Temas atrapados por el rabo
Primera entrega: ANIMALES EN EL TEATRO COLÓN

PRESENTACIÓN

Les acercamos una nueva serie por entregas que se extenderá a lo largo del año, y de seguro más. Concluida _Ópera por las Ramas_ llega _Temas Atrapados por el Rabo_. Reflexionaremos sobre algunos de esos temas huidizos que, cuando los creemos sujetos a nuestra voluntad, como si estuviesen impregnados de jabón se nos escapan de las manos. Luego vamos tras ellos, nos arrojamos a través del aire olímpicamente y los tomamos por el rabo (mientras que este no haya quedado enjabonado, claro) para reinstalar la discusión. Estos temas serán puestos en estado crítico y muchas veces llegaremos a conclusiones conocidas, pero en ese caso el acto de repensarlos justificará su abordaje. Ocasionalmente estas entregas seguirán la línea desarrollada en _Ópera por las Ramas_, pero en el futuro podrán tomar otros caminos que nada tienen que ver con el género operístico. Hecha esta breve presentación y con el deseo de que tengan una buena lectura, vayamos al encuentro de nuestro primer tema.


Comienza la primera de esta serie de entregas con una pregunta que luego de haberle dado respuesta, tarde o temprano nos encontramos con que lejos de haber quedado sellada, la discusión se vuelve a plantear. Así que debemos tomar el asunto por el rabo para repensarlo, porque una vez más surge la pregunta “¿Para quién es el Teatro Colón?”. Al fin y al cabo no descubriremos nada nuevo pero el medio para llegar a un punto que nos es familiar, puede resultar atractivo e interesante. Para disipar una vez más la cuestión recurramos en esta oportunidad a la novela escrita por Manuel Mujica Láinez en 1978 y publicada al año siguiente: _El Gran Teatro_. Ha dado lugar a este análisis (un complemento de su lectura) y si todavía no la leyeron pueden hacerlo: hace tres años apareció una edición a cargo de la Fundación Teatro Colón sólidamente encuadernada en tapas duras, con muy buen papel (bastante difícil de subrayar), acompañada por reproducciones de manuscritos del autor, bocetos de Héctor Basaldúa, fotografías de Gustavo Luque y excelentes dibujos de Sophie le Comte. (La pueden comprar en la tienda de souvenirs del Colón, que supongo estará ubicada en el Paseo de Carruajes; por las dudas aclaro: esto no es una publicidad encubierta, tampoco me dedico a pasarle chivos al Teatro Colón, ante el cual tengo una postura más bien crítica; será así porque con el tiempo me he venido a dar cuenta de que ocupa un lugar bastante importante en mi vida.)

GENTE BIEN

_El Gran Teatro_ parte de una idea original: hacer que transcurra a lo largo una representación de _Parsifal_ en el primer coliseo, función de Gran Abono, durante una fresca noche de fines del invierno y comienzos de la primavera de 1942. Una producción que tuvo lugar en la realidad y contó con la dirección musical de Fritz Busch, la puesta en escena de Otto Erhardt y un elenco en el que brillaron Lauritz Melchior (Parsifal), Herbert Janssen (Amfortas), Norman Cordon (Gurnemanz), Rose Bampton (Kundry), Vittorio Bacciato (Klingsor) y Juan Zanin (Titurel). Algo que se destaca con frecuencia en la prosa de Manucho (no seamos tan formales y nombrémoslo así, que era como lo llamaba todo el mundo), es su fascinación con el glamour de la aristocracia porteña de linaje hispánico-colonial, clase a la que él, descendiente del segundo fundador Juan de Garay, pertenecía legítimamente. Pero lo más importante es que superada la barrera de esa fascinación bastante frívola, se revela un agudo crítico de su propia clase social, un autorizado observador de esa oligarquía que en los tiempos por los que se sitúa la novela atravesaba su faz decadente: cada vez quedaba menos por vender o rematar y urgía salvar las apariencias: ningún lugar más indicado para montar ese show de la superficialidad que el interior del Teatro Colón, donde en platea y palcos tenía lugar un espectáculo paralelo, que en el ánimo de sus protagonistas relegaba a segundo plano lo que transcurría sobre el escenario.
Al leer un libro en el que un aristócrata habla de los aristócratas no se puede resistir la tentación (asumo que bastante poco original) de pensar en Marcel Proust para inmediatamente focalizar una diferencia sustancial entre ambos autores. El narrador proustiano narra desde la horizontalidad, cuando no desciende algún peldaño, y todos sus pensamientos y complejos desarrollos a partir de las sucesivas observaciones se basan en percepciones, interpretaciones de signos verbales y gestuales que lo llevan a desplegar sus ideas. Marcel el narrador conjetura, interpreta, supone, se autoconvence, pero eso que nos transmite a menudo no se enraíza en la rigurosa realidad sino que es una representación basada en sus personales percepciones: de otra manera no existiría _En busca del tiempo perdido_. En cambio, el narrador del _Gran Teatro_ se dirige a su lector desde la cima de su pirámide narrativa y no experimenta sorpresas, pues sabe todo hasta el último detalle de cada uno de los personajes y su omnisciencia no deja lugar a dudas de nada, al extremo de que por momentos no nos permite sacar conclusiones porque nos sirve en bandeja el dato preciso (es inútil que pensemos que Luis Moro pueda ser un buen poeta, porque él nos lo aclara de antemano). Todos los datos proporcionados son certeros e infalibles. Y ahora, que sabemos ante qué tipo de narrador nos encontramos, démosle la espalda a la calle Libertad, subamos la escalera de granito y, equipo de disección en mano, entremos al Colón.

