Reflexiones de una espectadora
Para muchos de nosotros los teatros son templos sagrados. Allí suceden -cuando suceden- hechos sublimes momentos trascendentes que nos marcan y se quedan con nosotros para siempre. Sin embargo en esas mismas salas algunas conductas impropias conspiran contra el arte los artistas y la mayoría de los espectadores.

Borges solía repetir que si la lectura de un libro no lograba atraparnos al cabo de unas cuantas páginas, debíamos abandonarlo. Porque si eso ocurría, ese libro, simplemente, no era para nosotros. La sabia recomendación –no aplicable a los libros de estudio– apuntaba a rescatar algo tan esencial como el placer de la lectura.
Trasladar este concepto –y consejo– al terreno de la música y más precisamente al consumo de espectáculos tiene sus particularidades. Porque asistir a un concierto, ópera o ballet, constituye un fenómeno social bien diferente de la situación solitaria de la lectura.
Con todo, si en la oscuridad de la sala, al tiempo de comenzada una función nuestros pensamientos se alejan irremediablemente hacia otros universos, si el sueño nos invade o si, sencillamente, anhelamos estar en casa con el pijama puesto, la señal es inequívoca: la obra que presenciamos _es mala_ o simplemente _no es para nosotros_.
Es verdad que el acto de cerrar un libro o rebolearlo a solas es infinitamente más fácil que abandonar la butaca de un teatro. Pero como espectadores aburridos o decepcionados nos asiste el derecho de esperar al primer intermedio para enfilar calladamente hacia la puerta, ganar la calle, y con ella, una sana libertad.

Demasiadas veces tiene lugar en nuestros teatros un curioso fenómeno al término de las funciones. Cuando cae el telón, una parte del público, aún cuando había ofrecido su aplauso en cada intervalo y hasta había desgranando comentarios elogiosos en los intermedios, una vez finalizado el espectáculo abandona su butaca y el teatro con una premura desconcertante.
A menudo me quedo perpleja observando cómo los artistas que salen a saludar al final de una función reciben las espaldas de quienes, a esa altura, ya están recorriendo los pasillos en dirección a la puerta. ¿Por qué esos espectadores estarán tan apurados?, ¿por qué se privarán de aplaudir a los artistas?, ¿por qué se negarán a sí mismos esos instantes de alegría compartida en la sala? ¿Por qué dos o tres horas de un espectáculo se rifarán en dos o tres minutos, a la salida?- me he preguntado, una y otra vez.
La verdad, hubiera preferido no hallar las respuestas. Porque el “éxodo” al caer el telón, obedece a razones tan prosaicas como llegar primero al estacionamiento o a la mesa reservada en el restaurante…

“No les dé la espalda a nuestros artistas”

Buenos Aires Lírica, con cuyo presidente he compartido algunas de estas inquietudes, tomó la delantera y se propuso ¿concientizar? al público. Hace unos años imprimió un anatómico slogan que fue repartido en un volante en las funciones de la ópera. “No les dé la espalda a nuestros artistas”-apelaba a sus abonados, invitándolos a permanecer en la sala durante el saludo final.
Aunque es verdad que esta actitud varía en los diferentes teatros y abonos, su persistencia me ha decidido a publicar estas reflexiones como un modo de expresar mi solidaridad con los artistas y las instituciones organizadoras, con la ilusión de que los aludidos reflexionen y reviertan esa penosa costumbre.
¿Acaso hay algo más reconfortante que la expresión de nuestro entusiasmo y reconocimiento cuando hemos recibido lo mejor de un artista?

“Sus caramelos, desenvuélvalos ahora”

Debo reconocer que soy sensible a los murmullos, cuchicheos y otras yerbas que se prodigan en las salas de conciertos y me distraen la atención. Pero confieso que esa ceremonia interminable de desenvolver un caramelo bajo el anonimato de la sala oscura y en la falsa creencia de que la lentitud morigera el ruido, me despierta los peores instintos. ¿¡Existe algo más molesto que esa eterna fritura del celofán conspirando contra una bella melodía o un diálogo!?
Quizá me tilden de exagerada, pero hay cosas que no tienen vuelta atrás: lo que no nos dejaron escuchar, se perdió para siempre.
Otra vez, Buenos Aires Lírica se propuso “hacer docencia”. Una voz en off repite no sin un toque de humor, al comienzo de sus funciones: “Sus caramelos, desenvuélvalos ahora”. Esta campaña, al parecer, ha tenido algo más de éxito. Y para reforzarla, como un pequeño aporte, recordemos que existen pastillas que no llevan envoltorio y vienen en cajitas. Sería cuestión de elegir.

Maldita tos

No se queda atrás la tos en la lista de molestias y, para colmo, tiene el penoso agravante del contagio. Empieza uno, sigue otro, y en un rato se ha formado un coro. Existen los pañuelos, existen las pastillas de menta (en cajita), existe la autocensura y, si uno está enfermo, existe la posibilidad de quedarse en casa.
Aclaremos que el fenómeno de la tos contagiosa es tan fastidioso como internacional. Hace un tiempo leí una curiosa noticia en Internet: “La Organización Mundial de la Salud propone la ‘pausa dramática en un espectáculo teatral’ como causa de tos junto a la bronquitis, el tabaquismo o la alergia”. La información remitía a la CIE-10 (Clasificación Internacional de Enfermedades, décima versión).
Pero en dicha clasificación, como me figuraba, no aparece la “tos del teatro” ¿Una fuente apócrifa para hacer una broma? ¿Una manera ingeniosa de hacer catharsis? ¡Espero que no lo tomen como argumento los eternos tosedores!

Les recordamos apagar sus celulares

Teléfono móvil, celular, portable o smartphone, llámese como se llame, el aparatito que tanto nos facilita la vida, es el enemigo número uno de las salas de conciertos. Con una frase en el programa de mano, con una voz en off antes de que se abra el telón, la mayoría de los teatros previene a los espectadores de posibles olvidos: “Les recordamos apagar sus celulares”. Pero a pesar de las recomendaciones, sonidos electrónicos cada vez más hostiles y sofisticados irrumpen en las funciones para arruinar un momento musical, poner a prueba la concentración e irritar a todos.
¿Qué más se puede hacer que lo que ya se hace? ¿Multar al portador del celular encendido? ¿Suspender su entrada a la sala?
La exhortación repetida, escrita y pronunciada, leída y escuchada en nuestro idioma, no es suficiente…
Algunos parecen no entender que las salas son lugares sagrados y que al momento de franquear la puerta de un teatro y tomar asiento en una butaca, ingresamos a un mundo donde nuestro compromiso absoluto es con el arte.
Para esos pocos que molestan a otros muchos, para esos espectadores, el reclamo es muy simple. Se trata de educación. Nada más.