Ópera por las ramas
Novena entrega: RESPUESTAS Y DISCUSIONES

DA IGUAL

Nadie, a partir de cierta edad, puede decir que no sabe de qué le hablan si escucha alguna referencia a las “señoras gordas” de Landrú; no el femicida serial francés sino el humorista argentino, cuyo nombre real es Juan Carlos Colombres. Aquellas señoras gruesas creadas por su imaginación, anticuadas hasta el ridículo y casi siempre acompañadas por un gatito sonriente, son muy creídas, aparatosas, terriblemente clasistas y por sobre todo no entienden nada acerca de los temas sobre los que se largan a opinar: de ahí el efecto cómico. En uno de aquellos chistes una de esas señoras le dice a otra: “Anoche fui al Colón, pero no recuerdo si vi la _Tosca_ de Puccini o la _Pucha_ de Toscanini”. Bueno, qué mejor para estas damas que ir al primer coliseo y al momento de entrar a la magnífica sala, sentir el privilegio de estar en el corazón de eso que representa “la más alta expresión de la cultura nacional”, o al menos así les dijeron y así lo repiten. Qué ópera, concierto o ballet se escuchará no tiene importancia porque en realidad, el evento, antes que carácter cultural tiene para ellas una función social.
Apenas transcurridas estas líneas se impone la necesidad de tratar el tema que jamás se agota. ¿Para quién es el Teatro Colón? ¿Es realmente importante para nuestra sociedad? ¿Se justifica su existencia en la actualidad? ¿Es la más alta expresión de nuestra cultura? ¿Hay respuestas para estas preguntas?

TODO POR UN GRAN COLÓN

Afirmar que sea “la más alta expresión de la cultura nacional”, aseveración que uno ha escuchado tantas veces, resulta insostenible a pesar de que algunos amigos de las frases hechas persistan en repetirla. En la Argentina hay millones de personas que no saben qué es el Teatro Colón y, lo que resulta aún más llamativo, muchos de los que viven en la ciudad de Buenos Aires y alrededores jamás han pisado sus escaleras de mármol y alfombras rojas. El concepto de “cultura nacional” es variado y complejo, y señalar algo como su “más alta expresión” se convierte en un imposible. ¿Y el tango? ¿Y Borges? ¿Y el _Martín Fierro_? ¿Y el _Adán Buenosayres_? ¿Y la _Misa Criolla_? ¿Y _Adiós Nonino_? No lo sé, pero aún con el riesgo de no acertar son mucho más merecedores de tal aseveración que el primer coliseo, que, a decir verdad, tampoco la necesita: muchos son sus méritos y nadie se los quitará.
Lejos de pretender historiar sobre el Colón se puede destacar lo siguiente: a) la Buenos Aires de fines del siglo XIX se levantaba con acelerada pujanza a imitación de las ciudades europeas, París para mayor exactitud; b) toda ciudad europea tiene uno o más teatros de ópera; b’) aquí ya teníamos algunos, inclusive un viejo Colón en la Plaza de la Victoria, pero pareciera que no satisfacían algunas expectativas: hacía falta otro, más bello, incomparable, de grandes dimensiones, un gran Colón; c) al momento de proyectar la construcción del Colón que hoy conocemos se ideó un edificio de dimensiones y características sin precedentes, con el resultado de convertirse en uno de los mejores a escala mundial; d) con el tiempo llegó a ser el único teatro de ópera porteño que logró sobrevivir; e) fue creado por la élite dominante de la época; f) la ópera era una expresión cultural que representaba inequívocamente a aquella élite.
Con el conocimiento de estos puntos no debería extrañar que lo de “la más alta expresión de la cultura nacional”, aunque uno no lo comparta, tenga una razón de ser no demasiado difícil de vislumbrar. Si para los porteños encumbrados en lo más alto de la sociedad -la llamada oligarquía, término que no acuñó el peronismo sino los griegos- de las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, había que imitar a Europa en todo lo posible con el propósito de construir una ciudad magnífica y “civilizada”, que se hacía de una cultura con bastantes pretensiones y poco de auténtico a pesar de sus logros, el Colón era una sobrada razón de orgullo. El resto, el vasto país más allá de la gran ciudad puerto, se quedaba al margen: los gauchitos y las chinitas en sus ranchitos podían ser pintorescos y simpáticos, pero en definitiva eran la barbarie; ciertas ideas y expresiones que traían los inmigrantes que descendían de los barcos eran cosas de la chusma conventillera, tampoco contaban. Lo popular y genuinamente local era objeto de desprecio, como lo reflejan estas palabras que Félix Luna puso en boca del general Julio A. Roca: “[…] el tango se había convertido en un suceso entre la aristocracia europea; yo hubiera preferido que nuestro país fuera conocido por manifestaciones más nobles y no por esa danza orillera y maleva, pero a todo el mundo le parecía muy pintoresco ese abrazarse de brazos y piernas…” (Félix Luna: _Soy Roca_. Buenos Aires, Sudamericana, p. 501). La cultura oficial era otra cosa y no estaba abierta a las clases populares. El Colón era para la gente “decente” y poderosa, que en consonancia con su espíritu podía vociferar que su teatro era la más alta expresión cultural de aquello que entendían como nación. Y qué más indicado para reforzar sus sentimientos que la ópera, ese género impregnado de europeidad, grandiosidad y lujo deslumbrante, en paralelo con los más diversos niveles de calidad que supieron otorgarle los compositores a sus obras, aunque a varios, a semejanza de la señora gorda del chiste de Landrú, lo esencial del hecho artístico poco les importase. Aquella élite lo inauguró en 1908 y lo mantuvo en manos privadas hasta 1931, cuando pasó a la Municipalidad.

