Ópera por las ramas
Última entrega: LÁGRIMAS POR FLORENCIA

Recordaremos el 1° de septiembre de 2013 como el día en que nos dejó Florencia Fabris. Siempre lo haremos con sabor amargo porque no solo fue una cantante extraordinaria, sino un ser admirable de quien no me he cansado de decir que era la mejor en más de un sentido. Quienes propalaron frases hechas a través de algunos medios, la definieron como una “promesa de la lírica”. Pero esto no fue más que una de las tantas cosas cuestionables que circularon en torno a su triste muerte: ya no era una promesa porque entre 2009 y 2010 se convirtió en una de las más deslumbrantes artistas surgidas en nuestro medio; sepan que una “promesa” no puede afrontar exitosamente esos desafíos que le merecieron el reconocimiento del público y una absoluta confianza por parte de algunos organizadores (cuando decimos “promesa” nos referimos exclusivamente a principiantes notables, que pueden resultar exitosos o quedar en el intento).
A los 38 años, Flor podía estar segura de ser una artista hecha y recibida sobre las tablas del escenario (diplomas aparte, ¿dónde si no allí un artista se convierte en tal?), que comenzaba a dar sus mejores frutos gracias a un trabajo serio y constante, y los lectores, que la habrán admirado y ovacionado durante tantas veladas, merecen enterarse de algunas cosas. Fue la protagonista de funciones inolvidables y ella es la primera que hubiese merecido mucho más, pero a veces se imponen hechos tan tremendos como inexplicables: así son las muertes jóvenes.

PASOS

Luego de haber integrado el Coro de Niños del Teatro Colón, Flor se fue a vivir a Roma. Allí estudió en un colegio secundario con orientación artística y realizó estudios musicales y vocales en la Accademia di Santa Cecilia, de la que fue egresada. La base de su técnica la adquirió con Romualdo Savastano, sin dejar de mencionar esos broches de oro que son las _masterclasses_, en su caso bajo la guía de la Freni, la Scotto, la Serra y Gianni Raimondi. Llegó a integrar el coro de la Ópera de Roma y de regreso a la Argentina al promediar la década pasada, se propuso iniciar aquí su carrera como solista mientras cursaba la Maestría en Canto Lírico en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. Simultáneamente entró al Coro Estable de esa casa como parte de la cuerda de sopranos (pertenecer al coro de un organismo oficial es algo que da cierta tranquilidad económica, porque los sueldos no son malos y representan un ingreso mensual: la amplia mayoría de los solistas argentinos se reparte entre los coros Polifónico, del Teatro Colón o del Argentino de La Plata, y son verdaderamente muy pocos los que pueden dedicarse a ser solistas _full-time_). En su constante búsqueda de la autosuperación estudió repertorio con Susana Cardonnet y mientras se perfeccionaba bajo las enseñanzas del maestro Horacio Amauri-Pérez, gracias a quien adquirió una solidez técnica admirable, no tardaron en aparecer los primeros trabajos relevantes. Así fue Leonora en _Il trovatore_ y Abigaille en _Nabucco_, ambos en 2009 en el Teatro Argentino como segundo elenco (esto es: alternando funciones con la titular principal).
Si pondré énfasis en lo que escribiré a continuación, no es por otra cosa que por reflejar la verdad. El reconocimiento del Argentino hacia Flor fue valioso, pero si existe una institución que supo otorgarle un lugar protagónico absoluto, esa no fue otra que Buenos Aires Lírica. Allí, entre 2010 y 2013 y sobre el escenario del Teatro Avenida, protagonizó _Madama Butterfly_ (2010), Belisario (2010), _Suor Angelica_ y _Pagliacci_ (2011), Norma (2012) y _Lucrezia Borgia_ (2013). Algunos de estos títulos fueron pensados especialmente para ella y es necesario hacer saber que en la faz incipiente de su carrera, hubo alguien que supo reconocer su enorme valor e impulsar su entrada a BAL con total incondicionalidad. Me refiero al Mtro. Carlos Vieu. De las personas que juegan un papel destacado en el campo de la música, él mejor que nadie supo vislumbrar y entender semejantes cualidades, y gracias a ese voto de confianza Buenos Aires Lírica se convirtió en el hogar artístico de Flor.
Otras actuaciones en el Argentino fueron como Samaritana en _Francesca da Rimini_ (2010), Cio-Cio San e Isabel de Valois en el estreno en el país de la versión original de Don Carlos (ambas en 2011, también como segundo elenco). Y cómo no subrayar que se le comenzaba a abrir el panorama internacional, cuando André Heller-Lopes la invitó a cantar en versión de concierto dos óperas brasileras en italiano: _Jupyra_ de Francisco Braga y _Moema_ de Delgado de Carvalho (julio de 2013). Fue junto a la Orquesta Sinfónica Brasilera en el Teatro Municipal de Río de Janeiro, con la dirección de Silvio Viegas y una excelente respuesta del público.
De sus trabajos realizados para BAL, dos tuvieron para ella un especial significado. Uno fue _Madama Butterfly_, donde la experiencia con la _régisseuse_ Crystal Manich fue reveladora y crucial, porque sin dudas le permitió por primera vez desplegar su enorme potencial actoral. El otro fue _Lucrezia Borgia_, en el cual el trabajo con el _régisseur_ Tomer Zvulun también fue altamente enriquecedor: aseguraba que ambos fueron los mejores directores de escena con los que le tocó trabajar.
¿Y qué pasó con el Teatro Colón? Esto merece un parágrafo aparte.

