Ópera por las ramas
Octava entrega: MALESTAR EN LA CRÍTICA

SAN ANTONIO DE LOS MEDIOCRES

Antonio Salieri intimida y espanta. Me refiero al Salieri que Peter Shaffer colocó ante nuestra mirada por delante de cualquier idea del personaje real, del que sabemos bastante menos y que especulativamente algunos quisieron reivindicar. Porque el personaje concebido por el dramaturgo desplazó al verdadero, como también sucede en las grandes tragedias shakespeareanas, en los grandes dramas que usan como pretexto la historia, en la literatura. Vio la luz gracias a la pieza teatral de la que es protagonista: _Amadeus_, estrenada en Londres en 1979 (en 1983 se dio en Buenos Aires en el Teatro Liceo en versión de Cecilio Madanes, con un elenco inolvidable que contó con Carlos Muñoz, Oscar Martínez y Leonor Manso). En 1984 llegó la película de Milos Forman, con texto adaptado a la pantalla por el mismo Shaffer. F. Murray Abraham, uno de los más perfectos villanos con que el cine de aquella época podía contar, fue el encargado de revivir a Salieri. Ya lo habíamos visto colgar de un helicóptero cuando en Scarface de Brian De Palma interpretó a un narco que vestía a lo Travolta, acorde al espíritu de esos años; y volveríamos a verlo en _El nombre de la rosa_ de Jean-Jacques Anaud, aquí como Bernardo Gui, inquisidor y torturador que interrogaba a sangre y fuego y sin piedad, aunque invocando a Dios -vaya oxímoron-, a dos estrafalarios monjes dulcinitas y a una joven campesina. Pero su trabajo en _Amadeus_ le valió un premio Oscar, la verdad que menos no se merecía.
El tema de la villanía desbordada por la envidia y por el afán de destrucción padecidos por Salieri frente a la pureza de Mozart, había sido tratado por Pushkin en 1830, pero gracias a Shaffer alcanzó una dimensión inusitada. ¿Por qué digo que el personaje intimida y espanta?
Si Antonio Salieri se convirtió en Viena en uno de los músicos más importantes de Europa, no fue precisamente por falta de talento. Para escribir música y lograr imponerla en cualquier parte, el talento es tan imprescindible como otras habilidades. Pero el problema de Salieri no era la carencia de esta facultad, sino la falta de algo superior que no es otra cosa que el genio. Así es con la mayoría de los hombres, hasta con los mejores, y por esta precavida actitud del destino, que reparte con celo y a cuentagotas esa alta cualidad, los genios son tan infrecuentes. En el caso de Salieri la carencia estaba acompañada por el resentimiento y por una aguda capacidad de análisis que bordeaba la hiperlucidez, capacidad que llegaría a martirizarlo moralmente hasta el límite de lo que un ser humano puede tolerar. Salieri no soportaba no poseer genio, y que Dios se lo haya otorgado a un ser, a su juicio, vulgar e insignificante como Mozart, le parecía inaceptable. No descreyó de Dios -en un drama puede resultar mucho más tentador alguien que se declara enemigo mortal del Creador, que quien sencillamente deja de creer en él- y pasó a odiarlo por haberle dado, en cambio, el poder de discernir y comprender el genio mozartiano y de ser consciente de su propia mediocridad, a la que pudo enfrentar y analizar inequívocamente. Enemistado hasta lo último con Dios se obsesionó con Mozart, el preferido, y se propuso aniquilarlo moralmente mientras comprobaba una y otra vez y con amargura los alcances del genio ilimitado de su víctima, y sufría las limitaciones de su talento sin especiales dotes; Salieri es parecido a Caín, con el rasgo particular de ser un asesino moral. Como el más peligroso y traicionero entre los asesinos furtivos, observador de todo y a la espera de dar el golpe certero y mortal, su paciente y oscura actitud intimida. Como la inteligencia al servicio del mal es una de las armas más destructivas, también causa espanto: si a su sorprendente lucidez lograron imponerse la envidia y la urgencia por destruir, sabemos que la maldad que pueda generar su mente no tendrá freno alguno. Por último su destino trágico nos mueve a la piedad, porque la víctima verdadera de Salieri es el mismo Salieri, que no consagró su vida a otra cosa que autoaniquilarse lentamente, con mucho dolor, por no ser dueño del genio que alguna vez, tan devoto, creyó que Dios le reservaba. No se perdonó el peor de sus pecados, que fue el de haber sido un mediocre, y se autoproclamó “Santo Patrono de la Mediocridad”. Unos cuantos lo consideran el arquetipo dentro de su especie, la de los villanos musicales, y mucho después del film de Forman, Anton Ego fue modelado a imagen y semejanza del Salieri de F. Murray Abraham.


