Temas atrapados por el rabo 3
Tercera entrega: UN BÁRBARO EN EL TEMPLO DE LA CIVILIZACIÓN I

“Como a eso de la oración, / Aura cuatro o cinco noches, / Vide una fila de coches / Contra el tiatro de Colón. / La gente en el corredor, / Como hacienda amontonada, / Pujaba desesperada / Por llegar al mostrador.”
Así describe un gaucho su primer contacto con el antiguo Teatro Colón, que en el siglo XIX se ubicaba frente a la Plaza de la Victoria, en el mismo solar que hoy ocupa la sede central del Banco Nación. Está por asistir a una representación del _Faust_ de Charles Gounod y sus ojos se muestran grandes y redondos como un dos de oros, porque todo en él es un asombro sin descanso. Aquel paisano, con sus geniales metáforas y asociaciones volcadas con retórica elegante (no porque sí se ha dicho que el gaucho era bien hablado), nos llegó gracias a Estanislao del Campo y su _Fausto criollo_ (1866). Para ocuparnos de uno de nuestros célebres poemas gauchescos, tomamos la posta dejada en la primera entrega de esta nueva serie, que otra vez nos conduce por las diagonales de una literatura que dialoga con el primer coliseo. Aunque desde una perspectiva diferente a la del Gran teatro, regresaremos al tema del “otro”, o del “extraño” dentro del Colón, aquí representado por un gaucho en pleno siglo XIX. Un gaucho o un “bárbaro” en el “templo de la civilización”, que es como las clases cultas porteñas siempre sintieron a su teatro, ya sea el que conocemos, o ese antecesor decimonónico cuya demolición es una más entre tantas cosas inentendibles.
Pero no hablaremos sobre el _Fausto criollo_ sin antes contextualizarlo en la época que lo vio aparecer. Hablar del poema por el poema, no me parece tan atractivo como apreciarlo en el contexto de su propio tiempo. Si servirnos de algunos breves párrafos sería muy insuficiente para este fin, esta entrega ofrecerá en su totalidad un paseo histórico que nos situará cara a cara con la visión que las minoritarias clases cultas de Buenos Aires tuvieron del habitante de la campaña. Esto equivale a decir, cómo vieron las selectas clases urbanas a las mayorías que poblaban las grandes extensiones del territorio nacional, o, en términos sarmientinos, cómo veía la civilización a la barbarie. Nos acompañará la _Historia Argentina_ de José Luis Busaniche, autor que trabajó por fuera de las filas del revisionismo histórico, y que en su ideología no fue ni de izquierda ni peronista (el que desee interpretaciones de la historia desde esos campos, puede acceder a la obra de Milcíades Peña, Juan José Hernández Arregui, José María Rosa o Norberto Galasso). Busaniche tenía la ideología de un demócrata liberal y su honestidad intelectual sorprende por lo incondicional y reveladora. Desafiante con respecto a la visión de la historia impuesta por los vencedores que llevaron a cabo la organización nacional, no duda en volcar en sus páginas aquello que la historia oficial decidió ocultar, cuando no disfrazar con falsa retórica o solemne iconografía. Aunque se muestre defensor de Bartolomé Mitre, uno de los principales artífices de esa organización, su gran sentido de la justicia y la verdad no le impide señalar los excesos cometidos desde el poder por quienes, en tiempos de Rosas, se erigían a sí mismos en adalides de la civilización y los derechos humanos. Tampoco debe pasarse por alto la calidad de la prosa del historiador, que lamentablemente dejó inconcluso este volumen que no pudo llegar más allá de la Guerra de la Triple Alianza. (La _Historia Argentina_ de JLB está completamente agotada en las librerías. Tanto su versión original Solar/Hachette de 1965, como la edición de 2005 a cargo de Taurus, se pueden conseguir en librerías de viejo, en los puestos de Parque Rivadavia o por Mercado Libre; recomiendo la edición de Taurus –de la que tomé las citas y referencias-, porque en papel y encuadernación supera a los ejemplares de las impresiones originales, desvencijados por el paso del tiempo.)