AÑORANZAS POR EL VIEJO MUNDO

Parece inevitable que antes de visitar el Colón por primera vez, sepamos por boca de alguien que penetraremos en el interior de un recinto mágico donde la realidad del mundo no tiene cabida (por qué se debe contar eternamente con esa suerte de advertencia no lo sé; por cierto la idea es discutible y relativa, pero así nos lo propone el autor para introducirnos en un microcosmos fascinante por sí mismo). Intentemos hacer un ejercicio. Si el creador de esta novela no hubiese sido Manucho, un último indicio de realidad mundana, previo a traspasar el umbral del teatro y de dar comienzo a una trama literaria en la cual los paralelos con la trama wagneriana estarán presentes, podría haberse reflejado más o menos así: “antes de subir la escalera de granito la realidad cotidiana quedó atrás, en las palabras de dos señores que se preguntaban qué suerte correría el ex vicepresidente, ahora primer magistrado Ramón Castillo, y qué suerte correría el país mientras se preparaba un nuevo ‘fraude patriótico’. Acaso ignorantes de que en las sombras de los cuarteles un grupo de oficiales preparaba un golpe de Estado, los dos se perdieron con sus elucubraciones entre la bruma nocturna de Plaza Lavalle.” Pero Manucho no dice cosa semejante, sino “Antes de que se refugiara en el teatro, al que imaginó, por lo que oyera referir, como un recinto donde la maravilla imperaba y donde la cotidiana realidad no tenía acceso, esa realidad se despidió de él, por medio de un vendedor de periódicos, quien cruzó corriendo la invisible Plaza Lavalle y gritándole a la niebla que los alemanes y soviéticos combatían al oeste de Stalingrado” (_El Gran Teatro_, p. 10. Fundación Teatro Colón, 2011). (No pretendamos que el autor estuviera tan desvelado por la realidad política del país como para reflejarla en su novela, cuando que al igual que todas las personas cultas de su clase social su mente y su alma estaban más en Europa que por estas latitudes. A nadie más que a él se le podría haber ocurrido, por ejemplo, colocar en una antología de cuentos un texto en francés de 5 páginas llamado _Le royal Cacambo_ (en _Misteriosa Buenos Aires_, 1951, ediciones varias). Viene al caso recordar una filmación de los 60, donde el escritor firma autógrafos y lamenta que en la Argentina se esté tan lejos de todo; entiéndase que ese “todo” se encontraba, por ejemplo, en París. (La filmación aludida aparece mechada en La hora de los hornos de Pino Solanas y Octavio Getino y fue realizada en tiempos del general Onganía; digamos que el lamento de Manucho tenía sus buenas razones, porque las dictaduras además de devastarnos nos aislaron de unas cuantas cosas. Y a esto los intelectuales lo sufrieron, él también a pesar de su pertenencia social: mucho se ha hablado y escrito sobre _Bomarzo_, tema que excede este análisis.)
¿A quién se refiere el narrador al mencionar a ese que antes de refugiarse en el teatro escuchó los gritos del “vendedor de periódicos” con las noticias del combate en el frente oriental? (no pudo escribir “canillita”, antes que la palabra rioplatense prefirió “vendedor de periódicos”, ni siquiera de “diarios”; cosas de lo que se define como estilo literario…).

