Temas atrapados por el rabo

12° entrega - 1980: ATENTADO EN LA ÓPERA


En el Nacional n° 5 “Héroes de Curupaytí” de la calle Paraguay y Ecuador, para 1980 ya no se podía jugar ni un partido de básquet. Gracias a ese deporte se destacó Galuppi, un estudiante de aquel secundario de varones que ya no parecía tener incentivos.  O sí, como buscar cada tanto al viejo de sobretodo gris, que a la salida vendía revistas dinamarquesas y suecas a precios que no eran exactamente una bicoca. Pero no solo él acosaba al sujeto para comprarle una mercadería que pasaba de mano en mano y que por sus dimensiones (bastante menores a las de las revistas habituales) podían esconderse con facilidad entre la ropa o dentro de las carpetas, si algún preceptor sorprendía a los infractores en un rincón durante los recreos. La operación de ocultamiento y disimulo solía ser exitosa, salvo la mañana en la que irrumpió el preceptor García del Puente. Al contrario de otros colegas suyos, que confiscaban el material sin decir palabra y no pasaba nada, lo arrancó de las manos de Galuppi, que para ese momento se había quedado solo, abandonado por los compañeros que segundos atrás lo rodearon para luego desaparecer.

A minutos del incidente, Galuppi estaba en el despacho de la dirección custodiado por su preceptor, para ser puesto a consideración del interventor Dagostino. El despacho tenía las paredes cubiertas por una oscura boiserie, que despedía el aura de los organizadores de la república. En una pared lateral, un cuadro mostraba a un antiguo general ecuestre ante sus hombres; en una leyenda grabada sobre el paspartú se leía “El general Mitre pasa revista a las invencibles huestes de Cepeda”. En la pared opuesta, otro cuadro exhibía una escuadra que cañoneaba a un enemigo invisible, con la inscripción “La bravía armada imperial al mando del Marqués de Tamandaré ataca la fortaleza de Curupaytí”. En un rincón, una bandera arrugada y salpicada de un barro antiguo descansaba dentro de una vitrina ochavada, y a lo largo de los estantes de una biblioteca, se repartían hileras de volúmenes con lomos ilegibles y encuadernados en cuero. Sobre un escritorio de caoba algunos papeles apilados soportaban el peso de un marinero de bronce; y de pie, el interventor Dagostino fijaba su mirada en Galuppi. 

Más serio que nunca y con los músculos de su rostro en visible tensión, García del Puente se adelantó para alcanzarle a su superior la revista sueca o dinamarquesa, luego de sacarla del interior de una canopla de cuerina que imitaba piel de cocodrilo. 

El interventor Dagostino, de quien se omitió decir que era hermano de un almirante, no le prestó demasiada atención a la revista, que apenas hojeó para luego arrojar a un cesto de alambre tejido. Se apartó de Galuppi para sentarse detrás de su escritorio, miró a García del Puente y levantó las cejas.

-Señor, el alumno exhibía a sus compañeros ese material durante el recreo. Como lo tenía entre las manos es fácil deducir que él mismo lo introdujo.

-No puede negarlo… -Dijo Dagostino.

-No… -balbució Galuppi.

-A usted nadie le dijo que abra la boca. ¿Y qué haremos, señor preceptor?

-Un parte de 10 amonestaciones, que sumadas a otras 10 que ya tiene, por no permanecer de pie una mañana de lluvia en la que no se salió al patio mientras se izaba la bandera, da un total de 20.

-Muy bien. 20 amonestaciones. Va a tener que cuidarse, porque 5 más y será expulsado. ¿Qué tiene para decir, alumno…?

-Galuppi.

-Alumno Galuppi: hable.

Galuppi no decía nada. Contorsionaba los dedos de sus manos, miraba al techo, a Mitre con sus charreteras descomunales, a la cañonera de Tamandaré, al marinero de bronce. García del Puente no hacía más que asentir con la cabeza cada una de las palabras de Dagostino; era tan alcahuete que daba mucha más bronca que el interventor y el único deseo de Galuppi, era que la escena terminase de una vez y abandonar el despacho.

-No habla. Así suelen ser ustedes, no hablan. ¿Verdad, bedel? -García del Puente volvió a asentir-. No me extraña que introduzca en el colegio esta clase de material, si hace algunas semanas no le importó quedarse de pie mientras se izaba la bandera. Así se empieza: la indiferencia ante los símbolos patrios, luego el tráfico de cierto material que podrá parecer inofensivo, pero que por su naturaleza está en el ABC del ataque a la sociedad en su integridad moral y física. Hoy son esas revistas holandesas, mañana pueden ser publicaciones de otro tipo, de tendencia más oscura y más perniciosas. ¿Usted sabe que en Holanda a los jóvenes se les permite drogarse en plena calle? ¿Se anotició de que mujeres como las de su revista se muestran así, en vidrieras y en plena vía pública?

-No, no sabía -mintió Galuppi, mientras la reprimenda del interventor alimentaba su imaginación.

-Usted es presa muy fácil para caer bajo el influjo de la sinarquía internacional, que ataca a los países para minar sus valores e introducir el marxismo ateo y subversivo. ¡Porque a esas revistas de porquería, alguien tiene que tomarse el trabajo de introducirlas y vendérselas a los jóvenes, como la droga! ¡Como las ideas más ajenas al estilo de vida argentino, que tanto prendieron en alumnos que pasaron por este colegio antes que usted!