PROFANACIONES

Recordemos que la ópera nació en Florencia hacia fines del siglo XVI en el seno de un exclusivo círculo de aristócratas e intelectuales. Si persistía en sus postulados fundamentales no iba a tener chances de sobrevivir, por lo que debió salir de palacio y abrirse a las masas populares. Junto con la aristocracia, estas masas fueron testigos durante siglos de su desarrollo (tema tratado en la primera entrega de _Ópera por las Ramas_, Cantabile n° 58, mayo-junio de 2011). Pero también es cierto que a pesar de la apertura, el género nunca se desprendió de ese aristocrático estigma de exclusividad: es parte de su ser, aunque se haya demostrado y se siga demostrando que a pesar de todo, el acceso a ella está libre a todos los curiosos y futuros devotos. Lo cierto es que al pasar al municipio, el exclusivismo del Colón entró en estado crítico: es un disparate pensar que un teatro solventado con dineros públicos, solo sea para unos pocos privilegiados. Y si la incipiente clase media formada por profesionales y comerciantes prósperos comenzaba a ganar su espacio en los diferentes niveles de la sala, algunos años más tarde y con la llegada del peronismo las cosas en este aspecto terminaron de definir su rumbo. Varias veces se escuchó referir, con estupor, los bailes que bajo el gobierno de Perón se llevaron a cabo en la sala del primer coliseo. Para quienes no lo saben, comento que la platea del Colón cuenta con un dispositivo mecánico que hace que una vez retiradas todas las butacas, el piso de madera sea nivelado a 180° para convertirse en una pista de baile. (Suele ser así con los teatros construidos a la italiana: si alguno vio la película _Il giudizio universale_ de Vittorio De Sica, con un elenco internacional y multiestelar que hasta incluye la voz de Nicola Rossi-Lemeni, recordará que finaliza con un gran baile en el interior del Teatro di San Carlo de Nápoles.) Con este dato no debería horrorizar a nadie que la sala del Colón haya sido utilizada para tal propósito, costumbre en desuso desde hace decenios (salvo los de aquellos tiempos, no sé ni me contaron de otros bailes organizados allí). Pero el rechazo no pasaba por el baile en sí, sino por la inclusión de un nuevo actor que pasaba a ocupar un nuevo lugar en la sociedad, y hacía que algunos sintieran que comenzaban a perder la exclusividad de ciertos privilegios. Para escándalo de las señoras de generales, almirantes y diplomáticos, Evita acudía a las veladas de gala ataviada con los mejores vestidos y las joyas más costosas, que gracias a su elegancia y figura delgada le quedaban muy bien. Pero lo más importante era la puesta en evidencia de que el Colón también podía ser para la plebe, pues la primera dama nunca renunció a su condición de plebeya y los “descamisados” celebraban su ascenso social y se identificaban plenamente con su esplendor, una suerte de reivindicación de clase. Subrayo que más allá del detalle pavote de los modelos Dior de Evita, lo cierto es que se proclamaba que las puertas del Colón estaban abiertas a todos los ciudadanos, no sólo a la oligarquía.
Los valores y manifestaciones culturales podrán ser exclusivos durante un tiempo de una clase social poderosa, pero trascienden esa intención cuando otra u otras clases, se sienten lo suficientemente fuertes e incluidas en el campo social como para poder acceder y disfrutar de ellas. (Si una manifestación artística o cultural está estrechamente cerrada a una determinada clase social, es para desconfiar y analizar qué está pasando, con la sociedad, con esa clase, desde ya con ese producto de la cultura.) A pesar de las resistencias, los hijos y nietos de obreros e inmigrantes pudieron acceder a valores que son universales y modelaron el pletórico arco cultural que nos caracteriza. Hombre de radio, pensador y escritor, Alejandro Dolina respondió así cuando le preguntaron cómo es posible que siendo tan peronista le guste tanto Borges: “Seré peronista pero no soy estúpido”. A aquellos que todavía pretendan que algunas cosas sean exclusivas por cuestiones de privilegio social, no les queda otra opción que darse de cara contra la realidad.