UN RECONOCIMIENTO QUE NO FUE

Los coros se componen de alrededor de unas 80 personas entre las que hay todo tipo de seres humanos. La mayoría son coreutas a pleno pero otros no, porque desarrollan carreras solistas. Hay entre ellos gente bien intencionada, que se alegra cuando a un compañero que canta solo le va bien, y otros que no toleran que algunos puedan desarrollar en paralelo el tipo de carreras que a ellos les hubiese gustado, pero que no pudieron. A la hora de los permisos artísticos los enemigos de los coreutas-solistas no son las autoridades de los teatros, sino quienes con envidia hacen todo lo posible para poner palos en las ruedas a esos compañeros que, además, brillan por sí mismos y enriquecen el nivel del medio musical. La maldad a unos les resbala, pero a otros no. Una noche del año 2009 Flor me llamó por teléfono muy preocupada, porque un compañero del coro le había transmitido la “decisión” de BAL de contratar para _Madama Butterfly_ a otra soprano en lugar de ella; por supuesto, algo completamente falso. Días atrás, alguien que me merece confianza y cuyo nombre prefiero callar, me escribió para contarme que ese contrato para cantar _Butterfly_ con nosotros, tuvo que ver con su decisión de renunciar al coro del Teatro Colón y ser solista _full-time_. Ella no estaba dispuesta a soportar inquinas, con las preocupaciones de su vida le era suficiente, y eligió jugarse por su carrera de solista. Dio lo mejor sobre el escenario de BAL y en el Argentino tuvo el privilegio de ser segundo elenco de excelentes artistas y compañeras como Daniela Tabernig y Carla Filipcic-Holm. Pero el Colón no supo darle el reconocimiento que ella tanto esperaba: siempre le tocó ser cover de otras sopranos no necesariamente mejores, acaso por el pecado de ser argentina y talentosa, vaya a saber. Su último trabajo allí fue como cover de Desdemona en el _Otello_ de José Cura, con una alta demanda de horas de ensayos durante semanas (en las fotos del _backstage_ publicadas en el programa de mano y en la revista institucional se la ve a ella), mientras se definía si Barbara Frittoli venía al país o no. El trabajo fue tan arduo que era lógico pensar que al menos se le concediera una función, pero finalmente continuó en el banco suplente y tras la cancelación de la Frittoli debió cubrir a Carmen Giannattasio, una buena cantante, sí, pero no mejor que ella: lástima que todos nos hayamos perdido la ocasión de admirar la que de seguro habría sido una Desdemona estupenda. Mucho peor aún: lástima que se lo haya perdido ella.
Lo único que cantó como titular en el escenario del teatro más importante de Sudamérica fue un papel “de ocho compases”, como ella misma lo definió, en _Die Frau ohne Schatten_ (junio de 2013). Por eso no puede menos que sorprender el comunicado enviado por la oficina de prensa el lunes 2 de septiembre, donde se lee: “De constante presencia en las últimas temporadas del Teatro Colón, su última presentación en la sala había sido en _La mujer sin sombra_, en el papel de Espíritu”. Señores: si decimos “constante presencia en las últimas temporadas” y “su última presentación en la sala”, no nos referimos al banco suplente, de lo que nadie se entera, sino a una asidua actividad sobre las tablas y ante el público, que es como se enriquece un cantante, y esto a Flor el primer coliseo se lo negó. Encima, hacia el final del texto enviado por correo electrónico, cuando se menciona que “protagonizó roles principales en distintos escenarios de la Argentina” (sic), se detallan sus intervenciones en las temporadas del Teatro Argentino y de Buenos Aires Lírica. ¿Fue un descuido, fue a propósito, fue porque hay frases hechas tan arraigadas que se recurre a ellas sin siquiera pensarlo? No se mencionan en primer lugar otras actuaciones en el escenario del Colón, que es lo que hubiese correspondido, porque además del “rol de ocho compases” en _Die Frau ohne Schatten_ no existieron. Y si se quiso referir su labor dentro del Coro Estable, estamos entrando en el terreno de la falacia.

*

Soy de los que estamos convencidos de que la razón de la muerte de Flor no fue ajena a sus preocupaciones cotidianas, producto de la dificultad de ser solista y nada más que solista, con los sobresaltos que esto trae en el plano económico mientras que día a día se lucha por el espacio propio. Era una madre que se ocupaba prácticamente sola de dos hijos pequeños, y las presiones pueden hacer mucho para atentar contra la salud de cualquiera. (¡Qué acierto el título elegido por Luciano Marra de la Fuente para la entrevista que le hizo para Cantabile en ocasión de su Norma: “Madre soprano”!) A aquellos coreutas que incapaces de ceder a su propio resentimiento, dicen de otros compañeros que tienen las oportunidades que ellos nunca tuvieron: “¡No no no, que elija, no se puede estar en el coro y pretender permisos para ir a cantar por ahí!”, les recomiendo que la próxima vez que estén a punto de derramar su veneno, recuerden a Flor y el precio que debió pagar por renunciar a la seguridad del Coro.

EN LOS MEDIOS

No dije al comienzo de esta entrega que Flor falleció en una clínica de Mendoza, a causa de un ACV que se le declaró mientras cantaba su amado _Requiem_ de Verdi en el Auditorio Juan Victoria de San Juan. Desde ese momento y al menos por 48 horas, el tema ACV se instaló en la agenda de los medios de una manera no digamos excluyente, pero sí muy acentuada y acaparadora de los espacios.
Es muy triste que antes de la desgracia, a ningún editor de alguna sección de espectáculos se le haya ocurrido, por ejemplo, destacar en alguna portada del día la existencia entre nosotros de semejante artista (aunque las obligadas críticas hayan acostumbrado a tratarla bien, ese reconocimiento no hubiese estado de más). Tampoco se le ocurrió a ningún canal de TV hacerle alguna nota, oportunidades no faltaron. En cambio, la hicieron fugazmente famosa ante ciertas mayorías que nada tienen que ver con el mundo de la música, valiéndose del hecho más triste de su vida; no se merecía que la “convirtiesen en noticia” de esa manera vil.
Los canales de noticias y algunos sitios electrónicos se explayaron sobre el tema con un estilo lamentable y sensacionalista que no será novedad, pero que cuando nos toca de cerca nos indigna y nos hiere en la intimidad. Esto fue el comentario de muchos cantantes y gente del medio musical, que no escaparon a la indignación en medio del dolor.
Di con la primera manifestación de esta seguidilla del mal gusto gracias a La Nación Online, a través de un titular aparecido alrededor del mediodía del 3/9 en el que se podía leer: “El momento en el que la soprano Florencia Fabris sufrió un ACV sobre el escenario – Ver video en la nota”. No voy a hablar sobre la tinellización que La Nación ha sufrido con los años a pesar de conservar excelentes firmas (esto ha sido mencionado en una entrega anterior), pero no dejo de señalar el perverso criterio que llevó a algún editor funcional a las peores modalidades, a colgar ese video que algún aficionado tomó en la sala de conciertos sanjuanina. La filmación se pasó hasta el hartazgo por cuanto canal televisivo y sitio de internet se pudo, y en ella se muestra a Flor cantando hasta último momento, cuando vencida por el dolor se retira del escenario en compañía de la mezzosoprano Romina Pedrozo. Inmediatamente el video apareció en el portal de Yahoo! hacia las 5 de la tarde de ese mismo día, junto a otras noticias como el extraño esqueleto de un animal hallado en Iowa, las peleas conyugales de algún famoso, el pie más feo del mundo o las caderas de Jennifer López. Quienes dirigen estas operaciones son capaces de igualar un momento fatal con lo más bizarro o intrascendente, y de explotarlo como un fenómeno efímero que por algunos segundos podrá despertar la atención de las mentes más dóciles y signadas por la mediocridad.
Pero si entre los centenares de comentarios de lectores predominaron las protestas y la desaprobación hacia el video colgado por La Nación Online, los responsables deberían preguntarse si en realidad la gente pide este tipo de material: muchos sí, pero felizmente muchos no. Esto nos hace pensar que no todo está tan mal, a pesar de que la banalización a la que se someten la desgracia y el dolor lleve la delantera.
La Nación no solo trató el tema desde el amarillismo. A la semana de la muerte de Flor, Hugo Beccacece abordó el asunto desde el lugar que le toca, que es el de un periodista especializado en cuestiones culturales. Lástima que lo que podría haber sido un digno homenaje, falló en su enfoque.
El artículo se titula _Vivir y morir en escena_ y salió publicado el domingo 8 de septiembre. Comienza con la mención del vínculo trágico entre la belleza y el arte, para luego pasar a esas historias en las que “el momento de mayor esplendor de un artista coincide con su locura, su inmediata decadencia o su destrucción”. Enumera entre otros conocidos casos los de Vincent van Gogh, Vaslav Nijinsky, Billie Holiday, Marilyn Monroe o Jim Morrison y dice: “La secuencia triunfo y caída es frecuente en la trayectoria de innumerables artistas. La sed de absoluto y la necesidad de fundar un nuevo lenguaje que enloquecieron a Nikinsky, también están en el jazz de Charlie Parker. Julio Cortázar retrató de un modo notable a ese tipo de creador maldito en el cuento _El perseguidor_.” […] “En algunos casos, la depresión y el narcisismo se conjugan de un modo dramático, más allá del valor y la jerarquía de lo creado. El cantautor italiano Luigi Tenco se presentó al Festival de San Remo de 1967 con _Ciao amore, ciao_. Cantó el tema acompañado por su amante, la hermosa Dalida. No tuvieron éxito y, contra lo esperado, ni siquiera llegaron a la ronda final. Tenco volvió al hotel y se mató.”
Si la idea fue hablar del vínculo trágico entre la belleza y el arte, con la mención de aquellos cuyo momento de esplendor coincidió con su locura, inmediata decadencia y destrucción, hacerlo a partir del caso de Flor fue desafortunado. Porque no fue ni una artista maldita a la manera de los mencionados, ni una autodestructiva, ni una drogadicta, ni una loca, ni una suicida (esto, con todo respeto hacia los artistas que se nombran líneas arriba); aunque no haya sido la intención de Beccacece que se piensen semejantes cosas acerca de nuestra soprano, pues no dudo de las buenas intenciones de la nota, en tal contexto es imposible no asociar, para comprobar de inmediato el error de un enfoque donde las comparaciones resultan insostenibles. El final de Flor no estuvo signado por una eterna agonía, a modo de quien en el momento más prodigioso de su arte se mata lenta y cotidianamente, hasta aparecer muerto en la bañera de un hotel; tampoco se desquició por buscar lo absoluto, ni se conjugaron en ella el narcisismo con la depresión. Se pueden escribir infinitas páginas sobre ciertos temas y los grandes misterios seguirán sin develarse, pero a partir de Flor como caso fundamental no, no es una elección feliz. Lo suyo fue un accidente y como tal llegó sin avisar (parece mentira tener que aclararlo). Es muy probable que cuando todo comenzó en la noche del 30 de agosto en el Auditorio de San Juan, no haya tenido conciencia de que ese incisivo dolor de cabeza era el preludio a su muerte. Simplemente juntó fuerzas cerca del final del concierto y cantó hasta lo último, porque su voluntad de acero y su físico se lo permitieron: eso se llama profesionalismo. Reducir tal actitud de compromiso a mero narcisismo, como se expresó en una carta de lectores en respuesta a la nota en cuestión, pone de manifiesto una falta de comprensión asociada a esa costumbre insana de juzgar y sentenciar, con saña e ignorancia. (En realidad, varios de los que se lanzaron a opinar no tienen idea de quién era Flor.)