ESE ELEMENTO QUE MOLESTA

Antes que por un proceso democrático que integrara a todas las clases sociales, las minorías urbanas, especialmente de Buenos Aires, optaron por una política de exclusión hacia las mayorías de origen rural que poblaban el territorio nacional, y que tuvieron a su representante en la figura del gaucho. Resultado de la unión entre algunos de los primeros colonos españoles que quedaron al margen de la sociedad, los esclavos negros y los habitantes originarios de nuestro territorio, los gauchos fueron rechazados por los habitantes de una metrópolis naciente que con sus miras puestas hacia Europa, se sentía ejemplo de civilización y cultura. Que el gaucho fuera el que sudaba y doblaba el lomo al momento de hacer los trabajos más ingratos, o que hubiera marchado por Argentina, Chile y Perú en exitosas campañas emancipadoras bajo el mando del general José de San Martín, con la entrega de su vida por la libertad de esta parte de América, no impidió que la visión acuñada por las minorías lo redujese a un elemento delictivo y asocial, no contemplado en su proyecto de país; hasta el poncho llegó a ser signo de delincuencia. Se comenzó por la marginación dentro de lo político, para pasar años más tarde a un proceso de aniquilación cuya crueldad e injusticia no conoció límites.
Tomemos como punto de partida ese momento al que JLB denomina la “aventura presidencial” de Bernardino Rivadavia (p. 449).

EL FRACASO DE UN MODELO Y UN GOLPE DE ESTADO

“Los derechos de la ciudadanía se suspenden (…) 2° por no saber leer ni escribir (…) 6° por el estado de doméstico a sueldo, jornalero, soldado, notoriamente vago, etcétera.”
Este texto entre comillas pertenece a la constitución unitaria de 1826, promulgada durante la breve presidencia de Rivadavia. Con su carácter centralista y antidemocrático -niega los derechos de la ciudadanía a los pobres, entendamos los gauchos- pretendió imponerse contra la voluntad de la mayoría. Respaldaba el proyecto de un país liberal, antidemocrático y entregador de los intereses nacionales, que no estaba destinado a sostenerse demasiado; al menos, por esos años de la segunda mitad de los 20 de su siglo. Pero ¿cómo era posible que un gobierno de minorías se impusiera ante el grueso de los habitantes del país, cuyos intereses no representaba? Vale la pena citar un testimonio para enterarnos de cómo la minoría unitaria imponía su voluntad en los comicios. Que el cónsul estadounidense John Murray Forbes haya sido amigo de Rivadavia, no impidió que escribiese estas sinceras e interesantes palabras: “(…) en honor a la verdad hay que decir que bajo la ley actual una elección no es el mejor barómetro de la opinión pública. Porque, en primer lugar, los comicios son presididos por la policía, todos los funcionarios civiles del gobierno tienen que votar las listas oficiales y no sólo la milicia, sino el ejército regular de tropas mercenarias son obligados a marchar en grupos a las urnas y cada votante tiene que presentar abierta su boleta y firmada con su propio nombre. Esto produce, necesariamente, una mayoría abrumadora para las autoridades” (JLB, nota al pie de la p. 466). Sólo mediante la fuerza, el fraude o ambas cosas juntas, pueden imponerse las minorías que no se representan más que a sí mismas.
Pero la “aventura presidencial” de Rivadavia estaba destinada al fracaso, el gobierno unitario quedó disuelto y finalmente asumió la legítima gobernación de Buenos Aires el coronel Manuel Dorrego. Era la figura más representativa del partido federal, contaba con alto respaldo popular y en 1827 firmó acuerdos con las provincias, con el objeto de reunir una convención que cimentara las bases para un nuevo Congreso Nacional Constituyente y crease un Poder Ejecutivo provisorio.
Llegó la hora del regreso de las tropas argentinas destacadas en la Banda Oriental, convertida en estado independiente (la pérdida de esta provincia y la constitución unitaria fueron las causas principales del fracaso del gobierno de Rivadavia), para entrar a Buenos Aires el fatal 1° de diciembre de 1828. El unitarismo estaba muy molesto con la política oficial conciliatoria con las provincias, y se sentía golpeado por haber quedado sin efecto esa constitución que excluía y quitaba derechos a un pueblo en cuyo nombre, al fin y al cabo y tal como lo señala JLB, se había producido la Revolución de Mayo (p. 478). Así las cosas, los hombres “cultos y civilizados”, representados militarmente por el general Juan Lavalle, jefe de las tropas llegadas del otro lado del Río de la Plata, y por doctores como Salvador María Del Carril y Juan Cruz Varela, depusieron al gobernador legítimo de Buenos Aires. Días más tarde, Manuel Dorrego, un líder sostenido por el pueblo, no tuvo la más mínima justicia y fue asesinado y reemplazado por Lavalle. Con este proceder, aquellos que consideraban a la democracia “un vicio y nada más” (“un vicio de la estadística”, diría Borges en el siglo siguiente), coronaron el primer golpe de Estado de nuestra historia.