LA MALA PATA DE IR QUEDANDO PATO

“Una fauna exquisita y misteriosa dormía en las jaulas translúcidas, tan atrayente que Salvador no necesitó simular su interés. A medida que recorría la extraña exposición, fue descifrando los nombres poéticos, a los que acompañaban remotas fechas: laúd, viola, viola da gamba (dorada, cortesana), viola de ciego (con su labrado manubrio), mandolín, vihuela, pochette, tiorba, viola de amor… Lo cautivaron la perfección de las maderas rubias; las clavijas como joyas; los puentes incrustados de nácares y marfiles; los mástiles decorados; los arcos leves; porque él, en San Javier, rasgueaba más o menos una guitarra, parienta pobre de esos duques, de esos príncipes de las cuerdas musicales, pero parienta al fin, como él lo era de los Gonzálvez más soberbios.” (p. 12).
La fauna exquisita y misteriosa que dormía en las vitrinas de las alas laterales del foyer no es otra que la colección de instrumentos antiguos Fernández Blanco, y Salvador Gonzálvez es el héroe puro, el “Parsifal” del _Gran Teatro_. Si lo identifica con una guitarra criolla, parienta de esos instrumentos aristocráticos identificados en consecuencia con los soberbios parientes de Buenos Aires, es necesario dar una explicación. Salvador llega de la provinciana localidad de San Javier, en la cual reside con su familia, de alcurnia pero empobrecida por las adversidades del destino (llámese así a la mala administración de la riqueza familiar). Pertenece a la rama pobre de una arrogante estirpe (los “Gonzálvez más soberbios” padecen un estado financiero bastante crítico, cosa que sus miembros tratan de disimular y subsanar por todos los medios posibles), pero si en el futuro desea ser un caballero digno de portar el apellido de esos parientes porteños, el viaje a Buenos Aires, con la iniciación en el Teatro Colón, no puede faltar. Por lo tanto Salvador, con su místico y cristiano nombre, de quien desde el comienzo se puede pretender que a la manera de Parsifal ante la Hermandad del Grial haya llegado a la ciudad para redimir al apellido Gonzálvez de tantas faltas, no es “el otro”, un extraño en ese Monsalvat local que es el primer coliseo, sino el más puro y sano de su clase decadente. Acaso por esto se le perdona que su smocking esté mal cortado y que su sobretodo dé lástima. (En una entrega futura abordaremos el tema del “otro”, del “extraño” en el recinto del Teatro Colón, con un análisis del _Fausto_ de Estanislao del Campo.) Es interesante que la iniciación de un aristócrata crecido en el empobrecimiento tenga lugar en el interior del Gran Teatro y viene al caso un paralelo. Otro joven aristócrata de nuestra literatura, que en realidad no conoce su condición hasta que le es revelada al final de la novela que protagoniza junto a su maestro, es Fabio Cáceres, el aprendiz de arriero de _Don Segundo Sombra_ de Ricardo Güiraldes. Claro que Fabio es un personaje del siglo XIX, que en su viaje por unas pampas de pesadilla es iniciado en las cosas de hombres en el más gaucho sentido del término, para que de adulto y en plena posesión de su herencia sea un buen estanciero. En 1942 la oligarquía terrateniente está en decadencia, ya dilapidó la fortuna que supieron hacer sus mayores, los patrones de estancia como Fabio, que se deslomó, recorrió leguas a caballo y tuvo que aprender las tareas rurales casi como cualquier peón (al menos así se refleja en el ideal del buen estanciero que propone Güiraldes). Como se lee en _El Gran Teatro_ esa clase social en declive no sólo tiene que vender y rematar, sino que debe sentarse a negociar y mezclar su sangre con la de inmigrantes ultramarinos de apellidos italianos, para quedar más o menos en pie y no tener que irse con la cabeza gacha a vivir al Palacio de los Patos de la calle Ugarteche (aclaro que este último detalle no pertenece a la novela).
Llama la atención que Salvador sea de los pocos personajes que no cae en el zoomorfismo a la manera de las ilustraciones de J. J. Grandville, porque al describirnos al público del Colón, desde la platea hasta el paraíso, Manucho nos presenta grado a grado una especie de arca de Noé y logra que avanzado el texto nos sintamos como dentro de una gigantesca pajarera (en su zoológico abundarán aves de toda clase, además de cucarachas -los caballeros engominados de la platea, vistos desde arriba- y otras especies).