_DU CÔTÉ DE CHEZ EGO_

Varios conocemos los films de Pixar, en especial quienes por ser padres los hemos visto con confeso placer. Porque estas películas están hechas con excelentes guiones, excelente ritmo, excelente estética, notables personajes, el mejor humor y un nivel técnico que por momentos hace olvidar que lo que uno ve, al fin y al cabo, no es otra cosa que un film de animación. _Ratatouille_ (2007) tiene su villano, que es el temido Anton Ego (hasta donde yo registro, el único villano del cine que ejerce la crítica como profesión, en su caso dentro del rubro gastronómico). Es oscuro y resentido, con una notable carga de agobio existencial y tristeza. Otra crítica lapidaria al restaurante donde se desarrolla la acción será la ruina del chef Linguini, pero el veredicto caerá contra todo cálculo: al probar el _ratatouille_ Ego experimenta un momento proustiano en el cual el sabor de la comida lo retrotrae a sus días de infancia, cuando al abrigo del amor del hogar materno degustaba esa especialidad (quizás en una casa de campo en Combray, vaya a saber). Luego de este inesperado momento de iluminación, Ego se “humaniza” y escribe una crítica favorable que le cuesta su puesto en el diario, porque se termina descubriendo que en ese restaurante el chef no era el tal Linguini sino una rata. Para él no será un problema, porque gracias al roedor y su habilidad culinaria dejó atrás el lastre del resentimiento y la mediocridad, para reencontrarse con aquel buen ser humano que fue en la niñez y finalmente vivir con felicidad. Como los films de Pixar están dirigidos a los niños y los adultos no somos más que colados -no está de más recordarlo-, todo termina bien (sí, lo hicieron para mi hija Victoria, si quiero otra cosa tengo en mi dvdteca el _Amadeus_ de Forman, a dejarse de embromar). Pero algo así casi nunca sucede en la vida real, tampoco en otras expresiones del arte: Salieri no pudo recuperar aquel niño devoto de Dios de sus primeros años y murió consumido por el odio. Y la caracterización de Salieri por F. Murray Abraham es tan descomunal, que sirvió de modelo a los artistas de Pixar para darle forma a Anton Ego, en su actitud, su mirada, su color, su fisonomía, su resentimiento.


¿TODOS LOS CRÍTICOS SON COMO ANTON EGO?