REQUIEM PARA FLOR

Cuando falleció el escritor Alessandro Manzoni, Verdi quedó perplejo y desesperado ante el hecho de que la muerte haya apagado a un ser humano extraordinario, y le escribió su _Messa di Requiem_. Flor falleció a horas de haber cantado el _Requiem_ de Verdi y muchos de nosotros, con perplejidad y desesperación, también nos hacemos preguntas que no tienen respuesta. Algunos dicen que los seres humanos que cumplieron su misión en el mundo, nos abandonan y gozan de su descanso en el más allá. Sí, hay quienes nacen con una misión, y en el caso de Flor esa misión quedó trunca. El viernes siguiente al triste suceso, se cantó el _Requiem_ de Verdi en el Auditorio de Belgrano con Soledad de la Rosa, Cecilia Díaz, Darío Volonté y Lucas Debevec junto al Coro Polifónico y la Sinfónica Nacional. Dirigió Carlos Vieu y la función estuvo dedicada a Flor. Nos queda el recuerdo que siempre vivirá en nosotros, unido a un enorme sentimiento por haber conocido a esta artista y mujer extraordinaria.

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_Jamás se me hubiese ocurrido fantasear con que Ópera por las Ramas se despediría de sus lectores con un tema así. Tres años han sido suficientes y lo que en algún momento pensé como tema de cierre para este ciclo de catorce entregas, se podrá abordar en un futuro: nunca es tarde para ciertas cuestiones, bajo el formato que sea. Hoy se terminan las “ramas” pero el año próximo vendrán nuevos espacios dedicados a la reflexión. Hasta entonces._

Recordaremos el 1° de septiembre de 2013 como el día en que nos dejó Florencia Fabris. Siempre lo haremos con sabor amargo porque no solo fue una cantante extraordinaria, sino un ser admirable de quien no me he cansado de decir que era la mejor en más de un sentido. Quienes propalaron frases hechas a través de algunos medios, la definieron como una “promesa de la lírica”. Pero esto no fue más que una de las tantas cosas cuestionables que circularon en torno a su triste muerte: ya no era una promesa porque entre 2009 y 2010 se convirtió en una de las más deslumbrantes artistas surgidas en nuestro medio; sepan que una “promesa” no puede afrontar exitosamente esos desafíos que le merecieron el reconocimiento del público y una absoluta confianza por parte de algunos organizadores (cuando decimos “promesa” nos referimos exclusivamente a principiantes notables, que pueden resultar exitosos o quedar en el intento).
A los 38 años, Flor podía estar segura de ser una artista hecha y recibida sobre las tablas del escenario (diplomas aparte, ¿dónde si no allí un artista se convierte en tal?), que comenzaba a dar sus mejores frutos gracias a un trabajo serio y constante, y los lectores, que la habrán admirado y ovacionado durante tantas veladas, merecen enterarse de algunas cosas. Fue la protagonista de funciones inolvidables y ella es la primera que hubiese merecido mucho más, pero a veces se imponen hechos tan tremendos como inexplicables: así son las muertes jóvenes.