GUERRA ENTRE ARGENTINOS

Gracias al nombramiento del general José María Paz como ministro de guerra en enero de 1829, el gobierno unitario afianzaba su presencia y el sometimiento de la campaña se presentaba como una realidad... Si no hubiese sido porque lejos de amedrentarse ante los hechos, el interior puso de manifiesto su rechazo a las acciones de los golpistas. Desde Córdoba, Bustos no vaciló en decir que los asesinos de Dorrego eran los mismos que favorecían los intereses extranjeros antes que los de la patria. La convención nacional reunida en Santa Fe declaró con firmeza que la sublevación militar del 1° de diciembre de 1828, encabezada por el general Lavalle, era anárquica, sediciosa y atentatoria contra la libertad, honor y tranquilidad de la Nación, y calificaba al asesinato del gobernador legítimo como un “crimen de alta traición contra el Estado”. Estanislao López, mandatario de la provincia donde se dio cita la convención, agregó acerca de los sublevados: “Ellos y su facción se han arrogado exclusivamente la calidad de hombres decentes e ilustrados y han proclamado en su rabioso despecho que ‘sus rivales’, es decir la mayoría de los ciudadanos argentinos, son hordas de salvajes y una chusma. (…) Esa chusma (…) son nuestros padres, hermanos, parientes, amigos y conciudadanos”.
En ese marco dio comienzo una guerra entre la “aristocracia del dinero”, como la definió el desgraciado Dorrego, y la mayoría designada despectivamente por ellos mismos como “gauchos”, “chusma” o “masa popular”. Es revelador cuando JLB señala el rastacuerismo de las minorías unitarias, con sus presunciones, su antinacionalismo, su desprecio por lo autóctono y su equivocado criterio de la civilización, tendientes a ocultar su verdadero origen y la realidad de que no eran otra cosa que advenedizos (nota al pie de la p. 504). Y cuando los advenedizos tienen el propósito de ocultar su verdadera identidad e imponerse, están dispuestos a todo, como asociarse a una clase militar también ávida de dinero, poder y ascenso social.
Pero la dictadura unitaria no tardaría en caer para dar paso a la dictadura federal del brigadier general Don Juan Manuel de Rosas. Los jefes unitarios sufrían sucesivas derrotas en el interior y la “caída” del general Paz, el 12 de mayo de 1831, merece algunas palabras. Que el impecable general de formación europea, el gran estratega, el intelectual de la guerra, el vencedor de Facundo Quiroga en La Tablada y Oncativo, haya caído de esa manera, es algo que habrá provocado no poca sorpresa, en especial al gobernador Estanislao López, que lo tuvo prisionero. Es que una partida de gauchos al mando de este último, lo divisó al galope y boleó las patas traseras de su caballo hasta derribarlo. Cuando el capturado Paz fue puesto en manos del gobernador de Santa Fe, no solo que este no procedió como Lavalle con Dorrego, es decir al estilo unitario, sino que le garantizó su seguridad y le dio abrigo. Consta que durante las primeras horas de cautiverio, Paz pidió algo para leer y el secretario de López le alcanzó un ejemplar de los Comentarios de Julio César en su lengua original; se ve que las hordas federales tenían por costumbre llevar clásicos latinos para amenizar las horas de ocio durante sus campañas.
Se acostumbra decir que no es correcto juzgar los sucesos del pasado con los valores del presente. Aunque distante de ser un axioma y no libre de discusión (¿qué es la historia sino una suma de interpretaciones desde el hoy, de aquello que sucedió ayer?) la observación tiene cierta validez. Pero es necesario señalar que también puede esconder una trampa, con el propósito de disculpar y justificar hechos infames. Los diez mandamientos existen desde hace miles de años y una infamia es siempre una infamia, en la época que sea. En todas hubo hombres crueles y hombres justos, y la sangre siempre acompañó los procesos históricos que atravesó la humanidad. Así fue también en nuestra Argentina de guerras fratricidas, en la que está probado que no todos procedieron con métodos iguales. Que también existieron hombres justos y con respeto por la integridad y derechos de sus semejantes, es lo que buscamos señalar. El “boleado” (así llamaba Rosas al “manco” Paz) fue tratado por Estanislao López con dignidad y tuvo justicia, que es lo que le faltó a Dorrego. Fue encarcelado y recibió un trato acorde a su rango, hasta que años después salió en libertad para seguir con las matanzas de gauchos y dar rienda suelta a sus ambiciones políticas.