Si la imagen del crítico de la película de Pixar guarda esa fuerte semejanza con la del villano de villanos del mundo musical, no es difícil sacar la conclusión de que los críticos gozan de una antipatía mundial. Habré cobrado noción de esto hace muchísimos años, al leer una entrevista donde Roger Waters, muy molesto con algunas cosas que se habían escrito sobre Pink Floyd, decía sin rodeos que “los críticos son parásitos que viven a expensas de los demás”. (La entrevista se publicó aquí con motivo del inminente lanzamiento de _Animals_, cuando Waters ni se imaginaba que en su futura carrera solista tocaría más de una vez en Buenos Aires, y que para la última llenaría 9 estadios de River Plate con _The Wall_.) La opinión de Waters no revelaba nada nuevo y por millonésima vez dejaba ver cuán molestos y dañinos pueden ser, quienes atentan contra la moral de los que producen arte. Es hora de preguntarnos: ¿todos los críticos son como Anton Ego (aunque sin la iluminación provocada al probar el _ratatouille_)? ¿Todos los críticos son iguales? ¿La crítica sirve para algo?
Criticar es parte de la condición humana, el que diga lo contrario miente o vive en un engaño. La actitud crítica (o espíritu crítico, si prefieren) enriquece el pensamiento y es una de las mejores cualidades del intelecto, genera controversia porque si la actividad intelectual no sacude las estructuras aceptadas, quiere decir que algo anda mal y no está cumpliendo con su función. La crítica está para molestar, aunque no gratuitamente y porque sí, pues muchos grandes aportes a la humanidad de la mano del pensamiento vienen de su lado.
Pero a los que ejercen este tipo de crítica no se los suele llamar críticos sino de otras formas más elegantes como ensayistas, teóricos, pensadores, en una palabra: intelectuales. La crítica a la sociedad, a la historia, a la cultura, a la música, ha ganado gracias a aquellos que son poseedores de una preparación, una imaginación y un marco teórico de otro nivel con respecto a los demás, un papel activo por dar a luz ideas y generar discusiones que aportan al conocimiento del hombre. Si no fuera por quienes hacen del ejercicio del espíritu crítico su profesión, al mundo le estaría faltando una pieza muy necesaria. La crítica es una tarea positiva, es una de las mejores facultades del intelecto y es una herramienta del conocimiento. En nuestro medio musical existen críticos que ejemplifican y honran lo expuesto, pero la realidad también ofrece otro aspecto. Es que como se ha demostrado tantas veces, cualquier diletante al que se le presenta la oportunidad también puede tener acceso a opinar desde algún medio, en el soporte que sea, y pasar a llamarse “crítico”. (Suele decirse que para ejercer la crítica no hace falta un título habilitante, creo que tampoco es necesario y hasta sería ridículo pretenderlo, aunque corresponde preguntarse con qué criterio un editor evalúa a un incapaz y permite su transformación en un crítico.) En nombre de la crítica pero alejados de su verdadero propósito, tales sujetos encuentran la oportunidad de abrir las compuertas a esos sentimientos tan negativos que sus frustraciones y sus envidias han alimentado. Con el aval que pueden otorgar los medios, los críticos a la manera de Anton Ego (el nombre elegido para el personaje no es casual, pues sus egos tienen tales dimensiones que suelen sentirse por encima de quienes son objeto de sus críticas) son muy tenidos en cuenta por los lectores, sus opiniones cobran peso y el poder que construyen es muy similar al de un chimpancé con una ametralladora. Me desdigo: un chimpancé con una ametralladora puede provocar daño sin saberlo, en cambio un crítico sabe perfectamente lo que hace, y si dispara su arma sin piedad sabe muy bien cuáles serán las consecuencias. Y se ha llegado al extremo de que para el gran público ellos encarnan la indiscutible palabra autorizada, la palabra verdadera (algo tan relativo, hasta ilusorio, pues en cada caso el que opina, para bien o para mal, no hace más que volcar un parecer personal) cuando que en realidad no son más que resentidos glorificados.