ORO Y BARRO

Acorde a ese estigma elitista que no es indivisible del aspecto ontológico de la ópera, el Colón se asoció en el pasado con algunas personalidades sobresalientes del mundo de la cultura, que con su presencia en los espectáculos le otorgaban un plus de brillo a su prestigio. No era difícil asociar con el Colón a Victoria Ocampo, la creadora y directora de la revista Sur, aquella trascendente publicación que sustentaba con su propio dinero (¿quién dice que es fácil bancar revistas culturales?, sobre esto uno podría dictar cátedra). O con Manuel Mujica Láinez, el autor de _Misteriosa Buenos Aires_ o _El gran teatro_. Manucho también dirigió el suplemento cultural de La Nación, medio que por décadas otorgó importante espacio al Colón, en épocas en realidad no tan lejanas y en las que hubiese sido muy difícil pensar en que algún día, iba a degradarse hasta sufrir una tinellización que irrita a varios; es que, diferencias o afinidades ideológicas aparte, la élite de antes contaba en sus filas con personalidades públicas muy cultas. Y son esta clase de personalidades las que hoy le faltan entre sus habitués. Mucho se habló de la reapertura el 25 de mayo de 2010, cuando entre los invitados que ocuparon los lugares de privilegio se pudo ver a “famosos” no precisamente cultos y cuya actuación en la sociedad es más que lamentable. Porque en realidad el Colón no es ajeno a los vaivenes, carácter y modas de los tiempos que le toca atravesar. Mientras tanto y a pesar de todo, en su verdadera razón de ser prosigue con su función de enriquecer a quienes son ajenos a la superficialidad que tantas veces lo salpica.

¿ES POSIBLE QUE “TODOS” DEBAN TENER INTERÉS POR LA MÚSICA CLÁSICA?

