Una fuga al lejano oriente
El abordaje de ciertos temas que aún con el paso del tiempo no perecen nos llevan a ver las cosas desde perspectivas enriquecedoras. Con el pretexto de que _Madama Butterfly_ cerrará la temporada lírica del Teatro Colón abordamos el tema del lugar de Giacomo Puccini en el panorama musical de su propia época.

No es un secreto para nadie que Giacomo Puccini tenía la mayor curiosidad por la música de su tiempo. Los testimonios de esto son variados. Uno de ellos, posiblemente el más famoso, es el de Alma Mahler en su libro de memorias _Mi vida_. Puccini asiste al estreno vienés de los _Gurrelieder_ de Arnold Schönberg; la obra no le gusta, pero no porque le parezca radical, sino por lo contrario: la juzga apocada, un ejercicio tardío con la poética wagneriana. “Le contesté que la segunda parte era mucho más audaz –cuenta Alma–. Pero Puccini se fue sin oír la segunda parte. Sin embargo, se convirtió después en un partidario total de Schönberg”. Tiempo después, y ya enfermo, viajó especialmente varias horas de Viareggio a Turín para escuchar _Pierrot lunaire_. “Puccini intentó siempre entender a sus contemporáneos”, agrega Alma.

La admiración de Puccini fue correspondida por Schönberg. En una emisión de la Frankfurter Rundfunk del 22 de marzo de 1931 recogida en el volumen _Stile herrschen, Gedanken siegen_ (la versión en castellano, traducida como Estilo e idea, no incluye este texto), Schönberg proponía una curiosa genealogía: “La nueva música no es nunca apreciada al principio. Ustedes saben que no sólo las obras de Mozart, Beethoven y Wagner chocaron inicialmente con fuertes resistencias; también _Rigoletto_ de Verdi, _Butterfly_ de Puccini e incluso _El barbero de Sevilla_ de Rossini, fueron abucheadas en su momento, y _Carmen_ fracasó”. Más adelante, en el artículo _Éxito_ y valor, de 1935, insistirá con la misma comparación: “Lo que quiero alegar aquí es que el éxito no es una medida del valor. […] ¿Se ha entendido que _Carmen_ fue un fracaso durante muchos años, y que _Butterfly_ de Puccini tuvo la misma mala suerte que _Rigoletto_ de Verdi?”. Y hay todavía otra tercera mención schönberguiana sobre Puccini que resulta extremadamente significativa. En la conferencia _Composition with Twelve Tones_ (_Composición con doce sonidos_) que pronunció en la UCLA el 26 de marzo de 1941, Schönberg observa: “La familiaridad con las consonancias más remotas –es decir, las disonancias– eliminó gradualmente las dificultades de comprensión y admitió por fin no sólo la emancipación de la dominante […] sino también la emancipación de las disonancias más remotas de Wagner, Strauss, Mussorgsky, Debussy, Mahler, Puccini, Reger”. La inclusión de Puccini en semejante línea sucesoria puede parecer sorprendente, pero lo es menos si se piensa justamente a la luz de _Madama Butterfly_.

ENTRE LA TRADICIÓN Y LA MODERNIDAD

Puccini admiraba a Schönberg pero sabía sin duda que no podía seguir ese camino. Era necesario atender la escritura de música para la escena, con su subordinación a la eficacia teatral y a los presupuestos de dinero que esta eficacia implica. Su voluntad progresista debía encontrar entonces una astucia. La coartada pucciniana por excelencia fue la fuga al lejano oriente que encontramos en _Butterfly_ y en la tardía _Turandot_. Salirse de la música occidental por un momento le permite también (como es claro en cualquier alusión musical a oriente) trabajar con el sistema pentatónico. _Butterfly_ se estrenó en febrero de 1904, y es como si el compositor hubiera encontrado en esa lejanía el salvoconducto narrativo para autorizar una aproximación enteramente idiosincrásica a las poéticas del siglo que empezaba.
A semejanza de Mahler, tan parecido y a la vez tan distinto, Puccini navega a dos aguas: está anclado en la tradición –la ópera verdiana– pero introduce modificaciones decisivas en el género. Hasta donde la historia lo permitía, ambos extremaron la herencia recibida, y ambos, también, compartieron el malentendido de la fama y su secuela, el rechazo de los progresistas de turno. Pero los procedimientos de vanguardia fueron para el italiano justamente eso: procedimientos, simples puntos de partida.

LA PUESTA EN MÚSICA DE UN CONFLICTO

Toda _Butterfly_ sigue escuchándose como una especie de colosal y refinadísimo _tour de forcé_, que hace equilibrio entre las fuerzas de la alusión japonesa, una relectura de la herencia wagneriana y el sentimiento melódico pucciniano. Se ha señalado más de una vez que tanto los críticos, en su momento, y, aun hoy, las sopranos, tienden a concebir a Butterfly como una Mimì japonesa o bien, en sentido inverso, como una predecesora de Liù. Ven al personaje en el espejo deformante del repertorio. Pero Puccini tenía en la cabeza otra idea. _Butterfly_, la ópera, contiene y pone literalmente en escena el conflicto entre dos civilizaciones, o parece decirlo de un modo más preciso, la manera en la que la modernización (americana en este caso) amenaza el antiguo mundo unificado. Este conflicto entre lo moderno y lo antiguo aparece realizado musicalmente ya en el principio mismo de la ópera. A diferencia de _La bohème_ y de _Tosca_, Puccini presenta aquí un brevísimo preludio, una especie de concentradísima obertura. Pero esa introducción, privada de cualquier referencia musical al Japón, anticipa la acción futura sólo de un modo más bien sesgado, casi negativamente podría decirse. El preludio es una fuga, y la fuga funciona en estación en los términos de una alusión a la idea de “forma antigua”, y lo hace con mayor énfasis en la medida en que semejante fuga está escrita de la manera más escrupulosamente académica, con todas las reglas cumplidas y en orden. Inmediatamente, la voz de Pinkerton (_E soffitto… e paretti…_) disipa la firmeza antigua de la fuga. Esa introducción, que volvemos a encontrar en el segundo acto, queda estrictamente desgarrada: es el final de un mundo. Ese mundo que muere con Butterfly, en quien aun sobrevivía. Sólo queda, en la naturaleza, la colina de Nagasaki. “Muere con honor quien no puede vivir con honor”. El golpe de genio pucciniano consistió en haber convertido el drama amoroso en un drama también de la cultura, y haberlo hecho además musicalmente, en la medida en que la música está implicada asimismo en el drama.
Cada frase musical de la ópera está cargada de sentido y su textura, a pesar de su color voluntariamente exótico, muestra una economía admirable. La trama sentimental y los personajes delineados con la mayor sencillez (Pinkerton y Cio-cio-san son casi siluetas y están habitados a la vez por la mayor singularidad) quedan explicados por una partitura de la mayor transparencia. Nada hay accesorio aquí, ni la trama ni el color. La belleza de _Madama Butterfly_ es una belleza necesaria. Como le gustaba a Schönberg.
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_Madama Butterfly_
Ópera con música de Giacomo Puccini y libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa
Teatro Colón, 25, 26, 28 y 29 de noviembre a las 20.30, 30 de noviembre a las 17, 2 de diciembre a las 20.30.
www.teatrocolon.org.ar
Dirección musical: Ira Levin
Puesta en escena: Hugo de Ana
Con Patricia Racette, James Valenti, Guadalupe Barrientos, Sergio Spina y elenco.