PASOS

Luego de haber integrado el Coro de Niños del Teatro Colón, Flor se fue a vivir a Roma. Allí estudió en un colegio secundario con orientación artística y realizó estudios musicales y vocales en la Accademia di Santa Cecilia, de la que fue egresada. La base de su técnica la adquirió con Romualdo Savastano, sin dejar de mencionar esos broches de oro que son las _masterclasses_, en su caso bajo la guía de la Freni, la Scotto, la Serra y Gianni Raimondi. Llegó a integrar el coro de la Ópera de Roma y de regreso a la Argentina al promediar la década pasada, se propuso iniciar aquí su carrera como solista mientras cursaba la Maestría en Canto Lírico en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. Simultáneamente entró al Coro Estable de esa casa como parte de la cuerda de sopranos (pertenecer al coro de un organismo oficial es algo que da cierta tranquilidad económica, porque los sueldos no son malos y representan un ingreso mensual: la amplia mayoría de los solistas argentinos se reparte entre los coros Polifónico, del Teatro Colón o del Argentino de La Plata, y son verdaderamente muy pocos los que pueden dedicarse a ser solistas _full-time_). En su constante búsqueda de la autosuperación estudió repertorio con Susana Cardonnet y mientras se perfeccionaba bajo las enseñanzas del maestro Horacio Amauri-Pérez, gracias a quien adquirió una solidez técnica admirable, no tardaron en aparecer los primeros trabajos relevantes. Así fue Leonora en _Il trovatore_ y Abigaille en _Nabucco_, ambos en 2009 en el Teatro Argentino como segundo elenco (esto es: alternando funciones con la titular principal).
Si pondré énfasis en lo que escribiré a continuación, no es por otra cosa que por reflejar la verdad. El reconocimiento del Argentino hacia Flor fue valioso, pero si existe una institución que supo otorgarle un lugar protagónico absoluto, esa no fue otra que Buenos Aires Lírica. Allí, entre 2010 y 2013 y sobre el escenario del Teatro Avenida, protagonizó _Madama Butterfly_ (2010), Belisario (2010), _Suor Angelica_ y _Pagliacci_ (2011), Norma (2012) y _Lucrezia Borgia_ (2013). Algunos de estos títulos fueron pensados especialmente para ella y es necesario hacer saber que en la faz incipiente de su carrera, hubo alguien que supo reconocer su enorme valor e impulsar su entrada a BAL con total incondicionalidad. Me refiero al Mtro. Carlos Vieu. De las personas que juegan un papel destacado en el campo de la música, él mejor que nadie supo vislumbrar y entender semejantes cualidades, y gracias a ese voto de confianza Buenos Aires Lírica se convirtió en el hogar artístico de Flor.
Otras actuaciones en el Argentino fueron como Samaritana en _Francesca da Rimini_ (2010), Cio-Cio San e Isabel de Valois en el estreno en el país de la versión original de Don Carlos (ambas en 2011, también como segundo elenco). Y cómo no subrayar que se le comenzaba a abrir el panorama internacional, cuando André Heller-Lopes la invitó a cantar en versión de concierto dos óperas brasileras en italiano: _Jupyra_ de Francisco Braga y _Moema_ de Delgado de Carvalho (julio de 2013). Fue junto a la Orquesta Sinfónica Brasilera en el Teatro Municipal de Río de Janeiro, con la dirección de Silvio Viegas y una excelente respuesta del público.
De sus trabajos realizados para BAL, dos tuvieron para ella un especial significado. Uno fue _Madama Butterfly_, donde la experiencia con la _régisseuse_ Crystal Manich fue reveladora y crucial, porque sin dudas le permitió por primera vez desplegar su enorme potencial actoral. El otro fue _Lucrezia Borgia_, en el cual el trabajo con el _régisseur_ Tomer Zvulun también fue altamente enriquecedor: aseguraba que ambos fueron los mejores directores de escena con los que le tocó trabajar.
¿Y qué pasó con el Teatro Colón? Esto merece un parágrafo aparte.

UN RECONOCIMIENTO QUE NO FUE

Los coros se componen de alrededor de unas 80 personas entre las que hay todo tipo de seres humanos. La mayoría son coreutas a pleno pero otros no, porque desarrollan carreras solistas. Hay entre ellos gente bien intencionada, que se alegra cuando a un compañero que canta solo le va bien, y otros que no toleran que algunos puedan desarrollar en paralelo el tipo de carreras que a ellos les hubiese gustado, pero que no pudieron. A la hora de los permisos artísticos los enemigos de los coreutas-solistas no son las autoridades de los teatros, sino quienes con envidia hacen todo lo posible para poner palos en las ruedas a esos compañeros que, además, brillan por sí mismos y enriquecen el nivel del medio musical. La maldad a unos les resbala, pero a otros no. Una noche del año 2009 Flor me llamó por teléfono muy preocupada, porque un compañero del coro le había transmitido la “decisión” de BAL de contratar para _Madama Butterfly_ a otra soprano en lugar de ella; por supuesto, algo completamente falso. Días atrás, alguien que me merece confianza y cuyo nombre prefiero callar, me escribió para contarme que ese contrato para cantar _Butterfly_ con nosotros, tuvo que ver con su decisión de renunciar al coro del Teatro Colón y ser solista _full-time_. Ella no estaba dispuesta a soportar inquinas, con las preocupaciones de su vida le era suficiente, y eligió jugarse por su carrera de solista. Dio lo mejor sobre el escenario de BAL y en el Argentino tuvo el privilegio de ser segundo elenco de excelentes artistas y compañeras como Daniela Tabernig y Carla Filipcic-Holm. Pero el Colón no supo darle el reconocimiento que ella tanto esperaba: siempre le tocó ser cover de otras sopranos no necesariamente mejores, acaso por el pecado de ser argentina y talentosa, vaya a saber. Su último trabajo allí fue como cover de Desdemona en el _Otello_ de José Cura, con una alta demanda de horas de ensayos durante semanas (en las fotos del _backstage_ publicadas en el programa de mano y en la revista institucional se la ve a ella), mientras se definía si Barbara Frittoli venía al país o no. El trabajo fue tan arduo que era lógico pensar que al menos se le concediera una función, pero finalmente continuó en el banco suplente y tras la cancelación de la Frittoli debió cubrir a Carmen Giannattasio, una buena cantante, sí, pero no mejor que ella: lástima que todos nos hayamos perdido la ocasión de admirar la que de seguro habría sido una Desdemona estupenda. Mucho peor aún: lástima que se lo haya perdido ella.
Lo único que cantó como titular en el escenario del teatro más importante de Sudamérica fue un papel “de ocho compases”, como ella misma lo definió, en _Die Frau ohne Schatten_ (junio de 2013). Por eso no puede menos que sorprender el comunicado enviado por la oficina de prensa el lunes 2 de septiembre, donde se lee: “De constante presencia en las últimas temporadas del Teatro Colón, su última presentación en la sala había sido en _La mujer sin sombra_, en el papel de Espíritu”. Señores: si decimos “constante presencia en las últimas temporadas” y “su última presentación en la sala”, no nos referimos al banco suplente, de lo que nadie se entera, sino a una asidua actividad sobre las tablas y ante el público, que es como se enriquece un cantante, y esto a Flor el primer coliseo se lo negó. Encima, hacia el final del texto enviado por correo electrónico, cuando se menciona que “protagonizó roles principales en distintos escenarios de la Argentina” (sic), se detallan sus intervenciones en las temporadas del Teatro Argentino y de Buenos Aires Lírica. ¿Fue un descuido, fue a propósito, fue porque hay frases hechas tan arraigadas que se recurre a ellas sin siquiera pensarlo? No se mencionan en primer lugar otras actuaciones en el escenario del Colón, que es lo que hubiese correspondido, porque además del “rol de ocho compases” en _Die Frau ohne Schatten_ no existieron. Y si se quiso referir su labor dentro del Coro Estable, estamos entrando en el terreno de la falacia.