“TERRORISTAS DE ROBESPIERRE”

Pero para el unitarismo, con muchos de sus cerebros en el exilio, la derrota no era un impedimento para declarar la guerra a muerte a un sistema federal sostenido por la mayoría de los habitantes de la nación. Existe un documento redactado por el Comité Argentino de Chile y enviado a las provincias del interior, en el cual se advirtieron los “mismos tonos odiosos del mazorquero con el tono más o menos literario de los terroristas de Robespierre”. Por su estilo se atribuye a Domingo Faustino Sarmiento: “Es menester emplear el terror para triunfar en la guerra. Debe darse muerte a todos los prisioneros y todos los enemigos. Debe manifestarse un brazo de hierro y no tenerse consideración con nadie. Debe tratarse de igual modo a los capitalistas que no presten socorro. Es preciso desplegar un rigor formidable. Todos los medios de obrar son buenos y deben emplearse sin vacilaciones. Debe imitarse a los jacobinos de la época de Robespierre” (JLB, p. 559). Con los unitarios derrotados por bastante tiempo, ya dijimos que el país desembocó en la dictadura federal de Rosas. Su fuerza estaba respaldada por el apoyo de la mayoría rural y por su defensa de los intereses nacionales ante el poder extranjero. Producto del estado de cosas reinante en el país, la violencia contra el oponente político en manos de la mazorca tiñeron de sangre y de terror aquellos años, pero los métodos empleados por sus críticos y enemigos, autodefinidos como personas cultas y defensoras de los derechos humanos, fueron mucho más lejos; de algún lado salió aquello de los “_inmundos, asquerosos, salvages unitarios_”, que no vacilaron en atar los cuerpos de los vencidos a las bocas de los cañones, para hacerlos saltar en pedazos. Al cabo de algunas décadas, y a pesar de que la Argentina tendrá una constitución federal, el proyecto de país exclusivo y para minorías privilegiadas de aquellos hombres del 1° de diciembre de 1828, que con odio persistieron en vengar la sangre derramada del general Lavalle, fue exitoso por mucho tiempo. Y todos los medios se emplearon para lograr el fin, sin ninguna clase de vacilación.

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Para ahondar en la comprensión de cómo las minorías veían al pobre que poblaba el campo, lejos de ofrecer un detalle minucioso que no viene al caso, es necesario continuar con la narración de algunos sucesos respaldados por unas cuantas citas. Más que lo corriente entre nosotros, por generaciones y generaciones, fue acceder a una historia deformada y contada por las minorías victoriosas, que no dudó en interpretar u ocultar los sucesos del pasado según su propia conveniencia. O en disfrazar la infamia con esa retórica del bronce ecuestre teñida de reminiscencias homéricas. Así, Lavalle, asesino de Dorrego, fue el “cóndor ciego”, el “Bayardo americano” o “la espada sin cabeza” (su estatua al estilo grecorromano se yergue sobre una columna en la plaza que lleva su nombre, en diagonal al Teatro Colón); Mariano Acha, el traidor que entregó a aquel gobernante legítimo a su verdugo, luego de haber sido fusilado y decapitado fue saludado por sus pares como un “mártir de la libertad”; por qué no referir el cuadro que evoca la captura del general Paz por los montoneros de Estanislao López, en el cual luego de caer de su caballo, en lugar de aparecer golpeado y dolorido como el oficial acompañante que yace en el suelo, se muestra altivo, sin la más mínima arruga en su uniforme y con su gorra prolijamente calzada sobre su cabeza. Y los ejemplos sobran.