BESTIARIO

Los primeros zoomorfismos se plantean en dos personajes que se presentan a modo de infiltrados en la excluyente platea; estos sí son el “otro”, como en el viejo Colón de la Plaza de la Victoria lo fue el Anastasio el Pollo de Estanislao del Campo. Es claro que no pertenecen a la casta privilegiada de “tantos seres hermosos (que arriban) al Santuario Supremo de la Belleza, de la música y el lujo” y comenzamos por el Sapo. Se trata de un advenedizo y cholulo profesor que quiere penetrar en el mundo de la aristocracia porteña y está dispuesto a cualquier cosa con tal de obtenerlo, bajo el precio de caer repetitivamente en el ridículo y ser inmune al constante desprecio que le hacen sentir aquellos que lo ven como un extraño, fastidioso e indeseable. Este sapo de otro pozo pertenece a cierta aristocracia del interior del país y la tajante diferencia que la élite porteña hace con respecto a esa “casta menor”, nos recuerda al desprecio que los Guermantes proustianos sienten por la pequeña nobleza de la Francia rural (y que simultáneamente habrá sentido un desprecio aún peor, es fácil imaginarlo, por esa oligarquía sudamericana que tanto se esmeraba en imitarlos, y que por participar de sus tertulias haría las mismas cosas que hace el ridículo Sapo en la platea del Colón). En segundo lugar está la Rata. Su auténtico nombre (nunca sabremos el del otro infiltrado) es Yvette Truc, una culta profesora de francés con perfil bajo, que se especializa en literatura y se ocupa de hacernos saber que el primero en escribir sobre el caballero del Grial no fue el alemán Wolfram von Eschenbach, sino el francés Chrétien de Troyes, autor de _Perceval_. Sufre y siente cargo de conciencia por presenciar la música de Wagner -ante la que finalmente cae subyugada- mientras los alemanes ocupan Francia, y se escandaliza al enterarse de que en un palco hay un príncipe alemán partidario de Hitler. Mientras que el Sapo inspira rechazo, esta no es más que una “rata de biblioteca” que cuenta con la simpatía de los lectores; es la tía de Clara Musto, la estudiante que junto a Luis Moro ocupa su butaca de la galería alta; más adelante nos referiremos a ambos.
Si largamente comprobamos que quienes no pertenecen al mundo de los “seres hermosos” son animales, el zoomorfismo se irá desplazando: los aristócratas gradualmente harán sus mutaciones, preferentemente en aves de todo tipo. Doña Amelita Zúñiga de Castro (prima de María Zúñiga, la abuela de Salvador), quien con su séquito irrumpe una vez comenzada la función, es un águila real, perteneciente a una categoría superior del bestiario. (Llegó después y abandonará la sala horas más tarde y antes de finalizar el espectáculo, mediante una descripción que es desde el punto de vista literario lo más logrado de la novela: es notable cómo el ritmo de la prosa se corresponde con el de la música, dramático y desesperante; basta con un poco de imaginación para apreciarlo). En el bestiario de Manucho hay además una tortuga: “Turtle” Gregory, un anciano científico británico especialista en quelonios, y su compañera, un ibis del Nilo que no es más que una vieja actriz shakespeareana, en su juventud intérprete de Cleopatra. El príncipe nazi, flanqueado por dos pingüinos de anteojos oscuros, es un halcón. Tampoco falta la familia de los psitacoideos representada por la Señora Álvarez Mansilla, a la que el autor llama Antonieta Pico de Loro y no resiste hacer mención de su “nariz borbónica” (p. 50). (La ironía zoomórfica de Grandville llega a adquirir los tintes siniestros de Goya o Velázquez.)

