades? Piensa en la humedad de las cárceles, en el poco espacio, en mi garganta arruinada (porque quizás no me dejarían solfear de la mañana a la noche), en los insectos, en la mala comida y sobre todo en la humillación: en una semana pasaría a mejor vida.

El tenor hablaba con énfasis melodramático, mientras se cambiaba de camisa y se ponía las medias. 

“Al contrario” replicaba el otro con el énfasis de una sonrisa malévola, que en su cara triste se convertía en una mueca lastimosa,  “Al contrario, la continencia forzada te haría un gran bien. Saldrías del calabozo como un canarito, más gordo y más cantor

 

–Jacob, hijo de Isaac, sabes que no me gustan las bromas, sobre todo si salen de una voz tétrica como la tuya. Soy un buen muchacho, no me agotes la paciencia. En el fondo, ¿quién me hace pedirle dinero al factotum della città (11)? Tú, que no me lo quisiste dar y tenía urgencia por comprarme música, pastillas para el pecho, etcétera etcétera. Por lo demás, sabes que mi vida cuesta una miseria, lo más caro es esta pieza pequeña y oscura. A almorzar y a cenar me invitan casi siempre en pago por serenatas, conciertos familiares u orgías de solteros. Las mujeres, para mí, más que una salida son una entrada. La lavandera no me cobra, el sastre confía en mi futura gloria, como confías tú, mi generoso protector.

Hablaba a intervalos mientras se vestía, hasta que, luego de haberse untado con una pomada de almizcle el cabello, el bigote y la barba, se acomodó los puños y la corbata. El anticuario lo seguía con la mirada y se debatía internamente, hasta que finalmente dijo:

–Bien, esta vez también haré un sacrificio. Te daré las doscientas liras.

–Además de la mensualidad, se entiende.

–Además de la mensualidad. Pero, por favor, contrólate en los gastos, no me arruines, si no llevarás sobre tu conciencia el peso de la desventura de un padre de seis hijos. A propósito, ayer pensaba en ti

–Gracias, de corazón. ¿Quiere decir que pensabas en el gran negocio que hiciste conmigo?

–No, pensaba en tu bien: en darte mujer.

–¿Tan rápido?

–¡Ni loco! Dentro de un año, o más, cuando te dediques al arte en serio y tengas una situación segura. Mientras, se podría tirar el anzuelo.

–Entiendo. Lo que te preocupa es que corra peligro en altamar o que me estrelle contra una roca. Prefieres dejarme encallar tranquilamente, como una góndola. Luego, un hombre enamorado come menos, se distrae menos, gasta menos. Y la dote, porque debería existir una dote

–Seguramente.

–La dote te serviría para resarcirte rápido al trescientos por ciento (¡otra que el barbero!) de tus liberales anticipos, sin la molestia de tener que esperar algunos años.

–¡Qué ingrato!

–¿Quién es ella?

–Ahora no te lo quiero decir.

–Dímelo, mi buen y adorado Jacob.

No era otra que la nietita del maestro Chisiola, que había heredado del padre un pequeño capital, que puesto a trabajar por muchos años y agrandado por el abuelo, ascendía a unas treinta mil svanziche, sin contar que el viejo, aún saludable, no tardaría mucho en dejarle más. El tenor declaró que nunca había mirado con atención a aquella “monjita”, aún cuando la vio muchas veces en la iglesia o por la calle mientras acompañaba al abuelo, y también en su casa, pero raramente.  Le parecía una pequeña chupacirios desabrida, pero, en conclusión, tratándose de algo lejano, no dijo ni sí ni no. Lo pensaría y la miraría mejor.

Esta vez los dos se despidieron en paz, si bien Mirate, a pesar de la lectura de novelas y poesías, y a la nueva compañía de personas bastante educadas, conservaba inalterada la naturaleza vulgarmente sarcástica e impertinente del barquero. Pero en el ánimo del otro había crecido un afecto casi paterno, indulgente y ansioso hacia el joven, en quien al principio no había visto otra cosa que la útil víctima del usurero. Tanto, que ahora y en el fondo se complacía de la belleza, de la fuerza, de la audacia, de los vicios de su pupilo musical, idealizando cada cosa, y le parecía imposible que una muchacha no lo aceptase como marido, o que una familia no se sintiese orgullosa de emparentarse con él. 

Transcurrido poco más de un año, Mirate entró en la cappella de San Marcos como suplente del viejo y arruinado tenor. Y una semana después, el soprano había persuadido a Zen de pedir al anciano maestro Chisiola la mano de su nietita para el joven cantor. Se vio cómo el abuelo respondió con una negativa tan resuelta y tajante, que Zen ni siquiera se atrevió a insistir. El rechazo sorprendió y causó dolor en el usurero, cuyo corazón e interés conspiraban por igual. Pero ofendió profundamente en su amor propio de joven conquistador y famoso cantante a Mirate, quien, por primera vez, miró con interés a la modesta muchacha y se juró a sí mismo que el viejo se arrepentiría pronto de aquella negativa. 

 

CONTINUARÁ…

 

 

 

NOTAS

1. Raffaele Mirate (1815-1895). Famoso tenor napolitano, creador del personaje del Duque de Mantua en Rigoletto (Venecia, La Fenice, 11 de marzo de 1851).

2. Gentile Bellini (“Bellino” en el texto, 1429-1507). Pintor veneciano. Además de temática religiosa, retrató a personalidades de su tiempo. 

3. Bacaro: cierto tipo de hostería veneciana, especializada en vinos.

4. Bonaventura Furlanetto (1738-1817). Compositor veneciano, fue maestro de la Cappella Marciana (1808-1811).

5. Antiguos instrumentos de teclado. Gravicembalo es sinónimo de clavicémbalo. 

6. Aria para basso buffo de Valentino Fioravanti. 

7. Carbonario: perteneciente a la Carboneria, sociedad secreta revolucionaria italiana. 

8. Sanfedismo: movimiento contrarrevolucionario italiano. 

9. Svanzica: unidad monetaria veneciana durante la ocupación austríaca, equivalente a 20 centavos. Etimológicamente viene de la palabra en alemán zwanzig: veinte. 

10. Se refiere a los castrati

11. Alusión a la cavatina de Figaro de Il barbiere di Siviglia de Rossini.