Galuppi miró a través de la ventana que daba al exterior, cuando lo sorprendió una tentación de reírse que apenas contuvo al morderse el interior de la boca con los premolares. No sabía qué era la sinarquía internacional, pero sí lo que quería decirle el interventor. Todo conspiraba para arrancarle una carcajada fatal: el pelo a la media americana de García del Puente y su ridícula canopla imitación cocodrilo, los enormes gemelos en los puños de la camisa de Dagostino, el marinero de bronce, la solemnidad de los alcahuetes.

-¿Sabe qué clase de consecuencia pueden tener sus actos, además de las amonestaciones?

-Sí señor, no lo haré más –al decir esto, no supo cómo logró contener la risa.

-García del Puente: es ardua la tarea de velar por los valores que la subversión insiste en destruir en la juventud. Es la dura carga del buen argentino. Cuando la severidad es aplicada a su debido tiempo, no hay de qué lamentarse: nada de 10 amonestaciones, ¡que sean 14!

A Galuppi le cambió la cara y Dagostino le provocó más odio que el celador. A la orden de “salga”, fue el primero en abandonar el  despacho.

 

*

 

Tenía que cuidarse mucho. Una amonestación es fácil de conseguir (“¿cómo hacen aquellos que jamás reciben un parte de amonestaciones y tienen asistencia perfecta?”) y aunque sus padres fuesen cómodamente comprensivos y estuviesen enfrascados en su propio mundo, no estaba entre sus planes ser expulsado del colegio. 

Coraje para hacer algunas cosas no le faltaba y la rabia que le desató Dagostino provocaba en él una sensación curiosa, que persistía a través de los días. Le era imperioso desquitarse y entre algunas vacilaciones, se desafió a sí mismo a poner en práctica largas fantasías. Si podía comprarse revistas como la que le incautaron, conseguir un bidón de plástico lleno de nafta, un pedazo de trapo y una caja de fósforos debía ser bastante más fácil. El horario de salida del colegio era a las 12.15 y Dagostino terminaba no antes de las 16. Estacionaba su auto a la vuelta, sobre Jean Jaures, y esto le daba a Galuppi el tiempo suficiente para ir a su casa, almorzar, cambiarse y poner en práctica su plan. 

Después de las 14 por la calle Jean Jaures no pasaba un alma y según la rutina, a mitad de cuadra permanecía estacionado el Peugeot 504 del interventor. Fue muy fácil combar el bidón lleno de nafta con la boca hacia arriba para colocarlo debajo del auto, encender la mecha de trapo y cruzar sin ser visto hacia la plaza Monseñor D’Andrea. Desde allí observó el incendio que rápidamente se apoderó de su objeto, cuando un portero apareció con un matafuego que por la rapidez de las llamas resultaba inútil. Esta acción podría haber sido fatal: el portero se salvó por poco de la explosión, que bajo la forma de un ígneo hongo anaranjado se elevó y también se apoderó de las ramas de un árbol. Aparecieron algunos vecinos que comenzaron a gritar “¡Una bomba, una bomba!” y luego los bomberos con su escándalo de sirenas, mangueras y corte de calle. Inmediatamente cayó la policía. Con una sonrisa, Galuppi caminó hacia la avenida Córdoba antes de que llegara Dagostino.

Desde Córdoba tomó Pueyrredón rumbo hacia el bajo, con una excitación que contrastaba con los habituales sopor y aburrimiento que a diario lo abordaban a esa hora. Caminó. Revolvió las bateas de algunas disquerías, en un quiosco compró un atado de cigarrillos, no dejaba de sentir sorpresa por lo que acababa de hacer e imaginaba al interventor Dagostino putear y correr, como un juguete a cuerda alrededor del auto en llamas. Al llegar a Las Heras vio a un tipo sentado junto a una mesa del Bar Blasón, que hojeaba una de esas revistas del hipódromo mientras conversaba a los gritos con un florista. Pensaba que su vida estaba reservada para cosas de mayor peso que las de tipos como esos, a quienes no era necesario sacarles ninguna palabra para comprobar lo mediocre de su existencia, y mientras pasaba de un pensamiento a otro se encontró a sí mismo sentado sobre un banco de Plaza Francia. Recordó que en una de las bateas de las disquerías que había visitado, encontró unos LPs de Heifetz, de Arrau y de Karajan. De a poco le gustaba la música clásica -quizás lo único entre lo asimilado en su hogar que le despertaba interés- y tuvo una ocurrencia: sacar el abono para estudiantes secundarios del Teatro Colón. Después de la que se había mandado iba a ser muy necesario disimular: ¿quién podía sospechar de alguien que va al Colón? ¿Se podía concebir algo más legal? Su ego aumentó, porque además de un gran conspirador se sintió un genio del disimulo y el camuflaje. Iba a cobrar la apariencia de un correcto “joven argentino” para no ser descubierto y vaya a saber qué cosas llegarían a su vida en un futuro cercano. Pero el ego se le pinchó cuando una señal de alerta se encendió en su mente: disimular y camuflarse era una manera de reprimirse y ¿no sería, en realidad, una victoria de tipos como García del Puente y Dagostino, sin ir más arriba, que con sus métodos habían logrado que él mismo se convirtiera en su propio represor? ¿No estaría, al fin y al cabo, trabajando para ellos? Encendió un cigarrillo y se le disipó la duda: su idea no significaba una claudicación sino un inteligente recurso para engañar. Y además, la música clásica le gustaba. 

