“Lo que quiero es reírme, lo que quiero es mirar la luz, lo que quiero es cantar”

Su lugar en el mundo es un rincón que cuida, es un secreto que guarda, es un tesoro que lleva adentro y al que podemos asomarnos a través de su obra. En lo que afortunadamente no fue una entrevista, Guillermo Roux nos revela en asociación libre parte de su inagotable universo personal, desbordante de sensaciones y de fantasías, de juegos y de risas, de sorpresa y de asombro, de juventud y de libertad.


Cuando hace un tiempo Guillermo Roux  retomó una  vieja idea de una exposición sobre tema musical,  Darío Lopérfido se entusiasmó con organizarla en el Teatro Colón. Es así como el Foyer y el Salón Dorado darán hospedaje a una serie de treinta obras que nunca fueron expuestas, la mitad de las cuales será cedida por coleccionistas. La muestra se extenderá por un mes a partir del 17 de mayo, en coincidencia con el estreno de la ópera Fidelio. “Franca, mi mujer, le habló del tema a Lopérfido, que enseguida se hizo cargo de la idea -nos cuenta el artista-. A mí me cuesta mucho trabajo pensar en hacer exposiciones, porque, curiosamente, me siento más joven ahora que cuando tenía veinte años. No sé lo que pasa, pero tengo una necesidad de sorpresa y de actualidad, de no racionalidad y de libertad, justamente en un momento en que estoy más limitado por muchas razones, por la edad y por montones de cosas. Pero sin embargo, hay algo en mí que es muchísimo más libre y mucho más deseoso de libertad. No me gusta pensar en nada que tenga una cierta lógica o una cierta razón o método, y lo único que me interesa es producir, hacer, hacer, hacer, para que las ideas se vayan de mi cabeza.  No me había dado cuenta claramente, hasta hace dos o tres años, de que el cúmulo de sensaciones siempre fue difícil para mí, porque soy muy sensible a casi todas las cosas: a una buena comida, a un perfume, a un vestido, todo tiene para mí atracción y un sentido que me conmueve… Es polifacética la cosa, porque no es solamente la forma o el color: es todo.”

 

-Y eso es un tanto abrumador…

-Muy abrumador. No me había dado cuenta de que acumulé kilómetros y kilómetros de museos, de que las obras entraron en mí,  de que vi tantas cosas y tuve tantas sensaciones en mi vida que estoy lleno de todo eso… De tal manera que de repente me vienen imágenes de un pequeño juguetito que yo alguna vez vi en una casa de alguien, de una negrita bailando con un ¡tin tin tin!, de alguna otra casa donde a lo mejor había un velorio…  Los otros días recordaba el perfume del pasto después de la lluvia. Me encanta el agua de la lluvia que me pega en la cara, el viento que sopla y también el sol…

 

-Y sentís la necesidad de volcar esa sensualidad en tu obra.

-Sí,  todo eso, las cosas que pasan más la fantasía. Porque además hay una acumulación de fantasías, fantasías mías que son de todo tipo y de toda clase. Y todo eso viene como amontonado, queriendo salir, y si  no lo dejo me quedo muy abrumado, nervioso. A veces, ¿qué se yo?, no me dan ganas de salir, de moverme, porque lo único que quiero es dibujar para liberarme de todo esto.

 

-¿Es una especie de alivio?

-Y sí.  Me pasa ahora que estoy haciendo unos cuadernos, una especie de diario de dibujos. Me siento al borde de la cama a la  una o dos de la mañana, no me puedo dormir si no dibujo… Y a veces son las cuatro y estoy dibujando. Recién ahí me entra un poco de sueño y me duermo en paz. Pero si no dibujo, no tengo paz. Y al otro día es lo mismo. Lo que me da tranquilidad es liberarme cada día.

 

-Es una buena manera de encontrar la paz…

-Tampoco sé si encuentro “la paz”, pero la encuentro por lo menos hoy, para mañana encontrarla otra vez. Y en ese sentido todo límite me resulta abrumador. Obedezco, pero no me gusta obedecer. La historia es un poco así.

 

-¿Hablamos un poco de la exposición?

-La exposición me alegra que se vea,  son obras de diferentes momentos, hay obras de música clásica, de jazz, música contemporánea, guitarras eléctricas. Porque claro, prendo la televisión y me atraen las imágenes de Madonna o de Lady Gaga, y entonces se mezclan con Beethoven… Y cuando quiero lo más moderno de lo moderno, quiero a Juan Sebastián Bach.