*

Soy de los que estamos convencidos de que la razón de la muerte de Flor no fue ajena a sus preocupaciones cotidianas, producto de la dificultad de ser solista y nada más que solista, con los sobresaltos que esto trae en el plano económico mientras que día a día se lucha por el espacio propio. Era una madre que se ocupaba prácticamente sola de dos hijos pequeños, y las presiones pueden hacer mucho para atentar contra la salud de cualquiera. (¡Qué acierto el título elegido por Luciano Marra de la Fuente para la entrevista que le hizo para Cantabile en ocasión de su Norma: “Madre soprano”!) A aquellos coreutas que incapaces de ceder a su propio resentimiento, dicen de otros compañeros que tienen las oportunidades que ellos nunca tuvieron: “¡No no no, que elija, no se puede estar en el coro y pretender permisos para ir a cantar por ahí!”, les recomiendo que la próxima vez que estén a punto de derramar su veneno, recuerden a Flor y el precio que debió pagar por renunciar a la seguridad del Coro.

EN LOS MEDIOS

No dije al comienzo de esta entrega que Flor falleció en una clínica de Mendoza, a causa de un ACV que se le declaró mientras cantaba su amado _Requiem_ de Verdi en el Auditorio Juan Victoria de San Juan. Desde ese momento y al menos por 48 horas, el tema ACV se instaló en la agenda de los medios de una manera no digamos excluyente, pero sí muy acentuada y acaparadora de los espacios.
Es muy triste que antes de la desgracia, a ningún editor de alguna sección de espectáculos se le haya ocurrido, por ejemplo, destacar en alguna portada del día la existencia entre nosotros de semejante artista (aunque las obligadas críticas hayan acostumbrado a tratarla bien, ese reconocimiento no hubiese estado de más). Tampoco se le ocurrió a ningún canal de TV hacerle alguna nota, oportunidades no faltaron. En cambio, la hicieron fugazmente famosa ante ciertas mayorías que nada tienen que ver con el mundo de la música, valiéndose del hecho más triste de su vida; no se merecía que la “convirtiesen en noticia” de esa manera vil.
Los canales de noticias y algunos sitios electrónicos se explayaron sobre el tema con un estilo lamentable y sensacionalista que no será novedad, pero que cuando nos toca de cerca nos indigna y nos hiere en la intimidad. Esto fue el comentario de muchos cantantes y gente del medio musical, que no escaparon a la indignación en medio del dolor.
Di con la primera manifestación de esta seguidilla del mal gusto gracias a La Nación Online, a través de un titular aparecido alrededor del mediodía del 3/9 en el que se podía leer: “El momento en el que la soprano Florencia Fabris sufrió un ACV sobre el escenario – Ver video en la nota”. No voy a hablar sobre la tinellización que La Nación ha sufrido con los años a pesar de conservar excelentes firmas (esto ha sido mencionado en una entrega anterior), pero no dejo de señalar el perverso criterio que llevó a algún editor funcional a las peores modalidades, a colgar ese video que algún aficionado tomó en la sala de conciertos sanjuanina. La filmación se pasó hasta el hartazgo por cuanto canal televisivo y sitio de internet se pudo, y en ella se muestra a Flor cantando hasta último momento, cuando vencida por el dolor se retira del escenario en compañía de la mezzosoprano Romina Pedrozo. Inmediatamente el video apareció en el portal de Yahoo! hacia las 5 de la tarde de ese mismo día, junto a otras noticias como el extraño esqueleto de un animal hallado en Iowa, las peleas conyugales de algún famoso, el pie más feo del mundo o las caderas de Jennifer López. Quienes dirigen estas operaciones son capaces de igualar un momento fatal con lo más bizarro o intrascendente, y de explotarlo como un fenómeno efímero que por algunos segundos podrá despertar la atención de las mentes más dóciles y signadas por la mediocridad.
Pero si entre los centenares de comentarios de lectores predominaron las protestas y la desaprobación hacia el video colgado por La Nación Online, los responsables deberían preguntarse si en realidad la gente pide este tipo de material: muchos sí, pero felizmente muchos no. Esto nos hace pensar que no todo está tan mal, a pesar de que la banalización a la que se someten la desgracia y el dolor lleve la delantera.
La Nación no solo trató el tema desde el amarillismo. A la semana de la muerte de Flor, Hugo Beccacece abordó el asunto desde el lugar que le toca, que es el de un periodista especializado en cuestiones culturales. Lástima que lo que podría haber sido un digno homenaje, falló en su enfoque.
El artículo se titula _Vivir y morir en escena_ y salió publicado el domingo 8 de septiembre. Comienza con la mención del vínculo trágico entre la belleza y el arte, para luego pasar a esas historias en las que “el momento de mayor esplendor de un artista coincide con su locura, su inmediata decadencia o su destrucción”. Enumera entre otros conocidos casos los de Vincent van Gogh, Vaslav Nijinsky, Billie Holiday, Marilyn Monroe o Jim Morrison y dice: “La secuencia triunfo y caída es frecuente en la trayectoria de innumerables artistas. La sed de absoluto y la necesidad de fundar un nuevo lenguaje que enloquecieron a Nikinsky, también están en el jazz de Charlie Parker. Julio Cortázar retrató de un modo notable a ese tipo de creador maldito en el cuento _El perseguidor_.” […] “En algunos casos, la depresión y el narcisismo se conjugan de un modo dramático, más allá del valor y la jerarquía de lo creado. El cantautor italiano Luigi Tenco se presentó al Festival de San Remo de 1967 con _Ciao amore, ciao_. Cantó el tema acompañado por su amante, la hermosa Dalida. No tuvieron éxito y, contra lo esperado, ni siquiera llegaron a la ronda final. Tenco volvió al hotel y se mató.”
Si la idea fue hablar del vínculo trágico entre la belleza y el arte, con la mención de aquellos cuyo momento de esplendor coincidió con su locura, inmediata decadencia y destrucción, hacerlo a partir del caso de Flor fue desafortunado. Porque no fue ni una artista maldita a la manera de los mencionados, ni una autodestructiva, ni una drogadicta, ni una loca, ni una suicida (esto, con todo respeto hacia los artistas que se nombran líneas arriba); aunque no haya sido la intención de Beccacece que se piensen semejantes cosas acerca de nuestra soprano, pues no dudo de las buenas intenciones de la nota, en tal contexto es imposible no asociar, para comprobar de inmediato el error de un enfoque donde las comparaciones resultan insostenibles. El final de Flor no estuvo signado por una eterna agonía, a modo de quien en el momento más prodigioso de su arte se mata lenta y cotidianamente, hasta aparecer muerto en la bañera de un hotel; tampoco se desquició por buscar lo absoluto, ni se conjugaron en ella el narcisismo con la depresión. Se pueden escribir infinitas páginas sobre ciertos temas y los grandes misterios seguirán sin develarse, pero a partir de Flor como caso fundamental no, no es una elección feliz. Lo suyo fue un accidente y como tal llegó sin avisar (parece mentira tener que aclararlo). Es muy probable que cuando todo comenzó en la noche del 30 de agosto en el Auditorio de San Juan, no haya tenido conciencia de que ese incisivo dolor de cabeza era el preludio a su muerte. Simplemente juntó fuerzas cerca del final del concierto y cantó hasta lo último, porque su voluntad de acero y su físico se lo permitieron: eso se llama profesionalismo. Reducir tal actitud de compromiso a mero narcisismo, como se expresó en una carta de lectores en respuesta a la nota en cuestión, pone de manifiesto una falta de comprensión asociada a esa costumbre insana de juzgar y sentenciar, con saña e ignorancia. (En realidad, varios de los que se lanzaron a opinar no tienen idea de quién era Flor.)