Dos horas atrás, mientras llevaba a cabo su operación no se había percatado de algo: semiescondido detrás de un árbol, el viejo de sobretodo gris de las revistas pudo ver todo. En una libretita se la pasó anotando los movimientos, paso a paso, hasta que luego de la explosión decidió esfumarse. Y ahora estaba agazapado detrás de otro árbol, pero de Plaza Francia. 

 

-¿Qué cuenta, muchacho? –le preguntó mientras se acercaba por detrás, sonriente como cualquier viejo que anda por la plaza un día soleado.

-¿Qué? ¿Qué hace por acá? Hola…

-Disfrutando del sol, de los árboles, de los gorriones…

-Qué casualidad, hacemos lo mismo. ¿Sabe que me quitaron la última revista que le compré? Catorce amonestaciones me costó.

-Ay ay ay. Eso no es ningún problema –le dijo y luego metió su mano en el interior de un bolso de cuerina del que sacó una revista-. Tenga, tenga…

-Pero me quedé sin un mango.

-Olvídese, gentileza de la casa… ¿Siempre es tan irascible?

-¿Cómo?

-No se sorprenda, tampoco se preocupe –le dijo con un guiño de ojo-. Lo vi todo y está ante un amigo.

-¿Qué vio?

-Que sabe qué hacer con un fósforo y un bidón de nafta. Ahora lo dejó a pata al rector de su colegio, usted es un pillo. 

Tras un instante en el que no sabía qué decir ni qué hacer, más que mirar al viejo con desconfianza, la única palabra que se le ocurrió pronunciar a Galuppi fue:

-Gracias.

-¿Por qué?

-Por la revista.

-Ah, tenga, métala acá adentro así no se le ve –le dijo al alcanzarle el pliego de un diario-. Y no se haga echar del colegio, que es el único lugar donde puedo buscarlo. Quiero que conozca a alguien.

-¿Alguna de las chicas de sus revistas?

-“Chicas de mis revistas”, pero no sea… Usted está para otras cosas. Cosas un poco más grandes…

 

Demasiado para un mismo día: en pocos segundos se le cruzaron por la mente varias cosas, de toda clase y tamaño. Una de ellas fue la posibilidad de que el viejo fuera un policía camuflado, o un simple informante, pero la duda se disipó para dar lugar a una confianza paulatina: si hubiese sido como en un principio creyó, a esas alturas estaría a bordo de un patrullero, rumbo a una comisaría o un cuartel. No había porqué desconfiar del viejo, pero la curiosidad y la sorpresa por el hecho de que tuviera intenciones de presentarle a alguien, eran inevitables: quién sería ese alguien, por qué y para qué.

“Lo veo el miércoles” fue lo último que le dijo antes de abandonar la plaza. Él permaneció en el mismo banco sin dejar de pensar, más que nada en la grandeza, que puede irrumpir súbitamente y ante los demás como la explosión del auto de Dagostino, luego de un trabajo íntimo y silencioso para llevarlo a uno hacia lo más alto de sí mismo y dejarle exprimir al máximo las potencialidades postergadas. Tenía el convencimiento de que todos tenemos esta posibilidad, pero la mayoría, adormecida por la mediocridad, no se da cuenta. Pensaba en el caso de Beethoven, a quien veía como uno de los mejores ejemplos de su visión de la grandeza y se identificaba con la Obertura Leonora III: la mejor descripción musical de sus sentimientos y necesidades. Esta pieza se toca durante las representaciones de la ópera Fidelio, la que a su vez estaba incluida en el abono para estudiantes. Había que comprarlo lo más rápido posible. Y buscar al viejo el miércoles a la salida.

 

*

 

Hablaba a lo compadrito como los porteños de las películas viejas y se hacía llamar Pucho Bandoneón; era su “nombre de batalla” y nadie conocía el verdadero. El viejo de sobretodo gris se lo presentó en una pizzería del Abasto y ahora estaban los tres en el interior de una pieza rasposa, iluminada por una lamparita de 40 que colgaba de un cable de trapo mugriento. Dónde quedaba ese lugar, también era imposible de saber (como no cabía dentro del baúl del auto que lo llevó hasta allí, lo hicieron acurrucar y echarse contra el piso de la parte de atrás, con la cabeza envuelta por una bolsa de arpillera que le quitaron luego de conducirlo del brazo y sentarlo en el medio de la pieza).

El lugar era deprimente y en la pared se leía la inscripción “¡Perón o muerte!”, acompañada por una estrella roja de ocho puntas sobre dos tacuaras cruzadas. Esto era lo que veía Galuppi, ahora con un lado de la cara aplastado contra una mesa, mientras Pucho Bandoneón le apretaba la nuca con una mano que parecía una pinza, y con la otra lo trababa de las muñecas. En un rincón y concentrado en una revista Joker, el viejo de sobretodo gris era indiferente a todo mientras resolvía un crucigrama al ritmo del movimiento de sus labios. Pucho Bandoneón apretó con fuerza.