 

-La música ¿qué lugar ocupa en tu universo personal?

-Importantísimo, pero yo no sé música. Cuando dibujo siento el ritmo, siento el ritmo musicalmente, un ritmo interno que lleva la mano, el trazo y las imágenes. Entonces de repente escucho “tac, tac, tac”, hay un ritmo y una secuencia que me golpean la cabeza y a veces, al dibujar, también me muevo al compás de algo. Y ese es el ritmo que lleva el dibujo. Así que no sé si dibujo con la mano, con la cabeza, con el cuerpo, o con todo…

 

-Se nota en tu obra la necesidad de recuperar la infancia, el juego…

-Siempre, y también de reírme, la necesidad de reírme y de encontrar aún en las cosas más dramáticas una parte risueña… Encuentro la ironía o lo que provoca la risa o la sonrisa, tantas cosas que para la gente resultan dramáticas y yo me tengo que quedar serio, aunque me resultan graciosas. Claro, disimulo, trato de no hacer ese tipo de cosas y creo que lo hago bastante bien. Cuando hay que estar serio en una reunión, trato de hacer lo mejor que puedo.

 

-Contame sobre las obras que integran esta exposición.

-Son diferentes momentos, momentos de la música. Hubo un tiempo en el que tenía a Brahms metido adentro. No me lo podía sacar de la cabeza: esa especie de melancolía que es un poco apabullante a veces, esa insistencia, ese ritmo lento, ese esperar un algo que va a ocurrir y que tarda en ocurrir. Brahms es de color azul y pinté varios Brahms. Pero al mismo tiempo, me acordaba de cuando dibujaba mi padre, quien de repente paraba para golpear con el pincel o el lápiz los frasquitos de tinta o la mesa y hacía un ritmo de jazz, como si fuera un baterista. (Era el sonido del jazz, porque a él le gustaba mucho el jazz y hasta había tenido una pequeña orquesta cuando era muy joven. Era un músico de primera, aunque nunca había estudiado música.) Y entonces, si yo estoy metido con Brahms, de repente aparece el sonido del lápiz o el sonido en las copas. Porque otra cosa que hacía mi padre era llenar varias copas con distintos niveles de agua y con el dedo húmedo que pasaba por el borde, buscaba los sonidos hasta que encontraba una melodía, o algo.  A mí me divertía muchísimo porque nos decía: “saquen agua; pongan agua; este sonido es muy grave; esta copa tiene mucha agua; a esta le falta un poco…”.

 

-Y esos sonidos ¿qué son en tu pintura?

-Entran como color, como forma, se me transforman en otra cosa. 

Me pasaba cuando era chico,  ya tenía esta forma de sentirme, aunque no entendía lo que me pasaba. Ahora, de grande, eso sigue igual, no se ha perdido, esa es la parte más linda… La vida tiene después lo cotidiano, las cosas que pasan, las relaciones humanas,  la política, la economía, la sociedad,  lo que sucede en el mundo… Eso me hace muy mal.

 

-Todo eso significa un esfuerzo.

-Para mí es un esfuerzo tan colosal, que es como si una máquina que va en un sentido, de repente tiene que ir en el sentido inverso: ¡las piezas saltan por el aire! Esa contramarcha a la cual me veo forzado me destruye, me hace mal, porque en realidad lo que quiero es reírme, lo que quiero es mirar la luz, lo que quiero es cantar.  Pero a veces las circunstancias no te lo permiten, tenés que ponerte serio para resolver alguna cosa. Me causa horror. Quizá por eso siempre tuve miedo de firmar cosas, no recuerdo haber firmado un cheque, o los habré firmado diez veces en mi vida.  Me muero de susto y tardo mucho en firmar los cuadros, no quiero firmarlos, porque ya está, ya está hecho. Me ha costado mucho vivir de la pintura. Mi mujer, Franca, es la que  ha puesto la racionalidad y gracias a ella se ha construido todo esto.

 

-Es como vivir en un mundo ideal.

