Las demandas de la autenticidad

El público entusiasta de la música antigua está acostumbrado a recibir en Buenos Aires, año a año, la visita de grandes figuras de renombre internacional. Uno de los más esperados de la temporada es el clavecinista y director inglés Trevor Pinnock, quien esta vez dirigirá desde el podio (y no desde el teclado) un programa de música instrumental de la segunda mitad del siglo XVIII, del que participa como solista el afamado flautista Emmanuel Pahud (ver entrevista pág. 26).


Pinnock fue uno de los líderes de la interpretación historicista de las dos últimas décadas del siglo pasado. En 1972 creó su orquesta The English Concert, con la que pretendía poner fin a la costumbre de hacer música preclásica con instrumentos “modernos”, promoviendo lecturas del repertorio basadas en fuentes históricas, y trabajando desde la experimentación y la búsqueda, es decir que continuó en la línea de los pioneros del género, que habían desarrollado ideas y postulados estéticos desde las primeras décadas del siglo XX. Junto a sus colegas directores e intérpretes, consiguió que la práctica históricamente informada llegara a ser moneda corriente en sellos discográficos y programación de ciclos, festivales y teatros, lo que impulsó además a la creación de espacios de formación formal e informal (carreras de grado y posgrado y un sin fin de cursos, talleres y laboratorios de práctica musical). Cuando logró todo eso, y sintió que había terminado el recorrido que se propuso, dejó el conjunto que significó uno de los mayores esfuerzos y éxitos de su carrera, aduciendo que necesitaba más tiempo para nuevas experimentaciones solitarias, que le fueron imposibles durante tantos años por la cantidad de semanas que destinaba anualmente a su ensamble. De ahí en más se dedicó, entre otras cosas, a dirigir orquestas y conjuntos, inclusive a aquellos que no son especialistas en música antigua, (entre otras, podemos mencionar a las orquestas de la Gewandhaus de Leipzig, la del Mozarteum de Salzburgo, la Sinfónica Alemana de Berlín, la Orquesta de Cámara de Basilea o la Orquesta de Cámara de Potsdam), es decir que terminó volviendo a colocar en el centro de la escena, lo mismo que se había propuesto erradicar.

 

Es posible que algunos melómanos se sientan “defraudados” ante este cambio, o que sencillamente no lo comprendan. Lo que no puede ignorarse es que las decisiones de Pinnock no son caprichos, sino resultados del proceso estético y vital de su carrera, un inmenso recorrido que comenzó cuando tenía siete años y entró al coro de la Catedral de Canterbury y se fascinó con la música, lo que lo llevó a estudiar piano y órgano, hasta que descubrió el clave. Años más tarde, en 1966, fundó el Gaillard Harpsichord Trio junto al flautista Stephen Preston y el chelista Anthony Pleeth, conjunto que terminó convirtiéndose en The English Concert, la orquesta por la que es más recordado. En principio este conjunto hizo música del siglo XVII y algo de la primera mitad del siguiente, repertorio que fue ampliándose hacia el clasicismo y romanticismo a medida que los intereses de la musicología pusieron foco en el intento de autenticidad en música de esos períodos. En la década de 1990 tuvo importantes actividades artísticas y pedagógicas en los EE. UU. y Canadá, y en esos mismos años se hizo más fluida su colaboración con orquestas “modernas” y ensambles de cámara con los que trabajó como director, buscando asistirlas en sus búsquedas historicistas. De manera paralela desarrolló su carrera de solista virtuoso, grabando y tocando muchísima música de clave, lo que nos dejó destacadas versiones de obras de Rameau, Händel, Bach, Scarlatti y Haydn.

 

 

Fuerzas reconciliadas

Podemos preguntarnos por qué cayó en esa aparente contradicción (intentar erradicar las versiones de música antigua con instrumentos posteriores a su composición, y luego hacer exactamente lo contrario), y la respuesta es bastante más sencilla de lo que parece. En el siglo pasado, aquellos que buscaban reconstruir las técnicas originales de ejecución musical de estilos preclásicos operaban desde la rebeldía, desde la búsqueda de libertad que se oponía a los modelos de trabajo de las orquestas tradicionales. Hurgaban depósitos, repositorios y archivos intentando encontrar materiales novedosos y exclusivos, y trataban de desenmarañar intrigas inmensas sobre la manera de tocar y de cantar, a la luz de tratados y estudios que a veces parecían indescifrables. Por todo esto, eran mal vistos en el ámbito académico, que no entendía por qué intentaban ir más allá de lo conocido, de lo canónico; y tuvieron que hacer mucho esfuerzo para sacarse de encima el halo de amateurismo que parecía rodear siempre su manera de hacer música. Se generó entonces una actitud maniquea entre los antiguos, que se rasgaban las vestiduras si escuchaban música barroca tocada en un piano de cola o un violín con cuerdas metálicas y los modernos, que se reían del sonido latoso del clave, o de la supuesta falta de intensidad de las cuerdas de tripa y del poco vibrato de quienes pretendían cantar “en estilo” (¿en estilo de qué?).

 

Poco a poco, ambas facciones perdieron fuerza, relajándose y dejando de lado los fanatismos, aceptando además la ayuda de nuevos aspectos sociales y tecnológicos que promulgaban más la unión de fuerzas que los antagonismos. Y de pronto algunos sintieron que no era necesario ser revolucionario de la música, ni pretender tener textos musicales exclusivos (porque un día alguien los subió a la web y se volvieron accesibles a cualquiera que los necesitara), mientras que los otros descubrieron que aquellos que hacía algunas décadas eran desprolijos o desafinados para tocar o cantar, habían adquirido niveles técnicos y expresivos asombrosos. Lo más sorprendente fue, para ambos bandos, ver que habían modificado sus conductas gracias a sus supuestos oponentes: los antiguos habían enseñado nuevas libertades a los modernos, y gracias a la competencia y necesidades de la nueva industria del arte, estos últimos se habían visto obligados a mejorar sus estándares de ejecución. No fue Pinnock el que cambió, sino la sociedad completa, y esto lo llevó a replantearse sus hipótesis de trabajo, obedeciendo, como siempre lo hizo, a lo que el espíritu de su tiempo le mandaba.

 

¿Y el resto de los conjuntos de música antigua deberían dejar de lado sus instrumentos e ideas haciendo caminos similares al del clavecinista inglés? Para nada. En nuestro tiempo alcanza con que sean fieles a sus deseos, inquietudes e indagaciones, porque la tan deseada autenticidad musical es, finalmente, una manifestación de la autenticidad del artista.

 

 

Kammerakademie Potsdam

Director: Trevor Pinnock

Solista: Emmanuel Pahud (flauta)

Teatro Colón, lunes 12 y miércoles 14 de junio a las 20

Mozarteum Argentino

 HYPERLINK "http://www.mozarteumargentino.org" www.mozarteumargentino.org 

 

Joseph Haydn: Sinfonía n° 47 en Sol mayor Hob. 1:47

Wolfgang A. Mozart: Concierto para flauta y orquesta en Re mayor K. 314

François Devienne: Concierto para flauta y orquesta n° 7 en Mi menor

 

Wolfgang A. Mozart: Sinfonía n° 29 en La mayor K. 201