Cuando nos preguntamos cuánta gente disfruta de los espectáculos del Teatro Colón, incluidos los de las asociaciones privadas como el Mozarteum o Festivales Musicales, siempre aparece la cifra de unos 25.000 espectadores, 30.000 para redondear con generosidad. Una cifra baja comparada con otros espectáculos de convocatoria masiva, que inmediatamente lleva a preguntarse si se justifica la existencia de un teatro con un presupuesto tan elevado, para que al fin y al cabo sea disfrutado por tan pocos. La respuesta ofrece dos aspectos a desarrollar.
Haber puesto en estado crítico la aseveración de que el Colón sea “la más alta expresión de la cultura nacional”, idea que considero una zoncera, no menoscaba en absoluto su importancia para la sociedad. Su recinto es grande y a medida que ascendemos por sus niveles por encima de la platea y los palcos, nos encontramos con precios muy variados en las localidades que permiten que todos aquellos que quieran disfrutar de la ópera, el concierto o el ballet, puedan hacerlo sea cual sea su condición social. A lo largo de más de tres décadas he conocido a muchas personas de condición muy modesta, que no se han perdido ni se pierden nada de lo que ofrece el Colón. Si existe un preconcepto acerca del costado exclusivista de la institución, preconcepto que como vimos tiene su raíz en el origen mismo de la ópera (no me canso de repetirlo), no es tan fuerte como para impedir que aquel que no posea grandes recursos económicos ni viva en las zonas más caras de Buenos Aires, vaya a la boletería por primera vez en su vida y compre aquella entrada que le permita su billetera, para disfrutar de su primer espectáculo lírico, sinfónico o de ballet, y repita el ritual una y otra vez a lo largo de sus días. Pero a veces (cíclicamente, puedo decir) se piensa que a pesar de esto no es suficiente y que el Colón debería abrir sus puertas a más y más público, y elevar ampliamente su número de espectadores. Para colmo, la actual administración refuerza la idea del prohibitivo exclusivismo gracias a los altísimos precios en las localidades privilegiadas, cosa que las autoridades deberían rever porque pareciera que no todos los de alto poder adquisitivo están dispuestos a desembolsar tanto por una platea o un palco (desde la reapertura, la respuesta a la venta de abonos no ha sido precisamente un éxito). Agreguemos que periódicamente hay conciertos por intérpretes argentinos en días domingos por la mañana, con entrada gratuita y masiva convocatoria; aún así, creo que una política con precios más accesibles sería más importante que la gratuidad de alguno que otro ciclo.
Es un hecho que todo aquel que por primera vez en su vida sienta una verdadera inquietud por aquellas expresiones de la música que nos ocupa, irá al Colón a pesar de todo lo que haya escuchado por boca de mucha gente que nunca hará semejante cosa porque sencillamente no le interesa (cuando comencé a ir en el 79, muchos compañeros del colegio me decían sorprendidísimos “¿¡Vas al Colón!?”; claro que ellos nunca hubiesen ido porque sus intereses pasaban por otro lado). Aquí es necesario formularnos una nueva inquietud, que es si en verdad es posible aumentar mediante políticas culturales el número de asistentes al primer coliseo. En mi opinión creo que no, al menos de una manera exitosa que lleve, por ejemplo, a duplicar esa cantidad referida líneas arriba.
La respuesta del público a los clásicos del arte en todas sus expresiones, tiene una persistencia en el tiempo fácil de comprobar. Pero la aceptación es mínima en comparación con otras manifestaciones. La cantidad de lectores que puedan disfrutar del Quijote o de los dramas de Shakespeare, siempre será muy inferior a la de aquellos que consumen best sellers, la mayoría de los cuales naufragan en relativamente corto plazo y nunca alcanzarán la estatura de clásicos. Lo mismo sucede en el mundo de la música: jamás, por más excelente que sea, un cantante, bailarín, virtuoso o agrupación sinfónica tendrá una masiva respuesta del público, como sí pueden recibirla artistas de otros géneros que llenan muchos Lunaparks y estadios futbolísticos, con entradas que a menudo alcanzan precios exorbitantes. Y aquí concluimos en que sería bastante disparatado pretender que un clásico concite un interés altamente masivo, porque no todas las personas -aquí no tiene nada que ver el nivel socioeconómico- poseen una sensibilidad que los lleve a disfrutar de esas expresiones artísticas. Sí, se requiere de un particular entrenamiento, de un especial nivel de concentración, a veces se incorpora en el hogar, otras no y se llega por inquietud personal, pero ante todo se debe al grado de sensibilidad y predisposición de cada cual. Y es un hecho que la mayoría de los que consumen cultura, se inclinen por otro tipo de expresiones: el que disfruta de un recital de un artista popular no es ni más ni menos culto que aquel que se emociona con una ópera de Wagner, solo se trata de personas con distinta sensibilidad. Los clásicos captan a pocos en todo el mundo, es la realidad. Cada vez que se han organizado conciertos con orquestas al aire libre con acceso gratuito, han acudido miles y miles de personas, pero no por esto hay que esperar necesariamente que se incremente en forma notable el número de oyentes de música clásica: la mayoría fue, disfrutó de un paseo familiar al aire libre, aplaudió y no necesitó más: la pasó bien y no gastó un peso.
Pasemos al otro aspecto. Nos preguntábamos si se justifica que el estado municipal banque semejante teatro, con costos económicos tan altos, para que acuda un número de público relativamente bajo, aun cuando colma la capacidad de la sala. La clave está en que los emprendimientos culturales a cargo del Estado no se miden en base a su rentabilidad, sino en cuanto a su misión formadora y enriquecedora del espíritu de los ciudadanos: si son 25.000 o 30.000, no debería llegado el caso ser un factor de desaliento. Se buscará más público, que al fin y al cabo con los tiempos siempre se renueva, y hay que tener presente que manifestaciones artísticas como las del Colón sólo interesan a una porción de individuos menor que la de aquellos que gustan de otras expresiones, aquí y en todo el mundo. Pretender medir esto con la respuesta que tienen los espectáculos altamente masivos, cuyos organizadores en el sector privado sí persiguen fines de lucro, sería un disparate. La cultura y la educación no son rentables y sostenerlas es un deber estatal. Miles de ciudadanos disfrutan y se emocionan en el Teatro Colón y de allí salen los artistas que dan vida y enriquecen al medio musical.