SARMIENTO

Conocemos mucho sobre las genialidades de Sarmiento, sus agudas observaciones durante sus viajes, su obra en pos del progreso de la Nación, especialmente en el campo educativo. Su coeficiente intelectual, sin dudas muy superior al de los hombres con inteligencia promedio, no deja de ser objeto de asombro: fue autodidacta. Su carácter era tan eruptivo, que no vacilaba en decir lo que pasaba por su mente: esto es un rasgo importantísimo porque las personas con una postura similar o totalmente afín, no dicen lo que piensan porque prefieren guardar la corrección política: a lo sumo lo insinúan, pero es muy raro que se expresen con la franqueza implacable del sanjuanino; tengámoslo presente, no es un detalle menor en este relato. Sarmiento no le temía a sus propias palabras, tanto que las esgrimió junto con la espada y con la pluma, con una fiereza que se traduciría en los hechos. La espada, la pluma y la palabra de la retórica unitaria en su himno al padre del aula (el _Himno a Sarmiento_ fue escrito por el catalán Leopoldo Corretjer mucho después de las contiendas entre unitarios y federales, pero reproduce muy bien la retórica de los primeros); pero como Sarmiento decía lo que pensaba y no daba tantos rodeos, simplemente habló de “ciencia y palo”.
Aunque sea de nombre, todos conocen su libro _Facundo – Civilización y barbarie_. Por más que no se comparta el rechazo visceral del autor por el gaucho, es innegable su profundo conocimiento de ese hombre de la campaña, que él desmenuza en la figura del caudillo riojano Juan Facundo Quiroga, al que encuadra dentro del tipo del “gaucho malo”. Con su estilo romántico y maniqueo lo llega a describir como un demonio irascible de fuerza y brutalidad sobrehumanas, que en un ataque de furia no vacila en matar a palos a un bebé que llora. Pero las páginas también lo revelan como dueño de un valor tan grande como su propio mito (el autor también describe virtudes que por momentos contradicen su rechazo), y plantean como su antítesis en el campo de batalla al general Paz, su vencedor en Oncativo y Tablada, y arquetipo del militar argentino de formación académica y europea (ya nos hemos referido a Paz). Con una retórica shakespeareana señalada por sus analistas, Sarmiento invoca la sombra del general Quiroga para desentrañar los avatares políticos “que desgarran las entrañas de un noble pueblo” y en definitiva, las páginas del libro actúan como instrumento de ataque contra Juan Manuel de Rosas. Iniciado en 1845 durante el exilio en Chile, el Facundo, tal como indica el subtítulo, se centra en la dicotomía civilización-barbarie. Veamos un ejemplo. Es conocido que Sarmiento deseaba para la Argentina una inmigración nórdica, de hombres hacendosos y con capacidad industrial (en cambio, años más tarde le trajeron a la “chusma ultramarina” de España e Italia). Plantea ese aspecto central de su libro “con un sentimiento de compasión y vergüenza”, nacido de la comparación entre las colonias alemana y escocesa del sur de Buenos Aires con el rancherío del interior. En aquellas las “casitas” se muestran pintadas y con sus frentes limpios, adornados con flores y “arbustillos graciosos”, mobiliario sencillo, vajilla de cobre o estaño que reluce, la cama con “cortinillas graciosas” y los habitantes tan hacendosos, que siempre están en movimiento. La hiperkinesis de estos colonos contrasta con la inclinación a la ociosidad del gaucho, el habitante del rancherío o la “villa nacional”, donde los niños sucios y andrajosos se revuelcan entre las jaurías de perros, los hombres inactivos andan tirados por el suelo y, en resumen, la mugre y la pobreza hacen al aspecto de la barbarie.
Es imperdible la cita que a continuación hace de Sir Walter Scott, a raíz del rechazo a los ingleses durante las dos invasiones al Virreinato del Río de la Plata. Para un literato que inequívocamente representó a la cultura del imperio británico durante el Romanticismo, el concepto de “patria” en nuestros paisanos era inaceptable, acaso porque el amor al terruño solo es cosa de europeos, y no de aquellos hombres que nacieron para ser colonizados por quienes les llevarán la civilización, “remedio” contra su estado de barbarie. Scott no podía aceptar que esos paisanos que al mando de Liniers pelearon por la reconquista y la defensa de Buenos Aires, hayan antepuesto la independencia de su territorio a los “algodones y muselinas” que les traía la “civilización” británica; se desprende que si rechazaban los finos tejidos elaborados en las fábricas londinenses, sería porque preferían retozar entre el guano y mandar a sus hijos en manada a revolcarse con las jaurías de perros. (Domingo Faustino Sarmiento, _Facundo-Civilización y barbarie_, pp. 36 y 37. Colihue, Buenos Aires, 2000.) Y por su lado opinó Juan Cruz Varela, uno de los golpistas contra el gobierno de Dorrego: “Nada cura tanto al hombre de las estrechas preocupaciones de localidad que el vulgo llama patriotismo, como la vista y el estudio prácticos de otros hombres y otros pueblos” (JLB, p. 599). Sí, para un sector que no dudó en someterse a intereses extranjeros, la patria era cosa de personas vulgares y pobres de ambiciones.
Si hablamos sobre Sarmiento, es porque su visión del hombre rural de nuestro país sintetiza la opinión que de él tenían las autodenominadas “clases cultas”. Y porque su actuación al momento de ir contra ese hombre que no entraba en el proyecto de un país para minorías, contra ese gaucho bien representado en la figura de los caudillos, fue lapidaria.