-¡Eh! ¡¿Te creés que no duele?!

-Mocoso maleducado, vos no sabés lo que es el dolor. ¡Mocoso de Recoleta, engrupido, cagón y buchón!

-¡¿Estás en Pedo?! ¡Vos, viejo! ¡¿Qué le estuviste diciendo?!

-Al Búho no le metas en esto, que es entre vos y yo. Además es un simple colaborador, que como anda medio gagá algunas cosas se le pasan de largo –le dijo a Galuppi. El Búho era el nombre de batalla del viejo de sobretodo gris; en esta línea y en cualquier momento podían aparecer el Boxitracio o la Bruja Cachavacha: mientras no llegara el Comisario y a él no lo bautizaran “Hijitus”, todo estaba bastante bien.- ¿Cómo vas a convencerme de que no sos un doble agente, que te hiciste el malo y engañaste a este viejo gil para llegar a la orga y botonearme?

-¡¿De dónde sacaste eso?!

 

Apretó con más fuerza las muñecas y la nuca de Galuppi. Lo hizo gritar. Los dedos del tipo eran espantosos y en medio de la situación, la víctima pensó que en vez de visitar a una manicura que le hiciera las manos, el victimario cada tanto solicitaría ese servicio en una ferretería. En medio del dolor se empezó a reír. 

 

-¿Te reís? ¡Ya vas a ver lo que es bueno!

 

Lo sarandeó como si fuera un pelele, lo sentó sobre una silla, le dio un par de bifes para que se quedara quieto, le ató las muñecas y los tobillos a las patas de madera y dijo:

 

-Che Búho, agarrá el cuchillo eléctrico que está ahí, en la repisa. Ponele el alargador, enchufalo y traémelo.

-Como usted mande.

Mientras el Búho cumplía con la orden, Pucho Bandoneón le soltó el cinturón a Galuppi y le bajo todo de un tirón. Cuando el viejo le depositó el cuchillo eléctrico en la diestra, el chico comenzó a gritar. 

-¿Vas a decirme o no?

-¡¿Pero qué querés que te diga?!

-¡Para qué estás acá!

-¡Pero si vos sabés! ¡¿cómo podés, cómo podés?!

Pucho Bandoneón acerco la hoja del cuchillo a Galuppi, que gritaba con una desesperación jamás experimentada. Luego apretó el botón de encendido, pero no pasó nada. Intentó nuevamente y tampoco.

-¡Pero, carajo! Este cuchillo siempre se descompone. Che, Búho, ¿no te había dicho que lo llevaras a arreglar? 

-Y sí, me dijeron que lo habían dejado fenómeno…

-Y no se te ocurrió probarlo, ¡qué te tiró!

Los dos se miraron y comenzaron a reírse. El Búho desató los tobillos y las muñecas de Galuppi mientras el otro le explicaba: “No te lo vayas a tomar a mal, acá tenemos que cerciorarnos de que todo esté en orden, son tiempos difíciles”. Galuppi se subió los pantalones y jamás había sentido semejante alivio. Le sirvieron un café con un chorro de Tres Plumas y aguardaron unos minutos antes de iniciar la conversación; que solo se mantuvo con el comandante (tal el grado de Pucho Bandoneón), porque el viejo decidió regresar a los laberintos de la revista Joker. 

 

-Así que además de saber incendiar coches, sos buen jugador de básquet.

-Sí, hace un año que no juego, pero sí, lo que se aprende queda.

-Y siempre le acertás al aro.

-Sí.

-¿Acertarías también en la penumbra? 

Galuppi se sorprendió.

-Qué sé yo. ¿En la penumbra? … Tengo buena vista, así que no debería ser muy difícil. ¿Van a organizar un partido en algún lugar que no tiene luz y me llamaron para eso?

-No, no exactamente… También vas al Colón, ¿no es cierto?

-Sí, compré el abono para estudiantes.

-¡Qué bacán! –dijo Pucho Bandoneón.- La semana que viene van a dar una ópera que se llama Fidelius, ¿o me equivoco?

-Fidelio. Es la única ópera que escribió Beethoven. Y viene con el abono, así que pienso ir.

-¡Gracias pibe, me ayudaste a terminar el crucigrama! –exclamó el Búho con una felicidad sin disimulo-. ¿Quién puede saber estas cosas, si no un bocho como vos?

Pucho Bandoneón lo trituró con la mirada y lo hizo callar. Retomó la conversación:

-Por si no lo sabés, y no te veo cara de lector de diarios, en pocos días llegará al país el presidente de la empresa yanqui Tulsaco. Sabemos por las mejores fuentes que al gringo le gusta la ópera como a vos y para no quedar mal, Videla lo llevará al Colón a ver esa ópera el día…

-¡El día del abono para estudiantes!

-Sí señor, el día que usted deberá ir al Colón y que le encargaremos un trabajito.

-¿Un trabajito? ¿El yanqui ese va a organizar un partido de básquet en el Colón y tendré que ir a jugar? … Está bien, era un chiste. ¿Y qué trabajito?

-El mismo día de la función, como si nada, te vas a encontrar con un par de compañeros en el bar de al lado del cine Metro, en Cerrito al 500. Una hora antes del comienzo. 

-¿Qué compañeros? 