UNA CUESTIÓN SOCIAL

Pero no todos los habitués del Colón aman la música ni sienten que sus ojos se humedezcan gracias al arte que allí presencian. Años atrás escuché decir a un importante abogado, culto y melómano genuino, que comprar sus plateas en Gran Abono le hizo incrementar notablemente la cantidad de clientes de su estudio. Es que el Teatro Colón, además de ser una institución cultural para el enriquecimiento espiritual de los ciudadanos, funciona como espacio para tejer relaciones sociales. Muchos individuos que pertenecen a sectores de poder político y empresarial, encuentran allí un campo para relacionarse y fortalecer sus vínculos. Tienen gran interés en sostener al Teatro Colón porque es parte de ese mundo suyo que la gran mayoría de los ciudadanos ni sospecha. Algunos podrán amar la música, pero a unos cuantos les importa mucho menos que ese hecho social que los lleva a estar presentes en la ópera, el ballet o el concierto. Y esto se manifiesta con claridad: suelen ponerse incómodos, les dan la espalda a los artistas y huyen de la platea o palcos cuando termina el espectáculo, no hacen caso al pedido de apagar los teléfonos celulares y a pesar de su arrogante presencia, para los amantes de la música los sapos de otro pozo son ellos. Lamentablemente, no todos son sensibles al arte como ese abogado que conocí alguna vez.