ANIMALADAS

Con respecto al comportamiento de los “seres hermosos” en el interior de la sala, Manucho es claro y tajante. Jamás hubiese pasado por alto el mal eterno de quienes ruidosamente llegan después del comienzo y se van antes del final, y que contra toda disposición les es permitido el acceso a la sala. Es el cortejo de Doña Amelita, que ya mencionamos y que tanto fastidia al maestro Fritz Busch, que refunfuñará desde su podio y cerca del final de la función: “¡Estos argentinos, indigestados por sus pesos y su ignorancia!” (p. 204). (No es un detalle menor que Doña Amelita planee dar un baile para su sobrina y que dicho evento, de enorme trascendencia social, tenga muy ocupada y preocupada a la mayoría de los personajes de la novela, desde la agasajada hasta el pegajoso Sapo.)
Queda explícito que la visita al Colón para estos habitués de la platea y los palcos bajos está totalmente desvinculada de la ópera en sí. A modo de ejemplo, a los Gonzálvez _Parsifal_ les importa un pepino: “(…) lo mismo hubiese sido que cantasen cualquier obra: aún más, lo mismo hubiera sido concurrir al cine Ocean, a ver _La locura del jazz_, con Adolphe Menjou y Jackie Cooper, o al Teatro Nacional, donde estrenaban una revista con treinta estrellas” (p. 30). Más adelante se lee en palabras de Alejandro Gonzálvez: “esta noche voy a (sic) Colón. Vos sabés que detesto la música. Dan _Parsifal_, una lata” (p. 60). Así es como Manucho nos hace saber que en el más exclusivo sector del teatro se da cita un frívolo y numeroso núcleo, tan pendiente de sí mismo que a sus miembros nada les interesa el hecho artístico. La razón por la que allí se dan cita es puramente social, pero para no caer en la generalidad se hace la salvedad de un grupo de verdaderos melómanos que concurren a esas localidades, “unos cien”, ¡sólo cien amantes de la música en el más poblado sector del Colón! Sería muy desalentador pensar que tamaño edificio haya sido construido para recibir a tan reducido número de auténticos interesados en la ópera, y que la música sólo fuese un mero pretexto de reunión para una abrumadora mayoría de burros. Varios nos identificamos con las palabras que Manucho coloca en boca de Fritz Busch y el desaliento termina por ceder, si desde la platea alzamos la vista hacia lo más alto, que es donde se encuentra nuestro próximo objetivo: la galería.

¡FINALMENTE!

Por fin abandonamos el clima opresivo, frívolo e indiferente de la platea para recorrer las alturas, donde “(…) abundan los auténticos conocedores y valoradores de lo que en el escenario y en el foso de la orquesta transcurre, y en consecuencia dichas preocupaciones (las personales, C. R.) ceden, pasajeramente, merced al alivio que la música procura” (p. 103 y siguientes).
Líneas atrás mencioné a dos personajes: Luis Moro y Clara Musto, un par de aves livianas que encontraremos juntas y posadas cerca de la cúpula de la enorme pajarera. La razón por la cual Luis Moro está en la galería alta, entre el paraíso y la tertulia, no es exactamente su interés por la música wagneriana, a la cual hasta el momento desconoce. Está para observar, aunque sea desde lejos, a Alejandro Gonzálvez, que tanto lo ha hecho sufrir durante un breve vínculo desparejo, sufrido e histérico. Resulta evidente que por no pertenecer a la misma clase social de su ex amigo solo pudo comprarse una entrada allí “donde van los pobres y los que más aprecian la música” (p. 58). En ese sector se encontrará con Clara Musto, una compañera de la facultad, conocerá la música de _Parsifal_ y se convertirá en un wagneriano apasionado y sincero.
Es fácil ver en Clara Musto al arquetipo de esas chicas simpáticas y cargosas que estudian letras, que saben de todo un poco pero nada en profundidad, y que de manera abrumadora quieren demostrar cuánto conocen. Luis Moro es por sobre todo un poeta, poco amigo de la verborragia y no necesita ostentar lo que sabe: con vivir, sufrir y fascinarse con el arte le alcanza. El omnisciente Manucho esta vez no sentencia que el romance entre ambos tarde o temprano no prosperará, pero como observaba muy bien a los seres humanos nos da los elementos para deducir que esa relación no tendrá futuro. Además del tema de la identidad sexual del poeta, nada más reñido con la necesidad de silencio de un creador que el acoso de una cargosa que no para de hablar. Pero si de algo no deja margen de duda, es que allí arriba se encuentran los verdaderos amantes de la música. Si alguno como Luis apareció por razones ajenas, saldrá convertido y regresará una y otra vez.