-No te preocupes que ellos son los que te van a buscar, además ya te conocen. Van a ser dos tipos jóvenes, no mucho mayores que vos, de saco y corbata y con el pelo bien corto: andan con pinta de careta a propósito. Ellos van a explicarte lo que vas a hacer. ¿Algo que decir? Mirá que no podés echarte atrás, te enteraste de cosas que sabemos nada más que los que estamos adentro: la orga no es joda. 

 

Galuppi no tuvo nada para decir, salvo que estaba de acuerdo con todo; en realidad ignoraba muchísimo: de algunas cosas se enteraría, de otras no. Quizás estuviera de acuerdo con todo, porque la tarea específica que le encargaría la orga aún le era desconocida. De todas maneras, como había dicho Pucho Bandoneón, ya no había vuelta atrás. Y al fin y al cabo, no era más que el precio a pagar por emprender el camino hacia una grandeza que no tenía por qué ser imposible. Finalmente, el comandante le dijo: 

-Te imaginarás que acá adentro no podés usar tu nombre verdadero. De ahora en adelante te vas a llamar… A ver… “Gold Silver” es demasiado cipayo, además creo que ya está asignado… Mmmmm… ¡Te vas a llamar “Tío Antifaz”!

Galuppi miró hacia el techo y suspiró hondo. El comandante le hizo una seña para que abandonara el lugar y por la puerta principal salió a un pasillo largo que lo condujo a la calle. Había estado en un departamento de Parque Lezama. 

 

*

 

Llegó el día y Galuppi entró al estrecho bar de Cerrito al 500 a las 20 en punto. De milagro dio con una mesa libre y le ordenó al mozo un cortado; pero nada para comer: tenía un nudo en el estómago. Apenas se sentó, apareció un par de tipos en la puerta. Tendrían algunos años más que él y por la pinta parecían de quinto año del Champagnat: blazers azules con botones dorados y los escuditos con un león rampante en los bolsillos del pecho, pantalones grises, mocasines negros, corbatas escocesas y pelo muy corto. Se le aproximaron con decisión y uno le dijo: “Tío Antifaz”. Se sentaron en la misma mesa.

-Yo soy Oaky, él Hijitus.

 

Galuppi tuvo que contener la risa. 

 

-Agarrá esto que te paso por debajo de la mesa -le dijo Oaky-, disimulá.

Galuppi recibió una bolsa de nylon de supermercado, que abrió al colocar entre sus piernas y no resistió mirar su contenido: un atado de cuatro cartuchos de dinamita con una larga mecha, en los que se leía “Arsenal ARA Guardiamarina Pedernera”. 

-¿Y esto?

-Te dije que disimules…

-“¿Arsenal ARA…?”

-Sí, la confiscamos durante un golpe de comando a la Marina. 

 

Los tres se colocaron súbitamente en posturas derechas, cuando el mozo le sirvió el cortado a Galuppi. Los otros dos ordenaron lo mismo. 

-El objetivo de tu misión -le explicó Oaky- es que una vez comenzada la función de la ópera enciendas lo que tenés ahí. ¿Trajiste fuego?

-Sí –respondió Galuppi, con los ojos que se le salían de lugar.

-Bien. Como estás en fila 8 de platea, sobre el pasillo central…

-¿Saben hasta mi ubicación?

-Cállese y escuche -dijo Hijitus perturbado-, ¿qué se piensa, que no sabemos hacer inteligencia?

-Está bien -dijo Oaky, tratando de que los ánimos no se caldearan-, está bien, sigamos que hay poco tiempo. Encendés la mecha, vas corriendo por el pasillo hacia la salida y con tu puntería de jugador de básquet arrojás la dinamita al palco de autoridades, el central que está justo por arriba de la puerta principal, donde van  a estar…

-Videla con el presidente de Tulsaco.

-Sí –le dijeron al unísono Oaky e Hijitus.

-Les pregunto… ¿No había nadie más que…?

-¿Otro estudiante con abono en el Colón, con puntería infalible de basquetbolista, que le hace volar el coche al rector y que está dispuesto a más? No, no había –le respondió Oaky.

-Está, pero ¿cómo es que voy a pasar al Colón con esto, así nomás?

-Y vos que sos habitué, ¿alguna vez viste que en la entrada al Colón requisaran al público? Además tenemos amigos adentro, no vas a tener problema.

-Si es así, ¿qué hago después?

-Ni bien tirás la dinamita corrés lo más fuerte que puedas: pensá que va a explotar rápido y que mucho tiempo no vas a tener. Te venís corriendo por la calle Tucumán hasta el pasaje Dellepiane, un poco antes de llegar a Rodríguez Peña. Te estaremos esperando con un pasaporte falso para sacarte del país.

Galuppi hizo silencio por un instante mientras su respiración fue en aumento. De jugar al básquet y prenderle fuego al auto de Dagostino, a matar a Videla y su séquito la distancia era enorme. Pero no veía porqué no hacerlo, si estaba convencido de que Videla era mucho peor que el interventor del colegio, que a su vez no era más que un subordinado suyo de último grado. ¿Por qué no? ¿Qué se lo impedía? ¿No deseaba ser el protagonista de actos grandiosos como este? Oaky le dijo:

-No nos preguntaste cuál es la razón de tu misión…

-No, no… 

-La razón de matar al presidente es la toma inmediata del poder; internamente tenemos tantos aliados que ni te imaginás. Y una vez en el poder, hacer la revolución socialista que Perón no pudo…

-Que Perón no quiso –interrumpió Hijitus-. Perón podría haberla hecho, pero nunca la hizo y los cagó a todos: por un rato les hizo creer que se había hecho zurdo.