EL MOMENTO DE GLORIA

Imaginemos a alguien que muy lejos de poseer esa alta facultad que es el genio, tampoco posee talento alguno para la música. Ha intentado una y otra vez y siempre se quedó en el intento. Antes de seguir aclaro que no se es un mediocre por no poseer ni una cosa ni la otra: aún con estas carencias también se puede ser sabio gracias a la actitud con que se enfrenta la vida, al valor con el que se asumen ciertas faltas y qué se hace por la autosuperación a pesar de las limitaciones; me viene a la memoria un personaje proustiano, un pintor llamado Elstir, que con los años confiesa su enorme trabajo interno por derrotar al ser humano estúpido que fue en su juventud: ahí está su verdadero talento, más allá de lo bien que le pueda ir con el arte (la sabiduría de Proust es tan genial como conmovedora, la lucidez y la valentía van por igual). Retomo. Imaginemos a alguien que con esa total ineptitud para aquello que tanto le gusta desde siempre, no puede terminar de asumir ni mucho menos superar el hecho de que no nació para eso. Tampoco explora si tiene otras virtudes, hasta es probable que no las tenga. El malestar que le produce es tan grande, que en sus entrañas se desarrolla un venenoso resentimiento alimentado por la envidia hacia todos aquellos que sí han podido realizarse en lo que él no pudo. Pero como este individuo se la pasa yendo a los espectáculos y hasta se inquieta por saber un poquito más que el resto, un día le llega la oportunidad de opinar públicamente (con la proliferación de los sitios electrónicos las oportunidades se han multiplicado) y convertirse en un crítico. Podrá propalar sus opiniones hacia todos los puntos cardinales, podrá inocular todo su veneno, pero en el fondo sabe que perdió la más difícil de las batallas, que es la batalla contra las propias limitaciones.
(En un memorable número de Monty Phyton en el Hollywood Bowl, Graham Chapman, en malla de luchador de catch, sube al ring para combatir contra sí mismo y pierde. Más allá del absurdo y lo imposible -si yo me agarro a trompadas a mí mismo y pierdo, ¿quién es entonces el ganador?- el número nos deja sacar la conclusión de que el hombre ha perdido la contienda contra sí mismo, pero como suelo resistirme a un pesimismo que constantemente llama a la puerta, me quedo con Elstir, o mejor dicho con Marcel Proust: esfuerzo titánico mediante, creo que es posible liberarse de los más pesados lastres y ganar la propia batalla. Cuando Proust comenzó a preocuparse y a hacer activismo a raíz del resonado Caso Dreyfus, se decepcionó del ambiente fatuo de “guermantes” y “verdurines” que tanto frecuentaba, en el que los aristócratas y los grandes burgueses le dieron la espalda cuando pretendió obtener firmas para un petitorio en defensa de aquel militar, acusado injustamente en un caso de espionaje que encendió el antisemitismo de las clases altas francesas de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Con la decepción a cuestas recurrió a su mejor bien, que fue su mundo interior, y se convirtió en escritor. El ambiente de los salones fue uno de los materiales de su escritura y encerrado dentro de una habitación tapizada con planchas de corcho realizó su gran obra, grande en todo sentido: _À la recherche du temps perdu_ (_En busca del tiempo perdido_). El conocido recurso de la magdalena mojada en té como disparador de la memoria involuntaria, casualidad o no ya había sido usado alguna vez -Mörike en Mozart camino de Praga refiere una naranja, que este arranca de un árbol y al partirla, por efecto del aroma comienza a evocar el pasado- pero en el caso de Proust el alcance fue enorme y abarcó siete tomos, el último de ellos sin concluir. Existen más preguntas sin respuesta que de las otras, pero vaya a saber si Proust hubiese realizado su obra, de no haber sufrido las consecuencias del impacto que le causó el Caso Dreyfus. Hasta aquí con esta digresión.)
Estábamos con los críticos, con ciertos críticos, y nos acercamos a la ópera, que llena un lugar central en sus espacios, desde donde se ensañan hasta herir con furia los ánimos de los destinatarios de sus ataques (ténganlo presente: no son como el irracional mono con la ametralladora, saben lo que hacen y por eso persisten con su operatoria, también recuerden que provienen de los círculos de los temidos liricómanos de los altos del teatro, ver entrega anterior). Realizan sus coberturas, escuchan con malestar, hacen gestos reprobatorios si saben que alguien los mira, abandonan el teatro y se ponen a escribir. Si vamos a esperar la crítica a una ópera en cuanto producto cultural en una sociedad de hoy, nuestro deseo se verá frustrado: para encarar un trabajo así hay que estar muy bien preparado y disponer de ciertas herramientas. Elegirán un camino mucho más fácil bajo lo que les dicta su criterio de escuchadores de discos y expertos en “versiones”. Pero antes, por ejemplo, que el análisis del desempeño de un cantante visto como totalidad, circunscriben su nivel de rendimiento a determinado pasaje comprometido, a menudo con comparaciones odiosas con artistas que ya no están en el mundo; los que se atrevan a asumir papeles que fueron emblema de las figuras legendarias, serán objeto de especial encarnizamiento. El otro tema, y este es el que más los desquicia, es el de la puesta en escena, con posturas sustentadas por el débil argumento del respeto por los autores y por el público. (El tema de las intenciones originales del autor fue tratado anteriormente en Ópera por las Ramas, ver Cantabile 59, julio-agosto de 2011.) Son conservadores y como tales los aterra la novedad; si por ellos fuera, todo debería seguir igual y hasta envasado en formol: muerto y amarillento, pero sin cambios.