***

_El gran teatro_ es un fresco minucioso de la oligarquía en su etapa decadente. De una oligarquía que bajo el largo impulso de la Generación del 80 construyó el Teatro Colón para usarlo como punto de encuentro y a la cual (salvo los escasos cien) nada le importa el hecho artístico que tiene lugar sobre el escenario, porque el espectáculo son ellos mismos con sus ostentaciones, apariencias, intrigas y miserias de toda clase. Podremos pretender que un muchacho del campo, puro por haber crecido lejos de tanta pobreza espiritual, aparezca allí para salvar a una familia que se va a pique en una Argentina de 1942, con perspectivas distintas a las de un pasado pródigo y despreocupado, y cuyas reglas de juego en pocos años cambiarán mucho. Pero nos preguntamos ¿es posible que Salvador redima a los suyos? Está tan avergonzado por el mal corte de su smocking y por el aspecto deplorable de su sobretodo barato, y a menudo en un estado tan crítico por sus jaquecas, que nos es lícito dudar de que sea capaz de realizar milagro alguno.
(Aclaración: mucho aparece aquí el apropiado término _oligarquía_. No es un invento de Juan Domingo Perón sino que fue acuñado por los griegos hace más de 2.300 años: el gobierno de unos pocos poderosos que pertenecen a una élite. Agrego que Perón tenía por costumbre leer con interés a los clásicos griegos y también aclaro, para los que piensen lo contrario, que no soy peronista.)
Con el transcurrir de las décadas sería inaceptable que un teatro de ópera haya sido construido nada más que para el uso social que pueda hacer de él una élite, a la manera de una suerte de sucursal del Jockey Club. Un teatro es por sobre todo un lugar donde se produce un hecho artístico destinado a un público que tiene la suficiente capacidad para disfrutarlo. De esto se muestra incapaz el grueso que se distribuye en lo más opulento y paradójicamente lo más bajo del interior del edificio. Que Salvador Gonzálvez siga con atención lo que pasa sobre el escenario, al punto de identificarlo con sus propias vivencias, no necesariamente implica que en él se haya revelado un melómano. En cambio, los verdaderos amantes del arte son, como ya lo dijo Manucho, y salvo unas pocas excepciones, los pobres de las alturas, las clases medias repartidas entre la cazuela y el paraíso, que justifican la existencia del lugar. El Colón es para Clara Musto, Luis Moro y quienes se les parecen, cultos, sensibles, con buen gusto y con una predilección bastante exclusiva por la herencia cultural traída del viejo mundo. Luis y Clara irán y vendrán por un tiempo, sin saber qué hacer de sus vidas y con la única certeza de su amor por la literatura, en especial la poesía, y la música. Al año siguiente él se fascinará con Tristan und Isolde, con el mismo tenor y el mismo director de _Parsifal_, y una deslumbrante Helen Traubel, y estará feliz porque la revista _Sur_ publicará alguno de sus poemas; antes de alzarse el telón y durante los intervalos, Clara le lanzará la perorata de las fuentes medievales que inspiraron el texto wagneriano y se enredará al mencionar a Schopenhauer. Pasarán los meses y sus encuentros se espaciarán hasta esfumarse entre las arboledas de Plaza San Martín. Pero puede que en un día de septiembre del 45, ambos se encuentren de casualidad en la Marcha de la Constitución y la Libertad. Como habrán hecho tantos jóvenes cultos de Buenos Aires habitués de nuestro Gran Teatro, sensibles, conocedores, con buen gusto y temerosos de que el destino latinoamericano los aísle de la siempre añorada Europa y arroje por el barro todos sus sueños.