MITRE

Sería un despropósito reseñar todos los hechos producidos desde la caída de Rosas hasta la defección de Urquiza en Pavón, con la entrega de la victoria a Bartolomé Mitre, por entonces gobernador de la secesionista Buenos Aires (17 de septiembre de 1861). Al año siguiente de esa batalla increíblemente resuelta a su favor, Mitre se convirtió en el presidente de los argentinos. JLB lo juzga como un hombre con dignidad y orientación patriótica. Dueño de una inteligencia lúcida, cultura superior, experiencia de gobierno, condiciones de mando, un concepto de patria superior a los mezquinos intereses localistas de muchos, en fin, estas entre otras tantas cualidades. (También fue un gran lector, dueño de una gran biblioteca, y tradujo la _Divina Comedia_.) Destaca que bajo el precepto “debemos tomar a la República tal como la han hecho Dios y los hombres”, se propuso no cometer abusos desde su posición privilegiada. También opinó que “a un pueblo es necesario gobernarlo con los elementos que tenga, utilizando para el fin hasta los malos elementos en cuanto no comprometan lo mismo que se quiere salvar” (JLB, pp. 690 y 706). Pero el autor se pregunta por qué en los hechos Mitre no puso en ejecución esos principios hasta lo último, evitando así tantas injusticias y tanto derramamiento de sangre, y encuentra como respuesta que en lugar de la justicia y las normas permanentes de la democracia, privilegió sus ideas de progreso y bien público (construcción de ferrocarriles y colegios, por ejemplo). Se verá que la solución al conflicto con el interior durante su gobierno fue contraria a los principios de la justicia y de la democracia, imposibles de conciliar con una feroz y total hostilidad hacia la mayoría del pueblo argentino, con el propósito de hacer prevalecer una clase a costa de anular a otra, que era lo que en definitiva se buscaba. ¿Fue un error haberle otorgado a Sarmiento tanto poder en el interior? Dicen que no fue intención de Mitre una política tan radical con aquellos gobernadores y caudillos caídos en desgracia en las provincias, pero que debió ceder a la sed de venganza de quienes le pedían una dureza extrema; o mano dura, término tan familiar. Sigamos.

“CIENCIA Y PALO”

Lejos de compartir la idea de tomar a la República tal como la hicieron Dios y los hombres, Sarmiento le escribió a Mitre estas conocidas palabras después de Pavón: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos. (…) Urquiza debe desaparecer de la escena, cueste lo que cueste. Southampton o la horca. Deme un regimiento, no me desprecie como soldado.” (JLB, p. 690) Así se expresó antes de tomar posesión de la gobernación de San Juan, para más tarde desearle a Mitre que restablezca “en toda la República el predominio de la clase culta, anulando el levantamiento de masas”. En línea con la política de Rivadavia de 1826, le dijo también preferir la escuela de “ciencia y palo” y obtuvo todo lo que pidió para ir contra el gauchaje.

NADA DE PAZ: ¡SANGRE!