REQUIEM PARA FLOR

Cuando falleció el escritor Alessandro Manzoni, Verdi quedó perplejo y desesperado ante el hecho de que la muerte haya apagado a un ser humano extraordinario, y le escribió su _Messa di Requiem_. Flor falleció a horas de haber cantado el _Requiem_ de Verdi y muchos de nosotros, con perplejidad y desesperación, también nos hacemos preguntas que no tienen respuesta. Algunos dicen que los seres humanos que cumplieron su misión en el mundo, nos abandonan y gozan de su descanso en el más allá. Sí, hay quienes nacen con una misión, y en el caso de Flor esa misión quedó trunca. El viernes siguiente al triste suceso, se cantó el _Requiem_ de Verdi en el Auditorio de Belgrano con Soledad de la Rosa, Cecilia Díaz, Darío Volonté y Lucas Debevec junto al Coro Polifónico y la Sinfónica Nacional. Dirigió Carlos Vieu y la función estuvo dedicada a Flor. Nos queda el recuerdo que siempre vivirá en nosotros, unido a un enorme sentimiento por haber conocido a esta artista y mujer extraordinaria.

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_Jamás se me hubiese ocurrido fantasear con que Ópera por las Ramas se despediría de sus lectores con un tema así. Tres años han sido suficientes y lo que en algún momento pensé como tema de cierre para este ciclo de catorce entregas, se podrá abordar en un futuro: nunca es tarde para ciertas cuestiones, bajo el formato que sea. Hoy se terminan las “ramas” pero el año próximo vendrán nuevos espacios dedicados a la reflexión. Hasta entonces._

Recordaremos el 1° de septiembre de 2013 como el día en que nos dejó Florencia Fabris. Siempre lo haremos con sabor amargo porque no solo fue una cantante extraordinaria, sino un ser admirable de quien no me he cansado de decir que era la mejor en más de un sentido. Quienes propalaron frases hechas a través de algunos medios, la definieron como una “promesa de la lírica”. Pero esto no fue más que una de las tantas cosas cuestionables que circularon en torno a su triste muerte: ya no era una promesa porque entre 2009 y 2010 se convirtió en una de las más deslumbrantes artistas surgidas en nuestro medio; sepan que una “promesa” no puede afrontar exitosamente esos desafíos que le merecieron el reconocimiento del público y una absoluta confianza por parte de algunos organizadores (cuando decimos “promesa” nos referimos exclusivamente a principiantes notables, que pueden resultar exitosos o quedar en el intento).
A los 38 años, Flor podía estar segura de ser una artista hecha y recibida sobre las tablas del escenario (diplomas aparte, ¿dónde si no allí un artista se convierte en tal?), que comenzaba a dar sus mejores frutos gracias a un trabajo serio y constante, y los lectores, que la habrán admirado y ovacionado durante tantas veladas, merecen enterarse de algunas cosas. Fue la protagonista de funciones inolvidables y ella es la primera que hubiese merecido mucho más, pero a veces se imponen hechos tan tremendos como inexplicables: así son las muertes jóvenes.

PASOS

Luego de haber integrado el Coro de Niños del Teatro Colón, Flor se fue a vivir a Roma. Allí estudió en un colegio secundario con orientación artística y realizó estudios musicales y vocales en la Accademia di Santa Cecilia, de la que fue egresada. La base de su técnica la adquirió con Romualdo Savastano, sin dejar de mencionar esos broches de oro que son las _masterclasses_, en su caso bajo la guía de la Freni, la Scotto, la Serra y Gianni Raimondi. Llegó a integrar el coro de la Ópera de Roma y de regreso a la Argentina al promediar la década pasada, se propuso iniciar aquí su carrera como solista mientras cursaba la Maestría en Canto Lírico en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. Simultáneamente entró al Coro Estable de esa casa como parte de la cuerda de sopranos (pertenecer al coro de un organismo oficial es algo que da cierta tranquilidad económica, porque los sueldos no son malos y representan un ingreso mensual: la amplia mayoría de los solistas argentinos se reparte entre los coros Polifónico, del Teatro Colón o del Argentino de La Plata, y son verdaderamente muy pocos los que pueden dedicarse a ser solistas _full-time_). En su constante búsqueda de la autosuperación estudió repertorio con Susana Cardonnet y mientras se perfeccionaba bajo las enseñanzas del maestro Horacio Amauri-Pérez, gracias a quien adquirió una solidez técnica admirable, no tardaron en aparecer los primeros trabajos relevantes. Así fue Leonora en _Il trovatore_ y Abigaille en _Nabucco_, ambos en 2009 en el Teatro Argentino como segundo elenco (esto es: alternando funciones con la titular principal).
Si pondré énfasis en lo que escribiré a continuación, no es por otra cosa que por reflejar la verdad. El reconocimiento del Argentino hacia Flor fue valioso, pero si existe una institución que supo otorgarle un lugar protagónico absoluto, esa no fue otra que Buenos Aires Lírica. Allí, entre 2010 y 2013 y sobre el escenario del Teatro Avenida, protagonizó _Madama Butterfly_ (2010), Belisario (2010), _Suor Angelica_ y _Pagliacci_ (2011), Norma (2012) y _Lucrezia Borgia_ (2013). Algunos de estos títulos fueron pensados especialmente para ella y es necesario hacer saber que en la faz incipiente de su carrera, hubo alguien que supo reconocer su enorme valor e impulsar su entrada a BAL con total incondicionalidad. Me refiero al Mtro. Carlos Vieu. De las personas que juegan un papel destacado en el campo de la música, él mejor que nadie supo vislumbrar y entender semejantes cualidades, y gracias a ese voto de confianza Buenos Aires Lírica se convirtió en el hogar artístico de Flor.
Otras actuaciones en el Argentino fueron como Samaritana en _Francesca da Rimini_ (2010), Cio-Cio San e Isabel de Valois en el estreno en el país de la versión original de Don Carlos (ambas en 2011, también como segundo elenco). Y cómo no subrayar que se le comenzaba a abrir el panorama internacional, cuando André Heller-Lopes la invitó a cantar en versión de concierto dos óperas brasileras en italiano: _Jupyra_ de Francisco Braga y _Moema_ de Delgado de Carvalho (julio de 2013). Fue junto a la Orquesta Sinfónica Brasilera en el Teatro Municipal de Río de Janeiro, con la dirección de Silvio Viegas y una excelente respuesta del público.
De sus trabajos realizados para BAL, dos tuvieron para ella un especial significado. Uno fue _Madama Butterfly_, donde la experiencia con la _régisseuse_ Crystal Manich fue reveladora y crucial, porque sin dudas le permitió por primera vez desplegar su enorme potencial actoral. El otro fue _Lucrezia Borgia_, en el cual el trabajo con el _régisseur_ Tomer Zvulun también fue altamente enriquecedor: aseguraba que ambos fueron los mejores directores de escena con los que le tocó trabajar.
¿Y qué pasó con el Teatro Colón? Esto merece un parágrafo aparte.