REACCIÓN AL CAMBIO

La ópera tiene al día de hoy un recorrido de más de 400 años. Durante algunas épocas sus figuras centrales fueron los compositores, otras los directores, otras los cantantes, los legendarios divos y divas de todas las especies imaginables. A veces lograron convivir unos con otros. Hoy, en medio de un panorama mundial en el que las creaciones contemporáneas tratan de insertarse en el repertorio ante la gran resistencia de la mayor parte del público, la ópera en cuanto género es una suerte de fósil que sobrevive. A pesar de los logros que posibilitaron que muchísimas creaciones hayan alcanzado merecidamente el rango de clásicos, no puede sostenerse sólo por su aspecto musical. (Pensemos en la ópera como espectáculo abarcador en el mundo de hoy, en el cual el componente de la música no es el todo.) Tampoco están los Carusos, los Melchiors, las Flagstads o las Callas, y hoy más que nunca existe conciencia de que la ópera es también teatro y el terreno gracias al cual se mantiene viva, no es otro que el de la puesta en escena. Los _régisseurs_ son quienes se ocupan mediante sus interpretaciones y reinterpretaciones de que el espectador reciba un mensaje traducido a una lengua actual, aunque a menudo lo indigne, y de que la ópera mantenga vigencia, porque con el aspecto musical sólo, así sea del mejor nivel, no alcanza; no me canso de subrayarlo. (También diré que en nombre de lo moderno se le ha dado rienda suelta a visiones despojadas de concepto, pero a esto lo dejamos afuera: moderno porque sí y transgresor por sólo transgredir no sirve: la vacuidad conceptual debilita al arte y no resiste.) Lo más lamentable de todo es que en medio de discusiones ridículas e improductivas, a esos opinadores que hoy nos ocupan se les pase de largo y ante sus propias narices el rol del aspecto escénico en la lírica de la actualidad.
En una entrega anterior se pone acento en que el Bayreuth de posguerra fue un terreno de innovaciones. Para el centenario de los festivales se le confió la producción de la _Tetralogía_ a Patrice Chéreau y desde ese momento nada volvió a ser igual en el mundo de la ópera. Fue en 1976. Muchos se enfurecieron, la polémica duró años y Chéreau triunfó porque gracias a su enfoque no hizo más que confirmar la actualidad de la obra wagneriana (ver Cantabile 60, septiembre-octubre de 2011). Esto no solo vale para Wagner, vale para todo el repertorio lírico y muchos que fueron más allá de lo correcto y aceptado, lograron los mejores frutos por otorgar vitalidad a este género tan complejo que aún hoy logra sobrevivir.
Por el sistema de mitos que rige a nuestra sociedad, muchos están convencidos de que necesitan de la opinión de alguien “que sabe más” al momento de elegir si ver o no un espectáculo. Ese alguien es el crítico, que muy lejos de una pretendida verdad definitiva no vuelca más que un parecer personal. Sé que a los críticos a la manera de Anton Ego les resulta imposible comprender que en medio de aprobaciones y resistencias, devociones y odios, la ópera mantiene su vigencia en enorme medida gracias a esos enfoques teatrales que casi siempre los indignan. Pero una crítica inteligente no está para decir vaya o no vaya, o “el cantante tal empañó su actuación porque la nota tal no le salió tan bien”, “la cantante fulanita se animó imprudentemente a tal o cual papel pero su desempeño fue muy deslucido porque no hay como la Callas” (¡que se murió hace 35 años y dejó de cantar hace más de 40!), o “el _régisseur_ fulano no respeta a los autores y al público porque en la época de Verdi no había automóviles”, y otras banalidades que esgrimen con recurrencia. En cambio la otra crítica, la que en los medios de nuestra sociedad no ocupa el lugar que a algunos nos gustaría, está para hacer pensar y generar discusiones productivas, en fin, cosas que no están permitidas dentro de las incapacidades de un resentido glorificado. Si a un espectador lo mueve la curiosidad y el interés, que vaya y saque sus conclusiones. Está en todo su derecho de salir del teatro feliz o indignado, y creo que no necesita de alguien que le diga qué debe gustarle o no bajo el amparo de argumentos a menudo tan pobres como absurdos. Señoras y señores del público: no permitan que los Salieris de la crítica les manipulen su gusto y su subjetividad.
Mientras concluyo esta entrega deseo pensar que la situación se revertirá y que los críticos inteligentes e intelectualmente preparados desplazarán con el tiempo a los resentidos, hasta convertirse en mayoría total. Pero no creo que mi deseo llegue a verse realizado. Líneas atrás dije que el pesimismo llama a mi puerta con insistencia.