Ángel Vicente Peñaloza, conocido como el Chacho, fue una figura de enorme influencia en las provincias del norte. Combatió junto a Facundo Quiroga, fue muy querido por su pueblo y sobresalió por ser un hombre de bien, de esos que reunían en su persona aquellas cualidades del gaucho tan celebradas por los poetas. Tenía palabra, sumo valor y no llevaba a cabo acciones infames contra los vencidos en combate: antes que seguir la conocida costumbre de pasarlos a degüello, respetaba la vida de cada uno. De ninguna manera consta que haya sido analfabeto como han pretendido sus detractores, y aportamos el dato de que entre sus descendientes se cuenta una célebre educadora, la maestra Rosario Vera Peñaloza.
Desde los llanos de La Rioja, el Chacho les pidió a los hermanos Taboada (en el pasado hombres de Urquiza, luego partidarios de Buenos Aires) que pusieran fin a las hostilidades contra la mayoría del pueblo en las provincias del norte. No le hicieron caso y mientras tanto, con la ayuda del general Wenceslao Paunero, Sarmiento envió fuerzas para invadir Cuyo y llegó a San Juan, para “restablecer el predominio de la clase culta” y asumir la gobernación de un modo antidemocrático y respaldado por aquellos que hicieron de la conspiración y la fuerza su método para imponerse sobre las mayorías.
Precisamente aquí comienza uno de los más salvajes y sanguinarios capítulos de nuestra historia, que es el de la guerra total a los caudillos del interior, siendo el dramático caso del Chacho el más ilustrativo. Designado por Mitre como Comisionado en las Provincias del Norte, Marcos Paz llevó adelante esa guerra iniciada por los Taboada, con la ausencia del más mínimo indicio de justicia. Así se expresó en un periódico editado en Catamarca: “En este banquete de civilización y de principios, sólo se excluyen el poncho, el crimen, la barbarie, es decir, los caudillos”. Como observa JLB, el poncho, la prenda de los pobres, es asimilada al delito (pp. 700 y 701). Los protagonistas de la guerra contra los gauchos, encabezados por un Chacho cada vez más debilitado, fueron los oficiales uruguayos Wenceslao Paunero, Ambrosio Sandes, José Miguel Arredondo e Ignacio Rivas, y el argentino José Iseas.
Luego de la derrota sufrida por el Chacho por parte de Sandes en Salinas Grandes, un elevado número de prisioneros fue pasado a degüello, según la orden de Sarmiento de “pasar por las armas a todos los que encontrase con las armas en la mano”. Pero con la derrota de Iseas, el combate de Casas Viejas se resolvió a favor de los gauchos. Sin ánimos de venganza, el Chacho no fusiló un solo prisionero y hasta se planteó la posibilidad de hacer la paz. Paunero le mandó dos delegados que dieron fe de la buena predisposición del caudillo, sumado el detalle de que por su gran ascendencia entre las masas populares podía serle útil al gobierno: esas masas de ese gran sector del interior, eran más numerosas que los habitantes de las ciudades.
Firmado el tratado de paz de La Banderita, el Chacho se mostraba como garante del orden y la idea de que tanto él como sus hombres fueron hostilizados sin razón, se manifestó en la opinión de muchos. Fue un avance importante, pero muy frágil: Paunero le escribió al gobierno nacional que tanto los de Mendoza como Sarmiento, lejos de estar satisfechos con el acuerdo de paz, aún pretendían que el Chacho les fuera entregado muerto y colgado en alguna plaza. Ante un ensañamiento semejante, esa paz ilusoria no podía durar.

“MODERACIÓN” Y UNA “IRREGULARIDAD”

Mitre asume la presidencia de la nación el 12 de octubre de 1862. Sarmiento, desde San Juan, se larga a la persecución de gente derrotada a la que bajo el mote de “chusma”, acusa de estar al servicio del Chacho. Con el intento de pacificación reducido a nada, Paunero sostiene que la soberanía federal en la República era una quimera, porque todo se reducía a que cada gobernador opinara y manejara su provincia irresponsablemente, es decir, con mano dura; cuánta razón. El Chacho da su grito de rebeldía en defensa de las mayorías y señala como responsables del levantamiento de los pueblos a los nuevos gobernantes, que con su hostigamiento hicieron trizas las intenciones de pacificar el país. Sarmiento, que le pedía a Mitre un regimiento, obtuvo mucho más al ser designado Director de Guerra en el interior. ¿Un error del presidente de la nación, como opina Busaniche? Esperemos unas líneas antes de sacar conclusiones.
La represión brutal e inhumana que se desató desprestigió la presidencia de Mitre (otro factor de desprestigio fue la Guerra de la Triple Alianza), pero no fue otro que él mismo, el que impartió la instrucción a Sarmiento de que aquella debía ser una “guerra de policía”. La mayoría de los gauchos combatía con palos, frente a regimientos pertrechados con moderno armamento. La crueldad de Sandes daba que hablar y Sarmiento recomendaba: “Si (Sandes) mata gente, cállense la boca. Son animales bípedos de tan perversa condición que no sé lo que se obtenga con tratarlos mejor”. Y ordenaba acerca del trato al caído: “(luego de) la pena ordinaria de muerte que se ejecutará a tiro de fusil en la plaza principal de la ciudad, (deberá) ser descuartizado su cadáver y puesta su cabeza y cuartos en los diversos caminos públicos” (JLB, p. 709). Tal fue la carnicería humana, que Guillermo Rawson, Ministro del Interior, pidió “moderación” al enterarse de que a los prisioneros se les arrancaba la planta de los pies.
Si el saldo de la derrota del Chacho por Paunero en Córdoba, fue de 300 gauchos muertos contra sólo 14 del ejército del gobierno, la explicación está en la extrema dureza y desconsideración con la que se trató al vencido. Derrotado, inerme y refugiado en su rancho de Olta, el caudillo fue sorprendido en compañía de su familia por una partida al mando del mayor Irrazábal el 12 de noviembre de 1863. “¡¿Cuál de ustedes es el bandido Peñaloza?!”, gritó el oficial. El caudillo no terminó de decir “¡Yo, pero no soy ningún bandido…!”, cuando lo atravesaron con lanzas a la vista de todos los suyos. Sin la más mínima consideración ni siquiera con el cadáver, su cabeza fue colocada sobre un palo en el camino. Por orden de Sarmiento, su mujer fue conducida a pie, descalza y encadenada a San Juan, con el castigo humillante de tener que barrer una plaza. Pero ante tanta brutalidad, ni aquellos que formaban parte de la política oficial podían callarse, aunque solo fuera para pronunciar frías palabras, que distaron de tener la estatura de una condena. Rawson calificó al horrendo crimen del Chacho Peñaloza como una “irregularidad” (nuevamente la retórica unitaria) y se recuerda que Irrazábal, demente y aterrorizado en los últimos años de su vida, se sintió acechado por la sombra del Chacho.