UN RECONOCIMIENTO QUE NO FUE

Los coros se componen de alrededor de unas 80 personas entre las que hay todo tipo de seres humanos. La mayoría son coreutas a pleno pero otros no, porque desarrollan carreras solistas. Hay entre ellos gente bien intencionada, que se alegra cuando a un compañero que canta solo le va bien, y otros que no toleran que algunos puedan desarrollar en paralelo el tipo de carreras que a ellos les hubiese gustado, pero que no pudieron. A la hora de los permisos artísticos los enemigos de los coreutas-solistas no son las autoridades de los teatros, sino quienes con envidia hacen todo lo posible para poner palos en las ruedas a esos compañeros que, además, brillan por sí mismos y enriquecen el nivel del medio musical. La maldad a unos les resbala, pero a otros no. Una noche del año 2009 Flor me llamó por teléfono muy preocupada, porque un compañero del coro le había transmitido la “decisión” de BAL de contratar para _Madama Butterfly_ a otra soprano en lugar de ella; por supuesto, algo completamente falso. Días atrás, alguien que me merece confianza y cuyo nombre prefiero callar, me escribió para contarme que ese contrato para cantar _Butterfly_ con nosotros, tuvo que ver con su decisión de renunciar al coro del Teatro Colón y ser solista _full-time_. Ella no estaba dispuesta a soportar inquinas, con las preocupaciones de su vida le era suficiente, y eligió jugarse por su carrera de solista. Dio lo mejor sobre el escenario de BAL y en el Argentino tuvo el privilegio de ser segundo elenco de excelentes artistas y compañeras como Daniela Tabernig y Carla Filipcic-Holm. Pero el Colón no supo darle el reconocimiento que ella tanto esperaba: siempre le tocó ser cover de otras sopranos no necesariamente mejores, acaso por el pecado de ser argentina y talentosa, vaya a saber. Su último trabajo allí fue como cover de Desdemona en el _Otello_ de José Cura, con una alta demanda de horas de ensayos durante semanas (en las fotos del _backstage_ publicadas en el programa de mano y en la revista institucional se la ve a ella), mientras se definía si Barbara Frittoli venía al país o no. El trabajo fue tan arduo que era lógico pensar que al menos se le concediera una función, pero finalmente continuó en el banco suplente y tras la cancelación de la Frittoli debió cubrir a Carmen Giannattasio, una buena cantante, sí, pero no mejor que ella: lástima que todos nos hayamos perdido la ocasión de admirar la que de seguro habría sido una Desdemona estupenda. Mucho peor aún: lástima que se lo haya perdido ella.
Lo único que cantó como titular en el escenario del teatro más importante de Sudamérica fue un papel “de ocho compases”, como ella misma lo definió, en _Die Frau ohne Schatten_ (junio de 2013). Por eso no puede menos que sorprender el comunicado enviado por la oficina de prensa el lunes 2 de septiembre, donde se lee: “De constante presencia en las últimas temporadas del Teatro Colón, su última presentación en la sala había sido en _La mujer sin sombra_, en el papel de Espíritu”. Señores: si decimos “constante presencia en las últimas temporadas” y “su última presentación en la sala”, no nos referimos al banco suplente, de lo que nadie se entera, sino a una asidua actividad sobre las tablas y ante el público, que es como se enriquece un cantante, y esto a Flor el primer coliseo se lo negó. Encima, hacia el final del texto enviado por correo electrónico, cuando se menciona que “protagonizó roles principales en distintos escenarios de la Argentina” (sic), se detallan sus intervenciones en las temporadas del Teatro Argentino y de Buenos Aires Lírica. ¿Fue un descuido, fue a propósito, fue porque hay frases hechas tan arraigadas que se recurre a ellas sin siquiera pensarlo? No se mencionan en primer lugar otras actuaciones en el escenario del Colón, que es lo que hubiese correspondido, porque además del “rol de ocho compases” en _Die Frau ohne Schatten_ no existieron. Y si se quiso referir su labor dentro del Coro Estable, estamos entrando en el terreno de la falacia.

*

Soy de los que estamos convencidos de que la razón de la muerte de Flor no fue ajena a sus preocupaciones cotidianas, producto de la dificultad de ser solista y nada más que solista, con los sobresaltos que esto trae en el plano económico mientras que día a día se lucha por el espacio propio. Era una madre que se ocupaba prácticamente sola de dos hijos pequeños, y las presiones pueden hacer mucho para atentar contra la salud de cualquiera. (¡Qué acierto el título elegido por Luciano Marra de la Fuente para la entrevista que le hizo para Cantabile en ocasión de su Norma: “Madre soprano”!) A aquellos coreutas que incapaces de ceder a su propio resentimiento, dicen de otros compañeros que tienen las oportunidades que ellos nunca tuvieron: “¡No no no, que elija, no se puede estar en el coro y pretender permisos para ir a cantar por ahí!”, les recomiendo que la próxima vez que estén a punto de derramar su veneno, recuerden a Flor y el precio que debió pagar por renunciar a la seguridad del Coro.