-Pero qué decís, si lo tenían cercado y después se murió.

-Perón los cagó, los puteó y los echó a la mierda, y hablo en segunda persona porque no soy peronista, ni lo fui ni lo seré. Era un viejo facho y populista que les enroscaba la víbora a ustedes para…

-¡Pará carajo! ¿No ves que estamos ante un subordinado? ¡Qué pelotudo! Vámonos ya. ¿Comprendido, Tío Antifaz? 

-Sí, nos encontramos en el pasaje Dellepiane, llegaré por Tucumán.

-Nos vemos compañero: “Perón o muerte”… -le dijo Oaky en voz baja mientras salía de allí con Hijitus, que refunfuñaba.

El mozo apareció con los dos cortados  y ya era tarde para suspender la orden; Galuppi tuvo que pagar la cuenta por los tres.

-¡Perón, qué me van a hablar de Perón! -dijo el mozo-. ¡Llegué escapándome de Franco y aquí me encontré con ese fachista! ¡Y ahora estos generales bigotudos! 

 

*

 

Al doblar en la esquina de Tucumán y Libertad, un súbito despliegue de automóviles Falcon, carros de la guardia de infantería y soldados en ropas de combate, más el cordón policial que le impidió seguir el paso, dieron a Galuppi la señal de que el presidente y su comitiva arribaban al Colón. Por encima de la gente lo vio bajar de un Rambler Ambassador color negro, y en compañía de otras personas enfilar por la escalinata de acceso, a su vez flanqueada por la escolta de granaderos. Una vez que entró se rompió el cordón, los granaderos se subieron a un colectivo verde que permaneció estacionado sobre Libertad y la gente pudo continuar con su acceso al teatro.

Después de atravesar el foyer y ascender por la escalinata de mármol, Galuppi presentó su entrada al control y sin dejar el sobretodo en el guardarropas -lo necesitaba para disimular el bulto- pasó a la platea. Al llegar a su ubicación, antes de tomar asiento miró hacia el palco de autoridades, que aún permanecía desierto. Es que la comitiva oficial brindaba un pequeño cóctel previo al inicio de la función, en el salón de los bustos. 

Una larga mesa montada sobre caballetes y cubierta por un mantel blanco, justo por debajo del busto de Beethoven que se elevaba sobre el dintel de una puerta a algunos metros del piso, esperaba repleta de bandejas con sandwichitos de miga, canapés incrustados por banderitas argentinas y estadounidenses, salchichitas humeantes y copas de champagne. Los mozos permanecían detrás de aquella mesa, serios y erguidos como soldados, y Videla, acompañado por su edecán el Capitán Landa, otros militares y miembros de la custodia, era saludado por diversas personas. A un costado, el presidente de Tulsaco conversaba con el embajador de los Estados Unidos y con empresarios argentinos. Por un pedido del jefe de ceremonial de presidencia se acercó a Videla y mientras se estrechaban las diestras, les caía una lluvia de flashes y aplausos. Luego alzaron las copas y ante las preguntas de un reducido e inocuo grupo de periodistas, el presidente negó tensiones con el gobierno de Jimmy Carter y brindó por las relaciones entre los Estados Unidos y la Argentina, dos países comprometidos en la lucha por la libertad y por los valores occidentales. Repentinamente Videla se quedó mudo de asombro -actitud secundada por los demás- cuando vio aparecer a un individuo alto, corpulento, rubio y barbudo, entrado en quilos y vestido con una chaqueta bordada y con botones de hueso, y unos pantalones cortos de cuero. Traía algo entre sus manos y un funcionario del Teatro Colón se adelantó, para decir que un miembro del elenco de Fidelio deseaba entregarle un presente al General Videla. Era el bajo Karl Ridderbusch, intérprete del personaje del carcelero Rocco, que en un alemán que nadie comprendió entregó a su homenajeado algo que se notaba que era un cuchillo en su vaina. También resultaba claro que era de la Segunda Guerra Mundial. Videla agradeció con inclinaciones de cabeza y lo desenvainó. El Capitán Landa y los demás militares se asomaron por encima de sus hombros, para mirar la hoja del acero más reluciente en la que se leía una leyenda incomprensible: Ein Volk, ein Reich, ein Messer. 

Videla le agradeció a Ridderbusch una vez más, se estrecharon las manos, siguieron más fotos y aplausos y el edecán recibió el presente, para guardarlo mientras su jefe continuaba con las obligaciones protocolares. El bajo les dio la espalda y marchó rumbo a su camarín, pero antes interceptó a un mozo que con su bandeja se le cruzó por el camino: metió su mano dentro de una fuente con salchichitas calientes, tomó cuantas pudo y las comió en un par de bocados, mientras se perdía en medio de la suntuosidad del salón de los bustos. 