-En mí es muy difícil entender claramente dónde está el límite entre lo que es utilitario y lo que no. Es como si nada fuera utilitario. Me imagino un mundo gratis. Aún a los 87 años que tengo, vivo imaginándome un mundo gratis. ¡Qué voy a hacer! Es un mundo que tengo escondido, debo hacer el papel de adulto: tengo un hijo, una hija, mi mujer, tengo que ir al médico… Pero guardo con muchísimo cuidado esa parte que es un nudo, que es como un secreto, algo encendido en el fondo de mí y que cuido, que me agrada que esté ahí. Yo sé que puedo hacer todo lo demás porque sé que tengo eso. Pase lo que pase en la vida, si yo me meto ahí en ese rincón mío, me salvo. Lo hago y naturalmente todo se transforma en dibujo, en pintura, en lo que sea… Y ahora estoy en un momento en el que viviría ya directamente en ese mundo, no quisiera otro. Ya no quiero hacer el esfuerzo, ya lo  hice por portarme bien y ahora no quiero portarme bien.

 

-Esta exposición es parte del esfuerzo y de portarse bien.

-Esta exposición, como todas las exposiciones es un esfuerzo.  Porque uno está frente al público, se trata de mostrar las cosas, de salir del rincón donde uno está… Tampoco es bueno estar tanto en el rincón.

 

-Porque también te gusta el intercambio con la gente.

-Me gusta que me dejen jugar, me molesta mucho cuando estoy jugando y me interrumpen el juego, me da rabia… Me encanta jugar. Y eso no ha sido fácil en la vida para nada. Ha sido la parte más difícil.  Mi padre, cuando armó su primera orquesta a los 18 años, aprovechó un fin de semana en que sus padres habían salido y  transformó un piano de cola en un arpa. Porque decía que el piano de cola tenía un sonido que no le gustaba, él quería el sonido del arpa. Entonces desarmó todo y sacó el arpa del piano...

 

-Eso es lo que vos hacés en tu pintura.

-Sí, lo mismo, lo aprendí de mi padre. Es un método maravilloso, unir cosas dispares y que salga algo. La otra cosa que aprendí es no dejar de asombrarme. Tampoco necesito mirar mucho. Es como asomarse a una ventana y ver la panorámica, ver el atardecer… Lo miro, me gusta, me entra por los ojos, pero me gusta mucho más el atardecer que yo llevo adentro. En realidad lo invento. Pinto mi atardecer, no el  que veo. El que veo me parece menos interesante. También me pasa que me pierdo en las películas, porque en un momento dado empiezo a armar mi propia película y cambio el canal y hago un dibujo. Me cuesta mucho concentrarme en una cosa, porque inmediatamente interrumpe otra situación que le da la forma en la que creo…

 

-Por eso en tu pintura hay acumulación.

-Hay mezcla de cosas, mezclas inesperadas porque a veces quiero ser muy clásico y otras veces no. En realidad no estoy a favor ni en contra de nada, en todo hay un interés. En una época me interesé mucho por el psicoanálisis, sobre todo por la asociación libre. Encontré un lugar donde no había censura para asociar libremente, que es mi especialidad (risas). Un día entro al consultorio de la psicoanalista y le digo: “¿por qué no saca los pájaros de acá adentro?, está lleno de albatros, de gaviotas…” Y ahí empezó la conversación, hablamos de albatros y hablamos de todo. Cuando terminó la sesión y yo ya me iba me dijo: “Estoy leyendo La gaviota de Chéjov”… Yo intuí en ella lo que ella estaba leyendo, porque el consultorio estaba lleno de esos pájaros. Es algo que me pasa seguido. Y entonces, suponiendo que yo entrara a pintar una cosa, es el albatros o la gaviota, ya no la puedo sacar de la cabeza, vaya a saber porqué. Por eso en broma le digo a mi mujer: “¡yo tengo que estar preso, métanme preso, me tienen que meter preso!”, tendría que estar encerrado en una celda pero con buena comida, tranquilo, y entonces abriría la ventana. Pero me quedaría ahí, no me escaparía.

 

-Porque ahí está todo.

-Sí, ahí está todo, no me falta nada. Puedo construir todo y es muy divertido, me hace muy feliz. Y lo demás no me hace tan feliz. Entonces, por suerte, lo que me pasa es que vuelvo siempre a eso y me pongo egoísta como los chicos, quiero seguir jugando. 

 

 

Guillermo Roux

Exposición dedicada a la música

Foyer y Salón Dorado del Teatro Colón

A partir del 17 de mayo, por espacio de un mes

 

(En coincidencia con el estreno de la ópera Fidelio)