EN LOS MEDIOS

No dije al comienzo de esta entrega que Flor falleció en una clínica de Mendoza, a causa de un ACV que se le declaró mientras cantaba su amado _Requiem_ de Verdi en el Auditorio Juan Victoria de San Juan. Desde ese momento y al menos por 48 horas, el tema ACV se instaló en la agenda de los medios de una manera no digamos excluyente, pero sí muy acentuada y acaparadora de los espacios.
Es muy triste que antes de la desgracia, a ningún editor de alguna sección de espectáculos se le haya ocurrido, por ejemplo, destacar en alguna portada del día la existencia entre nosotros de semejante artista (aunque las obligadas críticas hayan acostumbrado a tratarla bien, ese reconocimiento no hubiese estado de más). Tampoco se le ocurrió a ningún canal de TV hacerle alguna nota, oportunidades no faltaron. En cambio, la hicieron fugazmente famosa ante ciertas mayorías que nada tienen que ver con el mundo de la música, valiéndose del hecho más triste de su vida; no se merecía que la “convirtiesen en noticia” de esa manera vil.
Los canales de noticias y algunos sitios electrónicos se explayaron sobre el tema con un estilo lamentable y sensacionalista que no será novedad, pero que cuando nos toca de cerca nos indigna y nos hiere en la intimidad. Esto fue el comentario de muchos cantantes y gente del medio musical, que no escaparon a la indignación en medio del dolor.
Di con la primera manifestación de esta seguidilla del mal gusto gracias a La Nación Online, a través de un titular aparecido alrededor del mediodía del 3/9 en el que se podía leer: “El momento en el que la soprano Florencia Fabris sufrió un ACV sobre el escenario – Ver video en la nota”. No voy a hablar sobre la tinellización que La Nación ha sufrido con los años a pesar de conservar excelentes firmas (esto ha sido mencionado en una entrega anterior), pero no dejo de señalar el perverso criterio que llevó a algún editor funcional a las peores modalidades, a colgar ese video que algún aficionado tomó en la sala de conciertos sanjuanina. La filmación se pasó hasta el hartazgo por cuanto canal televisivo y sitio de internet se pudo, y en ella se muestra a Flor cantando hasta último momento, cuando vencida por el dolor se retira del escenario en compañía de la mezzosoprano Romina Pedrozo. Inmediatamente el video apareció en el portal de Yahoo! hacia las 5 de la tarde de ese mismo día, junto a otras noticias como el extraño esqueleto de un animal hallado en Iowa, las peleas conyugales de algún famoso, el pie más feo del mundo o las caderas de Jennifer López. Quienes dirigen estas operaciones son capaces de igualar un momento fatal con lo más bizarro o intrascendente, y de explotarlo como un fenómeno efímero que por algunos segundos podrá despertar la atención de las mentes más dóciles y signadas por la mediocridad.
Pero si entre los centenares de comentarios de lectores predominaron las protestas y la desaprobación hacia el video colgado por La Nación Online, los responsables deberían preguntarse si en realidad la gente pide este tipo de material: muchos sí, pero felizmente muchos no. Esto nos hace pensar que no todo está tan mal, a pesar de que la banalización a la que se someten la desgracia y el dolor lleve la delantera.
La Nación no solo trató el tema desde el amarillismo. A la semana de la muerte de Flor, Hugo Beccacece abordó el asunto desde el lugar que le toca, que es el de un periodista especializado en cuestiones culturales. Lástima que lo que podría haber sido un digno homenaje, falló en su enfoque.
El artículo se titula _Vivir y morir en escena_ y salió publicado el domingo 8 de septiembre. Comienza con la mención del vínculo trágico entre la belleza y el arte, para luego pasar a esas historias en las que “el momento de mayor esplendor de un artista coincide con su locura, su inmediata decadencia o su destrucción”. Enumera entre otros conocidos casos los de Vincent van Gogh, Vaslav Nijinsky, Billie Holiday, Marilyn Monroe o Jim Morrison y dice: “La secuencia triunfo y caída es frecuente en la trayectoria de innumerables artistas. La sed de absoluto y la necesidad de fundar un nuevo lenguaje que enloquecieron a Nikinsky, también están en el jazz de Charlie Parker. Julio Cortázar retrató de un modo notable a ese tipo de creador maldito en el cuento _El perseguidor_.” […] “En algunos casos, la depresión y el narcisismo se conjugan de un modo dramático, más allá del valor y la jerarquía de lo creado. El cantautor italiano Luigi Tenco se presentó al Festival de San Remo de 1967 con _Ciao amore, ciao_. Cantó el tema acompañado por su amante, la hermosa Dalida. No tuvieron éxito y, contra lo esperado, ni siquiera llegaron a la ronda final. Tenco volvió al hotel y se mató.”
Si la idea fue hablar del vínculo trágico entre la belleza y el arte, con la mención de aquellos cuyo momento de esplendor coincidió con su locura, inmediata decadencia y destrucción, hacerlo a partir del caso de Flor fue desafortunado. Porque no fue ni una artista maldita a la manera de los mencionados, ni una autodestructiva, ni una drogadicta, ni una loca, ni una suicida (esto, con todo respeto hacia los artistas que se nombran líneas arriba); aunque no haya sido la intención de Beccacece que se piensen semejantes cosas acerca de nuestra soprano, pues no dudo de las buenas intenciones de la nota, en tal contexto es imposible no asociar, para comprobar de inmediato el error de un enfoque donde las comparaciones resultan insostenibles. El final de Flor no estuvo signado por una eterna agonía, a modo de quien en el momento más prodigioso de su arte se mata lenta y cotidianamente, hasta aparecer muerto en la bañera de un hotel; tampoco se desquició por buscar lo absoluto, ni se conjugaron en ella el narcisismo con la depresión. Se pueden escribir infinitas páginas sobre ciertos temas y los grandes misterios seguirán sin develarse, pero a partir de Flor como caso fundamental no, no es una elección feliz. Lo suyo fue un accidente y como tal llegó sin avisar (parece mentira tener que aclararlo). Es muy probable que cuando todo comenzó en la noche del 30 de agosto en el Auditorio de San Juan, no haya tenido conciencia de que ese incisivo dolor de cabeza era el preludio a su muerte. Simplemente juntó fuerzas cerca del final del concierto y cantó hasta lo último, porque su voluntad de acero y su físico se lo permitieron: eso se llama profesionalismo. Reducir tal actitud de compromiso a mero narcisismo, como se expresó en una carta de lectores en respuesta a la nota en cuestión, pone de manifiesto una falta de comprensión asociada a esa costumbre insana de juzgar y sentenciar, con saña e ignorancia. (En realidad, varios de los que se lanzaron a opinar no tienen idea de quién era Flor.)

REQUIEM PARA FLOR

Cuando falleció el escritor Alessandro Manzoni, Verdi quedó perplejo y desesperado ante el hecho de que la muerte haya apagado a un ser humano extraordinario, y le escribió su _Messa di Requiem_. Flor falleció a horas de haber cantado el _Requiem_ de Verdi y muchos de nosotros, con perplejidad y desesperación, también nos hacemos preguntas que no tienen respuesta. Algunos dicen que los seres humanos que cumplieron su misión en el mundo, nos abandonan y gozan de su descanso en el más allá. Sí, hay quienes nacen con una misión, y en el caso de Flor esa misión quedó trunca. El viernes siguiente al triste suceso, se cantó el _Requiem_ de Verdi en el Auditorio de Belgrano con Soledad de la Rosa, Cecilia Díaz, Darío Volonté y Lucas Debevec junto al Coro Polifónico y la Sinfónica Nacional. Dirigió Carlos Vieu y la función estuvo dedicada a Flor. Nos queda el recuerdo que siempre vivirá en nosotros, unido a un enorme sentimiento por haber conocido a esta artista y mujer extraordinaria.

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_Jamás se me hubiese ocurrido fantasear con que Ópera por las Ramas se despediría de sus lectores con un tema así. Tres años han sido suficientes y lo que en algún momento pensé como tema de cierre para este ciclo de catorce entregas, se podrá abordar en un futuro: nunca es tarde para ciertas cuestiones, bajo el formato que sea. Hoy se terminan las “ramas” pero el año próximo vendrán nuevos espacios dedicados a la reflexión. Hasta entonces._