 

*

 

Algo que no trascendió fue que 48 horas antes de que se estrenara aquella producción de Fidelio, varios miembros de los servicios presenciaron el ensayo general. Las similitudes entre la trama, que transcurre dentro de una cárcel, y la realidad argentina de aquella época, parecían ser bastante impermeables a la sensibilidad de los habitués del Teatro Colón. En cambio, se desconcertaron por el hecho de que la versión estuviese ambientada en pleno siglo XX (si hoy esta clase de cosas sigue siendo objeto de polémica, no es difícil imaginar cómo habrá sido hace 36 años). Resultado de la presencia de los servicios durante el ensayo general, si bien el ámbito del Colón, al menos hasta ese preciso momento, no era visto como una amenaza, algunas cosas no iban a ser toleradas: se ordenó que los carceleros fuesen despojados de sus cascos y ametralladoras (si al Capitán Piluso le habían prohibido el uso de rango, revólver y gomera, ¿por qué se iban a salvar los figurantes de Fidelio?). Y la palabra “libertad”, que se leía en la escena final en varios idiomas, solo se permitió que apareciese en (¿inaccesible?) alemán: Freiheit. De esto nunca se olvidó el régisseur Ernst Poettgen (poéjen, como se le decía por aquí), más con los sucesos que tuvieron como marco la noche del abono para estudiantes secundarios.

El inicio de la función se retrasaba y nadie se atrevió a manifestar su impaciencia. Galuppi se daba vuelta a cada rato con un disimulo imposible, para ver si Videla había llegado a su palco. Un viejo gordo y con cara de sapo se le sentó al lado, luego de hacerlo levantarse para pasar.

 

-¿Es la primera vez que nos vemos? –Le preguntó.

-No sé, me parece que sí –le respondió Galuppi.

-Ya no sé cuántos Fidelios vi en mi vida… ¿Y usted, joven?

-No, ninguna -le dijo Galuppi con un nerviosismo que le costaba ocultar-. Es la primera vez que vengo a ver Fidelio, pero conozco la Obertura Leonora III

-Muy bien. Y le gusta el Colón –prosiguió el viejo con cara de sapo, con unas ganas de sociabilizar que amenazaban ir más allá de comenzada la música-. A mí siempre me invitan, soy amigo del intendente Cacciatore. 

-Sí, sí –le respondió con algo de fastidio, mientras otra vez se daba vuelta para ver si Videla había llegado de una vez por todas.

-Si un día no conseguís entradas, podés, perdón, “puede”... Ah, mira si llega el presidente…

Apenas el sapo dijo esto, un aplauso estalló en el interior del teatro: Videla saludaba con la diestra mientras se acomodaba en su sillón, en el centro del palco de autoridades. Eran casi las 21.30. Las luces se apagaron y en el foso apareció el maestro Hans Wallat, que saludó desde el podio mientras se producían nuevos aplausos. Finalmente sonaron los primeros acordes de la obertura de Fidelio

-¿No tiene calor con ese sobretodo? –le preguntó el sapo a Galuppi, que no respondió-. Vea que si tiene algo que hacer –continuó, pero muy bajo y casi al oído- es mejor que lo haga ya… Algunas personas importantes suelen irse antes de terminar el primer acto…

 

Galuppi sintió algo parecido a un martillazo helado en el interior de su cerebro. A partir de ese momento, los nervios desaparecieron y se dejó llevar por una especie de deriva, sujeta a un rumbo perfectamente calculado. Con cautela para que el material de la bolsa no produjese ruido, sacó la dinamita. El sapo le hizo una seña con el pulgar levantado y salió tan rápido, que casi se le cae encima. Él se alzó de su butaca, caminó un par de metros por el pasillo central hacia la puerta principal y se detuvo. Sacó el encendedor, lo prendió y acercó la llama a la mecha, en medio de un intento por ocultar la operación bajo los pliegues de su sobretodo. Cuando la mecha comenzó a arder emprendió carrera a toda velocidad, dio un salto al considerar que la distancia era óptima y arrojó el explosivo hacia su blanco. Corrió con desesperación y antes de llegar al espacio que separa el foyer de la sala, escuchó un estruendo acompañado por un temblor y un ruido tan contundente, que de inmediato entendió que el palco se había derrumbado. Se dio vuelta para ver, pero una nube de polvo le impidió la visión. Luego, los gritos y el gentío que huía desde los pasillos de los costados. Al descubrir que bajar la escalinata de mármol a toda velocidad podía ser un peligro, se deslizó por una de las balaustradas del costado y de milagro no se partió al medio contra una especie de huevo ornamentado de mármol, que se alzaba sobre el pilar del extremo inferior. Cerca de la salida quedó entreverado entre una marea de granaderos que parecían tomar el teatro por asalto y al llegar a la calle, reanudó su carrera en medio de otros maratonistas que huían aterrorizados. 

Después de atravesar Plaza Lavalle se dio cuenta de que correr podía ser más peligroso que caminar. Aminoró el paso con el propósito de continuar su marcha por Tucumán lo más disimuladamente posible. Anduvo unas cuadras, escuchó las sirenas alocadas y miró los helicópteros, que al sobrevolar las calles convergían en la zona del Colón. Al llegar al pasaje Dellepiane giró a la derecha y de un Valiant III descendieron Oaky e Hijitus.