EL DR. JECKYLL Y MR. HYDE

El “rigor formidable” contra el Chacho Peñaloza y su pueblo consolidó el triunfo de una oligarquía que llevaría a cabo políticas de Estado afines a sus intereses de clase. Una verdadera democracia, que conciliara la “civilización” con la “barbarie”, no era posible para quienes controlaban el país. (Más tarde se levantaría Felipe Varela y el suyo sería el último grito de rebeldía de las vencidas mayorías del interior.) Por su actuación Sarmiento pasó a ser muy mal visto entre la “clase inculta”: su jactancia pública luego de haber hecho decapitar al Chacho y a sus gauchos, provocó un rechazo popular muy grande. Como su presencia en San Juan era muy difícil de sostener, el Poder Ejecutivo lo envió a los Estados Unidos en calidad de Ministro Argentino.
Oficialmente, Bartolomé Mitre no se pronunció sobre la muerte del Chacho Peñaloza, pero le escribió a Sarmiento a título personal: “Por lo que respecta a sus apreciaciones, aún cuando comprendo la exactitud de sus vistas y todo el bien que ello ha de traer para la conservación del orden y la paz, no he podido prestar mi aprobación a tal hecho. Nuestro partido ha hecho siempre ostentación de su amor y respeto a las leyes y a las formas que ellas prescriben”.
Las cabales palabras de Mitre, tan correctas en lo político, jamás podrían haber sido pronunciadas en tono oficial, porque en lo más profundo las acciones de Sarmiento no contradecían una política de gobierno, cuyos métodos y finalidad ya conocemos; aunque en lo retórico el partido liberal ostentase su amor y respeto por las leyes. En tal caso esas acciones representaban el lado oscuro de una política, y Sarmiento era el hombre indicado para hacer un trabajo que Mitre jamás hubiese asumido en forma semejante. Ambos lograron un complemento perfecto gracias a sus diferencias, y el otorgamiento de tanto poder a Sarmiento, como propuso Busaniche, distó de ser un error: fue una decisión muy meditada y, al fin y al cabo, “la guerra de policía” fue ordenada por el mismo presidente de la República. Si especulamos con la dualidad de los seres humanos y jugamos con la idea de que dos individuos pueden hacer uno, podemos interpretar que el sanjuanino encarnó la parte oculta, sanguinaria y desmedida del porteño. Sarmiento fue Mitre. Luego de lo narrado, no es desacertado decir que fue su Mr. Hyde.

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Qué curioso y paradójico, que cuando Justo José de Urquiza le entregó a Bartolomé Mitre el triunfo que en la Batalla de Pavón correspondía al federalismo, entre las filas de Buenos Aires haya peleado el comandante Hilario Ascasubi, autor de _Santos Vega_. ¡Luego de cumplir la misión de contratar mercenarios europeos para matar gauchos argentinos! También es paradójico que entre la tropa del bando porteño se hayan contado, junto a los extranjeros, hermanos de aquellos gauchos. Y que con el grado de capitán haya participado Estanislao del Campo, el mismo que 5 años más tarde daría a conocer el _Fausto Criollo_. ¡Hasta la próxima!