SEÑAL DE ALARMA

El tema de los timbres de los celulares durante las funciones es un mal de larga data, que si no fuera por los mensajes de advertencia escritos y grabados sería peor. No tendría que ser necesario decir que durante un espectáculo musical debe reinar el silencio del público, pero a algunos esto no les importa. Hay quienes hasta se atreven a atender los llamados y son insensibles a los chistidos y miradas de odio, pues se conducen como auténticos extremistas del mal comportamiento. Semanas atrás se vivieron algunas cosas que superaron toda marca dentro de su tipo.
El Abono Bicentenario del Teatro Colón ha presentado desde la reapertura espectáculos de altísimo nivel artístico (el ciclo de este año culminará muy pronto con la presencia de Renée Fleming). En contraste con este hecho tan positivo, los exagerados precios de las localidades en platea y palcos son la causa de que no tengan la mejor respuesta en cuanto a concurrencia de público; una verdadera lástima. El 22 de agosto se presentó András Schiff y brindó un recital inolvidable: intérpretes de su altura, en un mundo que otorga tanta importancia a pianistas “cancheros” como Lang-Lang, son una rareza. Como parte del programa ejecutó la Sonata de Leoš Janáček compuesta en 1905, que tiene como tema la muerte. Una obra con momentos de extraña e inquietante profundidad, de esos que en el universo de la creación musical resultan verdaderamente sobrecogedores, y que Schiff comunicó al público mediante la hondura y trascendencia de su arte. Si las chicharras de los celulares no faltaron, acaso como a propósito se concentraron con énfasis durante la íntima y angustiosa culminación de la Sonata. Difícil de creer cosa semejante, reforzada por un coro de toses que, si bien la tos en muchos casos tiene que ver con la salud y ahí no decimos nada, en otros denota nerviosismo, incomodidad, ganas de estar en otra parte. Pero todo no queda aquí. Alguien, en la platea, se había dormido con tanta profundidad que en alternancia con su leve aunque no por esto menos molesto ronquido, emitía un silbido por la nariz una y otra vez, sin que sus vecinos de butaca le propinaran algún codazo para despertarlo. András Schiff prosiguió ajeno a estas groserías, o al menos hizo creer que no le importaban porque su interpretación está más allá de la idiotez de aquella runfla de maleducados. Fue tan avergonzante y grotesco, que antes de iniciarse la segunda parte del concierto se volvió a pasar la grabación que advierte al público que se deben apagar los celulares. Luego resta pensar que hay mucha gente que va al Colón por inercia, que va porque va, porque hay que relacionarse, porque queda bien, y el hecho artístico que les brinda cada ocasión les importa poco o nada. Y los que vamos por otras razones sufrimos las consecuencias de su estupidez. Pero el tema de cierre de esta entrega es inagotable.
Días más tarde, el Mozarteum presentó a la mezzosoprano norteamericana Joyce DiDonato. Brindó un recital maravilloso en el que no sólo se limitó a cantar, también habló con el público entre sección y sección; esta práctica, tan común entre los artistas populares, dentro de nuestro rubro no lo es en absoluto: su modo sorprendió y fue muy bien recibido. No dudo en aseverar que es la más grande cantante que he visto en mucho tiempo, dueña una grandeza que va más allá de lo artístico y gracias a la cual capitalizó, con mucho humor, el hecho que a continuación relataré.
Si las chicharras de los celulares, las toses y el ronquido alternado con el silbido durante el concierto de Schiff superaron las marcas de aquello que en un concierto es impertinente, en el recital de Joyce DiDonato se quedaron atrás, al sonar la introducción instrumental del aria _Una voce poco fà de Il barbiere di Siviglia_. Porque compases antes de que la cantante pronunciase el primer verso, se escuchó un terrible graznido, bastante similar al de los pájaros prehistóricos de las películas de los 60, aquellos que con sus alas de murciélago acechaban a Raquel Welch. Esto no le hizo perder el buen humor a DiDonato, señalar como culpable a Don Bartolo -el tutor de Rosina, la protagonista de Il barbiere-, y decir, en la segunda parte, que el problema evidentemente era con Rossini: es que el sonido exasperante y voluminoso volvió a estallar antes de la canción de Desdemona, de Otello.
Celulares se han escuchado muchas veces. Como dije, hasta los han atendido. Pero alarmas, en este caso contra un fuego inexistente, jamás. A modo de explicación circuló alguna teoría conspirativa a la que no adhiero: la idea de un boicot de algún gremio contra “el Colón de Macri”, no se sostiene por tratarse de una función perteneciente a una asociación privada. Pero aunque de últimas se deba solamente a la estupidez de alguien, es innegable que la alarma sonó. ¿Habrá que interpretarlo como una señal? ¡Hasta el año que viene!