-¡Listo! –les dijo. Mientras Oaky le abría la puerta trasera para que subiese al interior de la cabina, sintió un peso desplomarse sobre su cabeza.

 

*

 

Las noticias de los diarios de la mañana siguiente se resumen así: “Atentado subversivo en el Teatro Colón, asesina al presidente Jorge Rafael Videla. También perdieron su vida el presidente de Tulsaco & CO., el embajador de los Estados Unidos y el edecán de Ejército, Capitán Landa, entre otras víctimas. Se calculan 50 muertos.” “Salvose el ministro Martínez de Hoz, por haber cancelado su compromiso a último momento.” “Ni rastros de los asesinos subversivos.” “Hallan entre los escombros un puñal nazi de la Segunda Guerra Mundial, que arrojaría pistas sobre el brutal atentado.” “El nuevo presidente promete máximo rigor y el peor castigo para los responsables, sus cómplices y sus simpatizantes.”

Horas antes de que la noticia circulase por todos los diarios del mundo, Galuppi se despertó con un tremendo dolor de cabeza junto al auto de quienes lo llevaron hasta un descampado junto al río. Era noche cerrada y los faros del vehículo iluminaban el lugar. El ruido del agua de aroma terroso, fue interferido por el de otro automóvil que se aproximó hasta detenerse. El joven yacía atontado a los pies de Oaky e Hijitus y las luces del segundo coche lo encandilaron, mientras sus dos o tres ocupantes descendían. No sería acertado decir que se sorprendió con lo que sucedió a continuación, porque su estado de ánimo era tan anormal que no cabía la sorpresa; todo era una alucinación con él adentro y, como en una pesadilla, aceptaba lo extraordinario como si fuese cosa corriente. Uno de los hombres que acababan de descender le ordenó “¡Levántese!”; era el interventor Dagostino. Galuppi se paró y quedaron frente a frente.

-Así que usted es el Tío Antifaz…–le dijo Dagostino a Galuppi, que no lograba acostumbrar la vista al resplandor de los faros mientras los demás se reían; pudo distinguir que eran Pucho Bandoneón y García del Puente-. Primero, sepa que no le guardo rencor por lo del auto: lo tomo como una pérdida por un acto de servicio. Segundo, no se imagina en la que se metió y menos el gran servicio que acaba de prestarle a la patria. Y así son las cosas, lo lamento por usted… ¡Guardiamarina García del Puente: proceda!

 

García del Puente hizo un movimiento espasmódico y estuvo a punto de dirigirse a Pucho Bandoneón, pero Galuppi lo detuvo con un comentario:

-Y vos por lo pelotudo debés ser Gold Silver…

 

A pesar de la penumbra, no fue difícil notar que el oficial se había puesto rojo de rabia. Con un grito seco y gutural le ordenó a Pucho Bandoneón: “¡Proceda!” El subalterno apuntó con su Ballester Molina al entrecejo de Galuppi, con las palabras de Dagostino “¡lo hizo por la patria, por la patria!” como fondo. Y procedió. Todos se subieron a sus respectivos autos, después de que Oaky e Hijitus envolvieran el cuerpo de Galuppi dentro de una larga bolsa para depositarlo en el baúl del Valiant. Pero antes de arrancar, Dagostino bajó la ventanilla de su automóvil y pidió silencio. La radio pasaba una noticia de último momento: el almirante Emilio Eduardo Massera era el nuevo presidente de los argentinos. Luego de hacer una seña con la cabeza para abandonar rápido aquel descampado, apagó la radio, subió la ventanilla, pisó el acelerador y tomó la delantera.

RECUERDA UN CONOCIDO

Conocí a Galuppi en el Héroes de Curupaytí en 1976. Jamás conversamos pero lo oí expresar su fastidio, cada vez que González recitaba el mismo monólogo en cada acto del 25 de Mayo a lo largo de cinco años. Jamás supimos quién era el autor de aquella enumeración de lugares comunes tendientes a exaltar las virtudes porteñas y nacionales: a Galuppi lo irritaba como ninguna otra aquella que ponía énfasis en “el Teatro Colón y sus noches de gala”. Entre dientes decía que “aquel idiota” jamás había pisado el Colón y que las noches de gala no eran lo mejor en cuanto a nivel artístico. Juró que no iba a salir de 5° año sin vengarse de tanta “careteada” (uso su palabra). El último 25 de Mayo, el de 1980, cuando González acometió su frase irritante, un borrador atravesó la penumbra y le abrió la frente. El acto se suspendió, no se identificó al culpable y se aplicó un parte de amonestaciones colectivo, que dejó afuera del colegio a unos cuantos. No fue el caso de Galuppi: esa vez había faltado a clases. 

Cada vez que paso frente al Teatro Colón -al cual jamás entré- pienso en él. Recuerdo que una mañana, sobre uno de los muros del patio apareció una pintada que dejó a todos perplejos, porque era imposible entender qué quería decir: “Libertad a Florestan, la compañera Leonora vencerá”. Pero no dudé de que estábamos ante uno de aquellos actos suyos, anónimos y desconcertantes. Un día dejó de venir a clases y jamás volvimos a saber de él. Alguien escuchó que había excedido el límite de amonestaciones. 

 

AGRADECIMIENTOS 

 

Manuel Mujica Lainez, Quentin Tarantino y Adolfo Aristarain.